Manolín Bueno: de profesión suplente
Fernando Cuesta Fernández
Cuadernos de Fútbol n.o 185 | Abril 2026
Manolín Bueno: de profesión suplente
El pasado 7 de febrero, tan sólo dos días después de su 86 cumpleaños, fallecía en Cádiz Manolín Bueno, recordado por su larga y curiosa trayectoria en las filas del Real Madrid. Manuel Bueno Cabral (Sevilla, 5 de febrero de 1940) ha sido uno de los jugadores más singulares de toda la historia del fútbol español, pues albergo serias dudas de que haya existido otro que se mantuviera durante un eternidad de 12 temporadas en el estatus de suplente, en su caso particular de una de nuestras mayores leyendas, Paco Gento -seis Copas de Europa, seis, fueron sus poderes-, dando un ejemplo de paciencia superlativa, a la altura de aquel santo varón llamado Job del que nos habla la Biblia.
Y es que tuvo demasiado crudo el conseguir una plaza como titular en el Real Madrid de los años 60, debido a la presencia en su misma posición, la de extremo izquierdo, de la mítica “Galerna del Cantábrico”. Así que el bueno de Bueno, valga la redundancia, hizo de la suplencia una profesión nada menos que durante once larguísimas temporadas, hasta que por fin, en la que iba ser su última campaña en el club blanco -aunque él aun no lo sabía- logró desbancar a un Gento ya con 37 años de edad, mientras que el andaluz contaba con seis primaveras menos.
Mamando balón
De casta le venía al galgo porque en sus genes llevaba ya impreso el fútbol, puesto que su señor padre, Manuel Bueno Fernández (1910-1970), había jugado como guardameta en diversos equipos antes y después de la Guerra Civil (Sevilla, Gimnástico de Valencia, Nacional de Madrid, nuevamente Sevilla, Cádiz, Betis…). De hecho, había defendido el marco sevillista en la final del primer título de la Posguerra, el Torneo Nacional de 1939, en la que los de Nervion derrotaron al Racing de Ferrol por 6 a 2 en el Estadio de Montjuic. Luego sería masajista y conserje en el campo gaditano de Mirandilla, y más tarde en el Ramón de Carranza, con vivienda en ambos recintos, de manera que el primer juguete de Manolín Bueno había sido una pelota, haciendo casi las veces de biberón.
Comenzó a destacar en los juveniles del Cádiz, siendo cedido al Balón y luego recuperado por el conjunto amarillo. Era un futbolista de banda izquierda, menudo -1,65 de altura y 65 kilos de peso- y muy hábil, técnico, buen regateador y asistente, y con gol, por lo cual no fue extraño que el Real Madrid se fijara en él con tan sólo 19 años y se lo llevase para el Bernabéu. Gento era ya indiscutible en el club blanco y en la Selección Española, pero también le sacaba seis años y pico, y además el recién llegado podía apretarle para que no se durmiese en los laureles, que de hecho no se durmió. Y en ese preciso momento, temporada 1959-60, va a comenzar la prodigiosa andadura de un hombre que se llamaba igualito que el protagonista de una conocida novela de don Miguel de Unamuno, “San Manuel Bueno, mártir”.
Chupando banquillo
Y es que tirarse la friolera de once años calentando banquillo casi siempre, convertido en suplente eterno y haciendo de la condición de reserva un oficio, exige cualidades que no están al alcance de cualquiera, amén de una resignada aceptación del cruel martirio de la inactividad. Por supuesto, y dado que era un futbolista de calidad contrastada en las pocas ocasiones en que le permitían demostrarlo, no fueron pocos los equipos que preguntaron por Bueno, pretendiendo enrolarlo en sus filas. Se sabe del interés del Barça, que tenía esa posición siempre en entredicho, o incluso de clubes italianos como la Juventus y el Torino, pero el Real Madrid siempre se negó en redondo a desprenderse de él, y además para eso estaba el dichoso “Derecho de Retención”, obstaculizando los trasvases de equipo sin contar para nada con la opinión del jugador, algo que muy posiblemente le impidió conseguir cotas personales más elevadas…
De ese modo Manolín Bueno va a ir encarando con filosofía su sempiterna suplencia. Paco Gento nunca se lesionaba de gravedad, y si Miguel Muñoz no podía utilizar sus servicios por algún leve problema físico, la vacante no se prolongaba más allá de unas pocas semanas. Por lo tanto Bueno se especializó en jugar como mucho media docena de encuentros cada Liga, así como en tomar parte en las primeras eliminatorias de la Copa del Generalísimo, ante equipos de Segunda División o rivales teóricamente asequibles, para darle descansos al gran extremo montañés. Y también va a convertirse en el rey de los partidos de los jueves.
El rey de los jueves
Estos encuentros, de carácter amistoso, se disputaban dicho día de la semana -y en algunas ocasiones también los miércoles-, aprovechando el paso por la Capital de equipos de la Categoría de Plata, en ruta hacia cualquier punto de España para librar sus compromisos del domingo siguiente. Al Real Madrid le servían para mantener activos a los reservas, dar minutos a los que se recuperaban de alguna lesión, o presentar en sociedad a jugadores interesantes procedentes de la cantera. Y en ellos, indefectiblemente, siempre aparecía nuestro hombre, con el número “11” a la espalda, haciendo de las suyas, es decir, luciéndose y encandilando al público (entre el que había no poca chavalería, ya que entonces no tenían clase los jueves por la tarde), a base de todo un repertorio de regates, asistencias y goles.
Mientras, el gaditano nacido en Sevilla iba esmaltando un palmarés que para sí quisieran muchos futbolistas, por más titulares que fuesen: 8 Ligas (60-61, 61-62, 62-63, 63-64, 64-65, 66-67, 67-68 y 68-69), 2 Copas del Generalísimo (1962 y 1970), 2 Copas de Europa (1959-60 y 1965-66) y una Intercontinental (1960), amén de numerosos torneos veraniegos de la categoría del “Carranza” de su tierra, el “Teresa Herrera” o el “Costa del Sol”. Incluso va a ser convocado en varias ocasiones para las categorías inferiores de la Selección. Sin embargo para Gento, no parecía pasar el tiempo, forever young, y el cántabro logrará mantenerse no solo en la punta izquierda del ataque madridista, sino también en el combinado nacional absoluto hasta los 36 años, acudiendo con anterioridad a dos Campeonatos Mundiales, los de 1962 y 1966. Por el camino se va a desperdiciar, salvo en contados momentos, a un magnífico futbolista como Manolín Bueno.
Gento y Bueno fuera
La ironía del destino fue que titularísimo y suplentísimo se marcharon a la vez del Real Madrid, juntos y no sé si cogiditos de la mano, al finalizar en blanco (algo insólito en las diez y siete temporadas anteriores) el curso 70-71, tras ser derrotados en la doble final de la Recopa en Atenas por el Chelsea, lo cual hizo que Bernabéu sacase la guadaña y realizara una profunda poda, una drástica reconversión en la plantilla, cancelando la etapa de los Ye-yés y fichando savia nueva (Verdugo, Corral, Aguilar Santillana y Anzarda, más el retorno de García Remón, guardameta cedido al Real Oviedo)). Gento se retiró por fin, que ya le tocaba, y Bueno volvió entonces a las raíces paternas y encontró acomodo en un Sevilla con pretensiones, que empezó la campaña 71-72 brillantemente -parecía ir para notable-, pero terminó cateando (o sea, descendiendo), sin posibilidad de volver a presentarse en septiembre, a no ser del año siguiente, que tampoco lo logró.
En su última temporada como sevillista ya va a jugar muy poco, y le tocará de entrenador un tipo la mar de peculiar, Salvador Artigas, antiguo piloto de caza en el bando republicano, conocido como Mister KO durante su estancia en el Barça, y posteriormente como “el Monje de Lezama” en el Athletic de Bilbao. Por cierto, que en Artigas concurre la luctuosa circunstancia de que se le murieron dos de sus pupilos en activo: el defensa uruguayo del Barcelona Julio César Benitez, y el delantero melillense del Sevilla Pedro Berruezo, este en el Pasaron pontevedrés y con Manolín Bueno en el campo. Un Bueno que acabaría por retornar a Cádiz, en una de esas piruetas que a menudo nos reserva la vida, para alinearse un par de temporadas en el mismo Balón de sus inicios, colgando las botas definitivamente en 1976. Y a renglón seguido va a fungir como ayudante de su antiguo compañero en el Real Madrid Enrique Mateos, en la triunfal campaña 76-77, que llevaría al conjunto de la Tacita de Plata por vez primera a la máxima categoría del fútbol español. Entrenaría efímeramente a algunos conjuntos de la zona, como el CD. San Fernando, estableciendo incluso su residencia frente al propio feudo cadista, redondeando de ese modo su círculo vital.
Reserva en el Madrid, pero internacional con España
Con el club merengue, aparte de numerosos amistosos, Manolín Bueno disputaría 120 partidos oficiales, con un balance de 27 goles. No llegó a debutar nunca con la Selección Absoluta, aunque estuvo convocado en el otoño de 1967, para un Checoslovaquia-España valedero para la Eurocopa de 1968 y disputado en Praga, y por esas mismas fechas tomó parte en el encuentro de homenaje a Ricardo Zamora, que enfrentó en el Santiago Bernabéu a un combinado nacional oficioso con una selección formada por destacados futbolistas europeos. Ese día, 27 de septiembre, jugaron Iribar (Sadurní); Sanchis (Eladio), De Felipe (Gallego), Reija; Glaría, Gallego (José María); Ufarte, Grosso, Marcelino, Adelardo y José María (Bueno).
Con anterioridad había actuado con la que hoy sería la Selección Sub-21, entonces denominada “Promesas”. Fue el 4 de mayo de 1960 en Burdeos, con el resultado de Francia 1-España 0, y este equipo: Araquistáin; Marigil, Pachín, Reija; Sastre, Ruiz Sosa; Pereda, Felo, Morollón, Adelardo y Bueno. En la llamada “Selección B” se alinearía en un par de ocasiones. La primera en Grenoble, también con Francia como rival, el 2 de abril de 1961, con victoria española por 0 a 2 (Aguirre y Marcelino), y la siguiente alineación: Pesudo; Miera, Bartolí, Calleja; Iturriaga, Zoco; Aguirre, Félix Ruiz, Zaldúa (Morollón), Adelardo y Bueno, y la segunda igualmente ante los galos, con triunfo español por 3 a 2, marcando Bueno el segundo gol, al transformar un penalti en el minuto 10 -los otros dos fueron obra de Adelardo y Marcelino-. Era el 10 de diciembre de 1961, en Zaragoza, y España formó así: Pesudo; Reija, Echeberría, Etura; José Luís García Traid, Paquito; Zaballa, Adelardo, Marcelino, Guillot (Fusté) y Bueno.