Rafael Ruiz Muga: alfa del fútbol femenino
Si humanizamos el fútbol, si le damos contenidos familiares, siempre podemos hablar de progenitores. En ese sentido, el fútbol femenino también tuvo madres y padres. Hoy entrevistamos a uno de esos padres. Padres y madres hubo muchos, pero quien hoy nos visita es una de esas personas que, recurriendo al tópico, sí que «rompió barreras».
Extremeño, afincado en Madrid, llegó al fútbol femenino a finales de los años sesenta del pasado siglo para revolucionarlo. Rafael Ruiz Muga fue un creador, un dinamizador y un actor principal en los despachos para conseguir que el fútbol femenino español comenzara a ser tenido en consideración. En los setenta se relacionó con los nombres más importantes del fútbol femenino mundial, hasta el punto de que, más allá de los Pirineos, fue considerado el representante del fútbol femenino en España.
Presidió, en el cinturón rojo madrileño, uno de los mejores equipos españoles de la época, el Olímpico Villaverde; fue capaz de traer de gira a uno de los mejores equipos del mundo, las brasileñas del Radar; movilizó el Consejo Nacional del Fútbol Femenino y su pragmatismo siguió marcando hitos al conseguir que se celebrara, bajo el desamparo de la Federación Española de Fútbol, presidida por Pérez-Payá —un hombre de su época—, el primer partido de una selección española.
Fue el 21 de febrero de 1971, por lo que estamos celebrando el cincuentenario de aquel acontecimiento. Rafael Ruiz Muga no es mujer ni es gallego, pero es una figura fundamental que merece ser el centro de atención de nuestra publicación. Con él nos damos cuenta de que, en determinadas situaciones, el fútbol femenino debe trascender el género y las fronteras. Uno de nuestros objetivos siempre ha sido intentar crear cultura en torno al fútbol femenino y él cumple plenamente con estas expectativas.
¿Recuerdas cuándo tuviste la primera referencia sobre el fútbol femenino?
Siempre fui un lector ávido. Por eso, aunque en España no se publicaba nada sobre fútbol femenino, conocí algunas cosas a través de la prensa extranjera de Francia, Bélgica... Incluso tuve información sobre equipos como el Stade Reims, el Olympique de Lyon y otros clubes a finales de la década de los sesenta. Llegué a mantener una correspondencia continuada con el Stade Reims, que culminó con la gira que el equipo galo realizó por España en el verano de 1972, con gran éxito deportivo y, sobre todo, de promoción del fútbol femenino.
Es decir, que desde el primer momento te enganchó y te implicaste en él.
Sí, y formé un equipo. En noviembre conocí a Manuel Carlón en el local de su club, el Sizam, que estaba situado en los bajos del número 4 de la calle Arrieta, en Madrid, donde mantuvimos una primera reunión. Me llamó la atención la simbología existente, presidida por un póster de José Antonio Primo de Rivera.
Posteriormente, le propuse llevar a cabo un partido bajo nuestra organización y con la colaboración de Mercacredit. El 1 de diciembre firmamos el contrato, rubricado por Manuel Sánchez, entrenador del Sizam, y nosotros nos ocupamos de todo lo relacionado con la organización.
¿Cuál era el panorama del fútbol femenino en España?
Antes del martes 8 de diciembre de 1970 no existía fútbol femenino en España. Las pocas noticias anteriores se remontaban a los periodos previos a la Guerra Civil. El escaso deporte femenino que se practicaba en el país se limitaba al baloncesto, siempre bajo las directrices de la Sección Femenina del Movimiento.
Fundas el Olímpico Villaverde en 1970. ¿Cómo fue su gestación?
En Villaverde Alto, barrio obrero de Madrid, habíamos creado el campeonato juvenil «Juve» en 1968. Fui presidente y entrenador. Con nuestro propio organigrama, árbitros, fichas, comité, etc., la competición fue creciendo.
A los entrenamientos, a menudo realizados en improvisados terrenos de juego, acudían con frecuencia chicas, hermanas o novias de los jugadores. Así fue como comenzó a fraguarse la idea de crear un equipo femenino. No existía iluminación eléctrica en la mayoría de los campos. Recuerdo con cariño las sesiones nocturnas de preparación física junto a la explanada de la estación de tren de Villaverde, con el Seat 600 en marcha, las luces encendidas y varias jugadoras pasando frío, deseando que la sesión preparatoria terminara de una vez.
En principio, consigues que la empresa Mercacredit os patrocine. ¿Era interesante para una empresa ser vuestro mecenas?
Fueron los propietarios de Mercacredit quienes se ofrecieron, algo que ya hacían en el fútbol masculino. Su mecenazgo fue mínimo y consistió únicamente en equipamiento y algunos trofeos. La misma empresa, que no hacía mucho que se había establecido en Villaverde, cerró al poco tiempo.
En cualquier caso, más allá de eso, considero importante destacar la colaboración que tuvimos con la Delegación Nacional de Educación Física y Deportes, a través de Juan Antonio Samaranch. Lo digo no solo por su ayuda material en forma de ropa, sino por lo que significaba como apoyo al proyecto de cara a su continuidad, posterior implantación y como salvoconducto para mi persona.
¿Tiene esto que ver con que durante vuestro primer año de vida jugarais alrededor de 50 partidos?
Desde el comienzo planteamos nuestra propuesta sobre unos objetivos con perspectivas de futuro y consolidación que chocaron frontalmente con las normativas que pretendía imponer el Consejo Nacional, una entidad que intentó reglamentar aquel fútbol femenino.
Entre ellas, por citar algunas, estaba que «las jugadoras no podrían ser profesionales». Nosotros, por ejemplo, realizamos los dos primeros contratos a Victoria Hernández y Concepción Sánchez Freire, además de pagar primas, en ocasiones, al resto de la plantilla. Otra norma del Consejo que nada tenía que ver con nuestra visión era que «ningún cargo directivo podría recaer en jugadoras...».
Pienso que nuestra estructura, seriedad, buena imagen y buen fútbol fueron lo que favoreció que el equipo fuera invitado a jugar por todos los rincones de España.
Explícanos un poco más lo del profesionalismo, por favor.
Era la visión que ya tenía entonces y que a los componentes del Consejo les parecía descabellada. Curiosamente, es la misma que medio siglo después se hizo realidad.
El Olímpico realizó los dos primeros contratos de España a las jugadoras Victoria Hernández y Concepción Sánchez Freire. Aboné por contrato 4.000 y 5.000 pesetas de la época, respectivamente, a cada una, además de una prima fija por partido. Asimismo, las futbolistas estaban aseguradas ante posibles lesiones mediante una póliza y otras cláusulas privadas. El resto de la plantilla también percibía primas en determinados partidos.
Ese esfuerzo repercutió en que consiguieras formar el mejor equipo de España.
Cuando las jugadoras observaban el funcionamiento del club, la seriedad, la capacidad organizativa, la disciplina, las dos o tres sesiones de entrenamiento semanales, cubiertas por una póliza de accidentes, que a veces cobraban primas, los desplazamientos en autocar y las estancias en hoteles, se dirigían directamente al club mostrando su deseo de jugar en el Olímpico.
Deduzco que, en aquella plantilla y por sus condiciones contractuales, Victoria y la conocida como Conchi Amancio eran las estrellas.
Destacaría al equipo en su conjunto, si bien es cierto que ellas fueron las más populares.
Cuando nacéis, el equipo más fuerte es el Fuengirola, al que ganáis. ¿Qué supuso para el Olímpico Villaverde esa victoria?
El Fuengirola, dirigido por Ángel Castillo, se presentó en Madrid con la aureola de campeón de España, invicto hasta la fecha. Perdió contra nosotros por primera vez, pero, a mi entender, destacaría que aquel partido contribuyó a dar una mayor presencia al fútbol femenino.
Los espectadores, que llenaron el campo de fútbol de Aranjuez, quedaron gratamente sorprendidos por la gran calidad del fútbol que presenciaron, algo que probablemente no esperaban encontrar.
Además del equipo andaluz, ¿qué otros equipos eran importantes?
El Fuengirola era el campeón de España porque había ganado el primer Campeonato de España en el que participaron varios equipos del país. La euforia inicial provocada por aquel evento hizo que se produjera una expansión por todo el territorio.
En Cataluña, con su Trofeo Pernod, el Español de Barcelona se proclamó campeón. En Asturias, el Piezas de Langreo se constituyó como el equipo más representativo de la zona. En el País Vasco estaban el Mai-Ona, de Bilbao, y posteriormente el Sondika. El Isla Cristina, de Huelva, era la revelación en Andalucía junto al Fuengirola.
El Albacete, el Manchego y el Palafox, este último de Salamanca, imponían su dominio en Castilla. En la región levantina, el Marcol Lanas Aragón prosiguió la senda que habían iniciado sus principales predecesores, el Valencia y el Hércules de Alicante. En Extremadura, el equipo de Zafra fue el más destacado. En Aragón, el R. Zaragoza, posteriormente Zaragoza como independiente, formaba un conjunto sólido y preparado. El Olímpico Villaverde jugó contra todos ellos, y frente a las aragonesas en La Romareda y en Madrid.
No hablas de Galicia. ¿No sabíamos proyectarnos desde aquí?
En aquella época sí nos llegaba alguna información. A través de la revista que publicábamos en el club, la única de España dedicada al fútbol femenino, recibíamos noticias de equipos de Galicia como el Mayador o el Rocío, ambos de Vigo, del Ignis de La Coruña y poco más que yo recuerde.
Del Karbo, en estos primeros tres años de la década de los setenta, todavía no disponíamos de información. Comenzamos a saber de ellas a partir de 1974/75, cuando su ascenso a nivel nacional fue constante y lo llevó a proclamarse primer campeón oficial de España.
Hablas de una revista de fútbol femenino en aquella época. ¿Cuántos ejemplares se imprimían y cuál era su distribución?
La revista, como he dicho, la hacíamos desde el club y fue un factor decisivo para dar a conocer la ingente actividad del fútbol femenino, ya que se distribuía en todas las regiones y en cualquier rincón de España donde hubiera un equipo.
Tirábamos cinco mil ejemplares, enviados mediante la modalidad de «impresos», que era la más económica. A Galicia la enviábamos a \1, con sede en la calle Teresa Herrera. El periódico, en ocasiones, sirvió de portavoz, a través de la revista, para muchos equipos de la zona.
Antes hablaste del Consejo Nacional del Fútbol Femenino. ¿Qué era?
Conservo las actas de las reuniones preliminares del Consejo, celebradas en el Hotel Claridge de Madrid. Las aportaciones del Consejo y su capacidad organizativa eran deficientes, según mi criterio. No existía unión ni una regulación viable para un futuro que consolidara el fútbol femenino.
Muchas de sus normativas nos hacían retroceder en el tiempo. Ante la pasividad de la Federación Española, que no estaba por la labor de apoyarlo, sino más bien todo lo contrario, se necesitaba un Consejo organizado y con visión de futuro, algo que, evidentemente, desde mi punto de vista, no era así.
¿Cuál fue tu papel en él?
Desde el primer momento, nuestras posturas fueron discordantes con muchas de las decisiones que adoptaban. Como he comentado anteriormente, cincuenta años antes de que se reglamentara esta condición, nosotros ya apostamos por conseguir la profesionalización del fútbol femenino.
Esa y otras medidas innovadoras no les parecían apropiadas, por lo que nunca estuve integrado en él, aunque acudiera a las reuniones del Hotel Claridge. El Consejo se fue a pique en el tercer trimestre de 1971, en medio de la desunión y con problemas internos de toda índole.
La Sección Femenina era otro obstáculo. ¿Llegaste a mantener conversaciones con su sempiterna presidenta, Pilar Primo de Rivera?
Por supuesto que no las tuve. La Sección Femenina era un organismo político que marcaba el destino de la mujer española en todos sus aspectos. Tenía un rango superior al de muchos ministerios y sus delegaciones se extendían por toda la geografía nacional. Siempre estuvo en contra del fútbol femenino.
Con Pilar Primo de Rivera no hubo conversaciones, pero creo que en una ocasión llegasteis a necesitar la intervención de Carmen Polo, esposa de Francisco Franco, para poder celebrar un partido. ¿Cómo fue aquello?
Esperpéntico, cuanto menos. El Olímpico había sido invitado a disputar un encuentro benéfico en Almansa para recaudar fondos para ASPRONA, una asociación de personas con discapacidad de la que Carmen Polo era benefactora.
Llegamos en autocar a las puertas de un estadio lleno hasta la bandera. Junto a la entrada, un grupo de «señores», visiblemente molestos, querían impedir que se celebrara el encuentro. Lo consideraban una vergüenza para su ciudad, algo indigno, o peor...
A nuestra llegada también nos recibió Antonio Molina, director del centro. Bajamos del autocar Agustín Mejías, que era nuestro presidente honorífico, y yo. Con aquellos hombres resultaba imposible razonar, así que el señor Molina nos rogó que lo acompañáramos a su despacho, junto con una representación de los más beligerantes, pues el altercado estaba produciéndose en la calle, junto a la misma entrada del estadio.
El director del centro de ASPRONA llamó nada menos que al Palacio de El Pardo y preguntó por doña Carmen Polo. Parece ser que atendió un mayordomo, que le preguntó quién era para comunicárselo a la esposa de Franco.
—Soy Antonio Molina, de ASPRONA, de Albacete.
Pasó más de un minuto en medio de un silencio sepulcral y, finalmente, habló Carmen Polo:
—Dígame, Antonio, ¿qué ocurre?
—Perdone que la moleste, doña Carmen. Tenemos un problemilla... Hemos organizado un partido de fútbol femenino a beneficio de la asociación que usted preside, el campo está lleno y hay unos señores que no desean que se celebre.
Tras un lapso que se hizo eterno, Carmen Polo contestó:
—Intenten ustedes ponerse de acuerdo. No me gustaría tener que decírselo a Paco.
Y así quedó solucionado el problema.
También hablabas antes de la Federación Española.
Las relaciones eran totalmente inexistentes. La entidad se posicionaba claramente en contra. En 1971 nombraron como «observador» al presidente del Rayo Vallecano, Pedro Roíz Cossío, que nunca emitió un dictamen sobre el naciente fútbol femenino.
Todo lo contrario: fue el organizador de aquellos ridículos espectáculos de «folclóricas y finolis», con la intención de deteriorar la imagen de seriedad y calidad deportiva del fútbol femenino.
Ha pasado medio siglo desde aquello. ¿Qué valoración haces de la figura del exfutbolista internacional y entonces presidente de la Federación Española de Fútbol, José Luis Pérez-Payá?
Este señor actuaba con la mentalidad mayoritariamente machista que imperaba en la época. Son ya famosas sus afirmaciones en las que señalaba que «la mujer española estaría mejor con un traje regional que jugando al fútbol».
No dio ningún apoyo oficial al segundo Mundial, celebrado en México, al que España estaba invitada y no pudo acudir. «Si acude alguna representación española a este Mundial, lo harán como meros turistas», dijo.
Antes de ese segundo Mundial hubo un primero, también oficioso, en 1970. ¿Mantenías contacto con la organización?
Recibía puntualmente correspondencia de la FIEFF, con sede en Turín, organizadora de los primeros mundiales. En aquel primero, celebrado en Italia, se proclamó vencedora Dinamarca y subcampeona Italia. Lo sabía gracias a ese contacto, pues en España ningún medio informaba del evento. El fútbol femenino parecía no interesar.
El 21 de febrero de 1971 tiene lugar el primer partido de la selección española femenina. Se celebra en Murcia y termina con un empate a tres frente a Portugal. ¿Costó mucho celebrarlo?
El partido de La Condomina estuvo fundamentalmente «organizado» por el Consejo Nacional y tuvo de todo... Por una parte, temor y miedo ante posibles actuaciones policiales y, por otra, lo mejor: la entrega absoluta de las jugadoras españolas.
Nadie se hacía responsable de lo que estaba sucediendo. Los dirigentes del Consejo Nacional, desde el anonimato, tenían miedo por lo que pudiera pasar. Si ya en el partido inaugural del Olímpico, el 8 de diciembre de 1970, me había visto obligado a acudir a la Comandancia de Villaverde, ¿qué podría suceder en este encuentro en el que España era la protagonista?
Eres, aunque sea de manera oficiosa, el primer seleccionador. ¿Cómo fue la designación y cómo se seleccionó a las jugadoras?
No hubo tal designación. Simplemente, yo acompañaba a Manuel Carlón, presidente del Sizam, colaborando en lo que pude en el desarrollo del partido. La elección de las jugadoras fue realizada, en su mayor parte, por Javier Jiménez, sin entrenamientos previos ni nada que se le pareciera.
¿Alguna anécdota de aquel partido?
Procuro olvidar lo negativo y concentrarme en lo más positivo: fue un eslabón más hacia la progresión del fútbol femenino, con unas protagonistas fabulosas, las jugadoras españolas, que mostraron una capacidad de lucha y una energía inmensas frente a un rival con varios años de experiencia.
Aunque antes ya hiciste mención a ello, por mantener la secuencia cronológica: España tuvo posibilidades de acudir al segundo Mundial en 1971 y finalmente no fue. ¿Hubo realmente una invitación?
La hubo, claro que sí. Con el Consejo Nacional prácticamente en caída libre y en vías de disolución, recibíamos correspondencia de la FIEFF, organizadora de los dos Mundiales, así como de la Confederación Mexicana de Deportes, con sede en la capital del país, invitándonos a participar.
Antes comenté la conocida postura de la Federación Española: totalmente en contra. Con los problemas del Consejo y sin ayuda oficial, fue completamente imposible presentar una selección española en el país azteca.
El Mundial no pudo ser, pero España disputó el Trofeo Adriático contra Italia en 1972.
Sí. Fue dentro de un proceso renovador. Desaparecido el Consejo, en 1971 se produjo un intento, que no prosperó, de constituir una nueva entidad a través del Marcol Lanas Aragón, de Valencia, y de su presidente, Castor Seijo Estévez.
Fue a raíz de este vacío cuando iniciamos la puesta en marcha del nuevo Comité Organizador, en principio con solo tres personas, figurando José Manuel Martínez como presidente y yo como seleccionador-organizador.
La primera medida adoptada fue aceptar la invitación de la FIEFF para disputar el Trofeo Adriático, con dos encuentros en Italia y dos en España. Realmente fue el revulsivo que el fútbol femenino necesitaba.
De octubre a diciembre de 1972 ocupó innumerables páginas de la prensa deportiva, lo que redundó en beneficio del fútbol femenino. El nivel de organización fue máximo y no se escatimaron esfuerzos económicos, tanto por parte de la selección italiana como de la española. Allí trataron a nuestra selección con toda clase de atenciones, las mismas con las que fueron correspondidas en España.
El diario \1 envió al periodista deportivo Miguel Miró a cubrir todo el evento, tanto en Italia como en España. En Madrid, a la llegada de la expedición transalpina, convocamos una rueda de prensa con las dos selecciones en el Hotel Praga, algo que ni siquiera hacían los equipos masculinos en aquella época, invitando a todos los medios, no solo a los deportivos.
El tiempo fue adverso en el partido de Córdoba, el 8 de diciembre de 1972, con el estadio de El Arcángel convertido en un lago. No ocurrió lo mismo en el siguiente encuentro, en Badajoz, dos días más tarde, donde el tiempo acompañó y El Vivero registró una gran entrada. Fueron fechas en las que el fútbol femenino marcó con intensidad la actualidad española.
Cuéntanos algunas cosas de estos partidos.
Volvería a destacar la entrega absoluta de las jugadoras españolas, que trataron de tú a tú a las italianas, sobre todo en Badajoz. El resultado final, frente a las subcampeonas del mundo, fue una derrota por tres a cero, reduciendo la diferencia de los marcadores anteriores.
Una curiosidad fue que nuestro Comité contrató en Madrid al colegiado de Educación y Descanso Pablo Aceves Mejías para los dos encuentros, ante la posibilidad de que la Federación intentara boicotearlos, como había ocurrido en Murcia.
También eres uno de los impulsores de los partidos entre las entonces selecciones regionales, llegando a convertirte en seleccionador de Castilla.
Promovimos la celebración de partidos entre las selecciones regionales de Galicia, Castilla, Aragón, Levante o Andalucía como un paso adelante en la progresión del fútbol femenino. En alguno actué como seleccionador, pero normalmente se elegía a algún técnico que hubiera destacado.
El 30 de agosto de 1975 diriges a Castilla en el Manuel Rivera, de Ferrol, en el único partido de la selección gallega.
Tengo un recuerdo general de cuando viajábamos a Galicia. Son viajes a los que guardo mucho cariño por el trato que nos dispensaron. Aquel partido pudo ser significativo, al igual que otro al que fuimos, no con la selección, sino con el Olímpico Villaverde.
Creo recordar que se trataba de un Trofeo Teresa Herrera de principios de los setenta, en el que nosotros jugamos como previa de la final masculina. Reconozco que, cincuenta años después, a veces los recuerdos no permanecen en la memoria como uno quisiera.
Uno de los dinamizadores importantes del fútbol femenino en Galicia era José Mañana, técnico del Karbo y de aquella primera «Irmandiña». ¿Manteníais contacto?
La relación con José Mañana fue fabulosa y excepcional. De hecho, perduró hasta bien entrada la década de los ochenta. Como técnico siempre mostró el máximo respeto por las jugadoras.
La última experiencia que compartí con él fue en la isla de Cerdeña, durante la primera quincena de 1983. Fuimos con un combinado español a disputar un torneo cuadrangular en el que José Mañana actuó como seleccionador. También lo conté en las páginas 184 y 185 del libro \1.
José Mañana en Galicia, María Teresa Andreu en Cataluña, tú en Madrid...
Además de los que he citado antes, pienso que se debería hacer justicia con la figura de Agustín Mallol Pons, concejal de Deportes del Ayuntamiento de Tarragona, quien, desde su posición, se volcó literalmente en apoyar el fútbol femenino.
Agustín y yo fuimos los únicos representantes del fútbol femenino presentes en las ponencias que condujeron a su reconocimiento el 21 de octubre de 1980 en la sede federativa de la calle Alberto Bosch, en Madrid.
Con el apoyo total de su consistorio, Agustín Mallol organizó el I Trofeo Copa Reina Sofía en Cataluña, con gran éxito tanto de participación como deportivo, en el que el Karbo se proclamó campeón en 1981.
En 1971, la Federación Inglesa levanta el veto de cincuenta años al fútbol femenino. En España no se levanta hasta que Pablo Porta llega a la presidencia de la Federación Española. ¿Qué había cambiado en España?
Desde 1968, el fútbol femenino comenzó a implantarse en América del Sur y en gran parte de Europa. En España todavía tendrían que transcurrir dos décadas.
En mi opinión, en octubre de 1980, reunido con los presidentes de las federaciones territoriales españolas, no observé el menor interés entre los allí presentes. El tema ni les iba ni les venía. ¿Las ponencias? Sin contenido concreto.
Me colocaron junto al presidente de la Federación Aragonesa que, entre otras cosas, me preguntaba «si las niñas iban en pantalón corto».
Creo que, por una parte, la presión de la UEFA, que ya organizaba el Campeonato de Europa, y, por otra, la presión política ejercida por Agustín Mallol fueron los detonantes para que el fútbol femenino fuera reconocido y admitido.
Porta colocó a un amigo, procedente del fútbol sala, como primer responsable del fútbol femenino. ¿Qué te pareció aquella primera designación?
Se trataba de Antonio Alberca, que estaba dedicado en cuerpo y alma al fútbol sala. Ya tenía bastante trabajo con ponerlo en marcha. De hecho, esta modalidad todavía no tenía seleccionador y en 1982 fue nombrado Teodoro Nieto, que posteriormente lo sería de la selección femenina.
De este modo, el fútbol femenino quedó arrinconado, sin que se le prestaran apoyo ni atención. Estaba integrado en el organigrama de la Federación Española dentro de un subcomité, compartiendo espacio con el fútbol sala. Agustín Mallol y yo éramos miembros de este, pero sin funciones específicas.
Así, al observar la inacción federativa, después de una segunda reunión con Alberca durante los primeros meses de 1981, en lo que parecía una tomadura de pelo, me despedí sin más.
Un año después, tras vuestra marcha, Porta desvincula el fútbol femenino del fútbol sala y nombra a María Teresa Andreu responsable del primero. ¿Qué representa para ti la figura de la catalana?
En España somos líderes europeos en los puestos de libre designación, casi siempre determinados por un nexo previo de amistad, negocios comunes o afinidad política.
Conocí a María Teresa Andreu en Madrid el 29 de abril de 1982. En marzo de ese mismo año —y la información aparece en \1 y \1 del 11 de marzo— organizamos el I Campeonato de Castilla fuera de la Federación, que, dos años después del reconocimiento oficial, mantenía definitivamente estancado al fútbol femenino.
En la cena, celebrada en los salones Lord Winston's de la capital, los equipos me tenían preparada una sorpresa en forma de placa «al gran organizador...». Allí, María Teresa Andreu me informó sobre el cambio y los nuevos retos para que el fútbol femenino creciera, etc.
A partir de ahí comienzan las primeras competiciones oficiales. ¿Te desvinculaste del fútbol femenino cuando eso ocurrió?
Al contrario. En la temporada siguiente federé a los equipos Olímpico Villaverde y Olímpico de Leganés. Del resto de conjuntos, muchos se inscribieron: Parque Alcobendas, Porvenir, que fue el campeón de Madrid, etc.
Nuestros dos Olímpicos eran los únicos de Madrid que retransmitían en directo cada partido de los domingos mediante conexiones telefónicas, en las que se hacían crónicas puntuales a través de una conocida emisora de radio.
El Karbo y la selección gallega fueron los grandes dominadores de las primeras competiciones oficiales. Tú, al menos, jugaste contra el equipo coruñés. ¿Era tan bueno como dicen?
No tengo ninguna duda de que el Karbo fue el gran equipo de la década de los ochenta. Compenetrado, compacto y bien dirigido, reunía todos los ingredientes que lo llevaron a ganar el primer Campeonato de España, precisamente contra el Porvenir madrileño y, anteriormente, la Copa Reina Sofía en Tarragona.
En cincuenta años hemos pasado de aquella liga oficiosa ganada por el Fuengirola a la profesionalización. ¿Te gustaría estar involucrado directamente en el fútbol femenino actual?
Nunca abandoné el fútbol femenino. He seguido sus pasos durante este medio siglo y soy, creo, el más veterano de los aficionados. Procuro asistir o ver por televisión todos los partidos que puedo y me congratulo de la progresión que ha alcanzado. Con esto ya me doy por satisfecho.
NOTA: Entrevista originalmente publicada en la Revista do Fútbol Galego (n.º 89, febrero 2021).