El escándalo de los falsos oriundos: El Barcelona monta en cólera
José Ignacio Corcuera & Antonio Arias
Cuadernos de Fútbol n.o 188 | Julio 2026
El escándalo de los falsos oriundos: El Barcelona monta en cólera
Publicación: Cuadernos de Fútbol, nº 188
Fecha: 1 de julio de 2026
Fecha de recepción: 14 de mayo de 2026
Fecha de aceptación: 15 de junio de 2026
ISSN: 1989-6379
Resumen / Abstract:
Analizamos el escándalo de los falsos oriundos en el fútbol español de comienzos de los años setenta, denunciando una trama de falsificación de documentos y pasaportes que permitió a numerosos futbolistas sudamericanos competir como supuestos españoles. La investigación revela la implicación de intermediarios, las irregularidades federativas y la pasividad de las autoridades ante un fraude que afectó a varios clubes de Primera División.
We analyze the scandal of the false oriundos in Spanish football in the early 1970s, exposing a network of forged documents and passports that allowed numerous South American footballers to compete as supposed Spaniards. The investigation reveals the involvement of intermediaries, federation irregularities, and the authorities’ passivity in the face of a fraud that affected several First Division clubs.
Por cuanto respecta al asunto de los oriundos, la temporada 1970-71 arrancó el 29 de setiembre con esta prosopopéyica nota remitida desde la R.F.E.F. a los medios informativos: “La Comisión Permanente de la Junta Directiva de la Real Federación Española de Fútbol, en su reunión celebrada ayer, trató entre otros puntos el relativo a la inscripción por clubes españoles de jugadores procedentes del exterior, que tengan la nacionalidad española”.
Luego de enumerar los nuevos requisitos exigidos para pasar el filtro, se daba cuenta de que únicamente dos acababan de recibir el pláceme: Víctor Domínguez Juárez Ramírez, inscrito por el Granada C. F., y Luis Ramón Alonso Vázquez, por el Elche. Quedaban otros cinco pendientes de completar sus documentaciones: Oscar Rubén Valdez Ferrero, a quien faltaba el acta acreditativa de haber recuperado la nacionalidad española en el registro civil, y la confirmación de F.I.F.A. sobre su ausencia de presencias internacionales, puesto que sólo había remitido un telegrama sin valor legal. José Carlos Touriño, pendiente del certificado de españolidad expedido en el consulado de Buenos Aires, toda vez que en el mismo no se hacía constar fehacientemente su condición de español. E igualmente el certificado de transferencia desde la Asociación del Fútbol Argentino. José Varela Martínez, coruñés de nacimiento emigrado a la República Argentina y procedente de ese fútbol, a quien faltaba el certificado F.I.F.A. sobre ausencia de internacionalidades. Rodolfo Vilanova Rumano, a quien también faltaba el mismo certificado. Y Andrés Medina Ayala, éste a falta de renovación en su nacionalidad española, puesto que el documento ofrecido limitaba su validez hasta el 31 de diciembre de 1969. E igualmente se echaba en falta el transfer internacional de la Federación Paraguaya.
Varela lo solucionó en seguida, puesto que del septeto era el menos sospechoso. Otra cuestión, si en verdad reunía requisitos profesionales para enraizar en nuestras competiciones. Durante su campaña y media en el C.D. Málaga sólo pudo saltar al césped en 3 partidos de Liga. Su otra media temporada en Santander se tradujo en 15 partidos y un par de goles, ya en 2ª División. Posteriormente firmaría con el alicantino Hércules C.F. 66 partidos de 2ª División con un gol cantado en dos temporadas, y otros 5 encuentros en 1ª. De ahí a 3ª, enrolado en el extinto C. D. Logroñés. De Andrés Medina Ayala ya nos hemos ocupado. Sin sitio en la primera plantilla cordobesa, le tocó ir cedido al Valdepeñas. Lo que nadie quiso aclarar fue qué era eso de “nacionalidad española con caducidad el 31 de diciembre de 1969”. Porque legalmente, o se es español con todas las consecuencias, o no se es.
El resultado fue que finalmente colaron todos. Rubén Valdez, pese a haber lucido la camiseta internacional argentina. Víctor Domingo Juárez aunque hubiese nacido en Formosa, Argentina, no en Alberdi, como acreditaban sus papeles, y por más que seguirle el rastro resultara facilísimo, pues su padre era hombre muy conocido, tras detentar un cargo de diputado peronista. Rodolfo Vilanova, si bien durante sus ocho campañas en La Rosaleda acreditara condiciones futbolísticas, tenía de español un poco menos que el Empire State Building o la Tour d´Eiffel. Para colmo, un par de años después la documentación de Touriño, mirada al trasluz en el Ministerio de Asuntos Exteriores, arrojaría múltiples dudas. En suma, de los 7, tan sólo 2 debieron ser aceptados: el español Varela y el paraguayo de San Lorenzo Luis Ramón Alonso, a quien el Elche C. F. después de que anotase un gol en los 2 partidos de 1ª División que disputase, cedería a su filial, el C. D. Ilicitano, de 3ª División.
Fantástico inicio para “la nueva etapa de seriedad federativa”, conforme algunos medios cacareasen. El cambiémoslo todo para que las cosas continúen igual, estaba en marcha.
En lo puramente deportivo, aquella Liga mantuvo en vilo a los aficionados hasta el último minuto, puesto que Alfredo di Stéfano hizo campeón al Valencia C.F. con los mismos puntos que el Barcelona. Un Valencia, aclarémoslo, con Aníbal Pérez, Rubén Valdez y Anastasio Jara, tres futbolistas a quienes nunca debería habérseles permitido colar de rondón, al incumplir la legalidad vigente. Y que además, el 22 de noviembre de 1969 diese calabazas a otros tres paraguayos, Pedro Darío Bernatto, Cabral y Jiménez, a quienes después de probarlos en Játiva durante un amistoso, tanto los técnicos como el titular de la caja fuerte desestimaron “ante lo elevado de sus pretensiones económicas, y la realidad de no constituir verdaderos refuerzos”. En el Barça, por el contrario, sólo era extranjero su entrenador, Vic Buckingham. Tercero fue el At. Madrid, con Domingo Benegas, que ni se estrenó, y Santos Ovejero, a quien la prensa apodara “El Cacique del Área”. Cuarto el Real Madrid, con el “perdonado” Sebastián Fleitas, Touriño y Miguel Pérez. Quinto el At. Bilbao, ya evaporado el efecto inicial de su entrenador británico Ronnie Allen. Y por detrás Celta, Sevilla, Real Sociedad, C. D. Málaga, con Viberti, Vilanova y Cabral, Granada, R. C. D. Español, Gijón, Sabadell y U. D. Las Palmas. Descendieron un Elche con cuatro entrenadores y cinco extranjeros, oriundos o nacionalizados, y el Real Zaragoza, pese a contar con Felipe Santiago Ocampos, ariete paraguayo a quien casi todos los centrales de la época temían más que cualquier campesino al peor nublado, no ante su acierto rematador -evidente en verdad-, sino por responder a las patadas y codazos con doble ración de leña.
Aunque si algo caracterizó aquella campaña, fue su papel de telonera ante lo que estaba por llegar.
Cuando a las 9 de la noche se cerrara el plazo para inscribir jugadores procedentes del exterior, en setiembre de 1971, la sede federativa concitaba gran expectación. Día a día, durante los dos meses precedentes, todos los medios informativos habían dado cuenta de las nuevas contrataciones. Ahora tocaba averiguar a cuántos se les otorgaba la imprescindible ficha. Ante la ausencia de Pérez-Payá, el vicepresidente primero, Vicente Rodríguez, encabezaba la Comisión Permanente reunida en Junta desde las cinco menos diez. Ésta la componían Pablo Porta y el señor Borrachero, más los federativos Valido, Roiz, Delgado y Marcet, éste en representación de los jugadores, puesto que aún estaba por constituirse la Asociación de Futbolistas o su sindicato. También estaban presentes el secretario del ente, Andrés Ramírez, luego de recuperar su antiguo cargo transcurridos los seis meses de inhabilitación, y el asesor jurídico, Vara del Rey. A falta de cinco minutos para cumplirse las 21 horas, el Real Oviedo hacía llegar la solicitud de Oscar Evangelista Bravo Junco. Un cuarto de hora después, Vicente Rodríguez, como presidente accidental, ofrecía un primer balance:
“Admitidos por presentar todos los requisitos de nacionalidad española y no haber sido internacionales con ninguna selección, Eduardo Anzarda Álvarez (Real Madrid), y Ramón Alberto Aguirre Suárez (Granada). También se autoriza la participación del aragonés José Vicente Galindo Domínguez, de Gallur, procedente del extranjero, aunque nunca haya competido en ningún equipo federado del exterior. Su destino será el C. D. Aragón”.
La nómina de solicitantes era más larga, sin embargo, y como en unos casos faltaran documentaciones, o en otros quedasen por revisar las aportadas, se optó por su admisión provisional, en reserva de oficializarla más adelante. Esta era la nómina completa: Rodolfo Alfredo Orife Pérez y Carlos Daniel Jurado Román (ambos del R. Betis), Adolfo Francisco Soto Dreussi (U. D. Las Palmas), Roberto Juan Martínez Martínez (R. C. D. Español), José Sánchez Fernández, natural de Almería y emigrado a Argentina, país desde el que llegaba (Xerez Deportivo), Jorge Doval Vázquez y Juan Carlos Errandonea (R. C. D. Mallorca), Aníbal Montero Soca (Elche C. F.), Carlos Ferreira Aguirre (Cádiz C. F.), Juan Alberto Bustillo Freire, coruñés de San Martín de Porto, pero procedente de la federación venezolana, a cuyo país emigrara (R. C. D. La Coruña), José R. Fernández Iravedra, natural de Barreiros, Lugo, y también emigrante (R. Valladolid), Carlos B. Galli Silva (Cartagena), Marcial González del Barrio, un emigrante más, nacido en Madrid (R. Betis), Luis Agustín Pérez Miers, hermano de Aníbal Pérez, que a diferencia de éste, cuya falsedad fuera descubierta, no llegaba como paraguayo, sino como natural de Argentina (C. D. Mestalla), Eusebio Ibáñez Luque (Deportivo Aragón) y Oscar Evangelista Bravo (R. Oviedo).
Hubo también cuatro rechazados: Voltaire García Delfino (R. Valladolid), Osvaldo González Cardoso (Rayo Vallecano), Teodoro Fernández Pérez (U. D. Las Palmas) y Antonio Rañón Alonso (San Andrés), por no acreditar su nacionalidad española. En el caso de Osvaldo González, el club vallecano solicitó una ampliación de plazo, alegando complicaciones de última hora, aunque como era lógico se mantuvo escrupulosamente el límite temporal.
Con relación a estos últimos, alguna aclaración. El segundo apellido de Osvaldo González no era Cardoso, sino Cardozo. Había nacido en Resistencia, capital del Chaco argentino, y tras competir con el Gimnasia y Esgrima de La Plata entre 1963 y 1966, desarrolló el resto de su actividad profesional en Chile, luciendo las camisetas del Lota Schwager, Ñublense, Green Cross de Temuco, Unión Española, Deportes Concepción, Palestino y Aviación, desde 1966 hasta su retirada diez años después. Campeón de la Liga chilena en 1973 y afincado en ese país, fallecería en Santiago el 18 de agosto de 2014, a los 71 años. Hubiera sido un buen refuerzo para los franjirrojos, entonces en Segunda.
El uruguayo Voltaire García Delfino dirimió tres campeonatos en nuestro suelo con los colores del C. D. Málaga, de ellos uno sólo en 1ª División. Lo hizo como extranjero a partir del 4 de setiembre de 1975, una vez reabierta la importación. De español, por tanto, muy poquito. Una vez retirado volvió a dejarse caer por la península como entrenador en clubes de tercer rango. Teodoro Fernández, argentino de San Juan, segundo núcleo más poblado de la región del Cuyo, sólo debió esperar un año para enfundarse la camiseta amarilla grancanaria, como oriundo. Doce meses eran tiempo suficiente para agenciarse certificaciones, sortear trabas o incluso encontrar padres “adoptivos”. Y luego de 6 campañas en 1ª División, con 32 años se despidió de nuestros estadios en 1979, sin lograr el soñado ascenso del Cádiz C. F. Entre los cuatro rechazados, por tanto, Antonio Rañón fue el único en no trotar por nuestro césped, siquiera a posteriori.
Aunque no a todos los admitidos provisionalmente llegara a tramitárseles una ficha, aquellas 23 solicitudes de ingreso deberían haber motivado más de una reflexión entre los mandatarios federativos. De 7 la temporada anterior, a 23. Pues blanco y en botella. Después de un paréntesis tentándose la ropa hasta ver las consecuencias de la tan cacareada inflexibilidad normativa, como los siete colaran, a nuestros clubes se les disipó cualquier miedo. Todo el monte volvía a ser orégano.
Porque lo era, en verdad, como muy pronto iba a quedar clarísimo.
El 2 de diciembre de 1971, el diario deportivo “As” recogió una minúscula nota que pasó muy desapercibida. “¿Un nuevo escándalo?” la titularon. Y en apenas 29 líneas se daba cuenta que una comisaría madrileña había registrado la demanda por estafa del súbdito paraguayo, con iniciales F. M. C., contra el agente de negocios futbolísticos E. R., de la misma nacionalidad. No se necesitaba gran perspicacia para colegir que la identidad del presunto chanchullero correspondía a Epifanio Rojas. Según el denunciante, los futbolistas afectados por los manejos del demandado serían, entre otros, Aguirre Suárez, Adorno, Jacquet, Ferreira, Jurado, Bravo y Soto. El recuadrito concluía en estos términos: “Damos esta noticia con las naturales reservas, porque en su día será la jurisdicción competente quien diga su palabra”.
En la redacción de ese medio acababan de morder carne fresca, y como buenos periodistas durante las dos semanas siguientes afilaron bien sus colmillos. En portada y páginas de interior, “As” resucitó la cuestión los días 16 y 17 de diciembre, aportando un sinnúmero de detalles. “La trampa de los oriundos al descubierto”, pudieron leer los aficionados que se acercaran al kiosco con un duro en la mano. “Por mil dólares un pasaporte para jugar en España”. “En Paraguay se puede conseguir en 48 horas, o menos”. Los subtítulos de interior prometían muchísimo: “Un exfuncionario paraguayo y un exjugador de un equipo sevillano, falseaban las documentaciones”. “Aguirre Suárez llegó el lunes de Buenos Aires y el martes firmaba su pasaporte en Asunción”. “Todos los secretos de la mafia nos los enseñó a nosotros un armenio”. “El pasaporte de Adorno, a pesar de ser paraguayo, se hizo en Rosario (Argentina)”. Federico Marcelino González puntualizaba: Se obtiene una partida de nacimiento falsa, basándose en pueblos españoles cuyos registros se quemaron en la Guerra Civil. Luego se legalizan en el Registro Central de Asunción. Todo es cuestión de aceite. Después se prosiguen los trámites en el Ministerio de Justicia, en el de Relaciones Exteriores y la Cancillería paraguaya, hasta llegar al Consulado español”.
En resumen, el paraguayo Federico Marcelino González, supuesto presidente del Club 12 de Octubre en Villa Aurelia, Asunción, expresidente de la Liga Aragüeña (equivalente a la 5ª categoría paraguaya), y con anterioridad también presidente del modesto club Tapaicúa durante cinco años, periodo en el que habría festejado 4 títulos de campeón y un subcampeonato, afirmaba haber intervenido en la contratación de varios futbolistas por clubes españoles, formando sociedad con Epifanio Rojas, un conocido intermediario al que denunció tras no cobrar su porcentaje sobre varias operaciones. Aunque no facilitara la identidad del gran muñidor en la trama, de quien idease una cuidada metodología, claramente apuntaba hacia Arturo Bogossian, en los siguientes detalles: “Todos estos métodos de la mafia nos los enseñó a nosotros un armenio expulsado de mi país este año, y al que denuncié en 1970 ante el Consejo Nacional de Deportes. Cuando se le llamó para aclarar mi denuncia, prometió con el propósito de salir bien librado que llevaría a la selección nacional hasta Europa y jugaría diez partidos. Luego la gira no se realizó nunca”.
Sobre el antiguo futbolista de un club sevillano, reconvertido en falsificador de documentos, aseguraba: “Jugó en la época de Achúcarro, Agüero y demás. Vino aquí de la mano del armenio, precisamente. Las partidas de nacimiento no se expiden en Asunción, sino en otros lugares donde no han nacido ni los jugadores, ni sus padres, ni nadie de la familia. Los responsables de los registros civiles en esos pueblos se encargan de extender las partidas. La primera vez se hizo en Capitá, lugar de unos 40.000 habitantes, a 30 kilómetros de Asunción. La partida de nacimiento de Soto se expidió en Iturbe, a unos 200 kilómetros de la capital; la de Jurado en Misiones, a 250 kilómetros; la de Jacquet en Alberdi, a 300”.
Obtenidas las partidas de nacimiento, el resto era mucho más sencillo: “En dicha partida se especifica que el jugador nació allí, pero que sus padres lo hicieron en España, en pueblos cuyos registros se quemaron durante la Guerra Civil. Carlos Durias lo tiene todo apuntado, porque fue él quien primero falsificó documentos para el armenio. Después hay organismos que resultan engañados: el Ministerio de Justicia, donde se legaliza la firma del juez del Registro Central, y se ponen sellos y pólizas a la partida; el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde ponen más sellos y dan el visto bueno, para que el papel vaya a la cancillería paraguaya y al consulado español, que con sus correspondientes sellos y firmas le otorgan validez para España. Entonces el pasaporte puede darse por obtenido”. Todo este fárrago, además, diligenciado en tiempo récord: “Cada pasaporte cuesta sólo 1.000 dólares, y se tarda en conseguirlo unas 48 horas, o a veces menos”.
Tanto detalle contribuía a hacer de la delación un testimonio muy válido, aun a pesar de incurrir en algún error. Al centrocampista argentino Adorno, del Valencia C. F., se empeñaba en considerarlo paraguayo. Es más, añadía una anécdota rocambolesca sobre su salida hacia España: “A pesar de ser paraguayo, su pasaporte se hizo en Argentina. Fue materialmente raptado, con su consentimiento, claro. Pidieron permiso a la directiva del Racing de Buenos Aires para no entrenarse, y un tal Epifanio Méndez Fleitas lo llevó a Montevideo, donde estuvo hasta tramitarse su documentación”. Inquirido por el periodista cómo podía estar al corriente de tales pormenores, aseveraba: “Porque cuando Epifanio Rojas no encontró mi apoyo, acudió a Epifanio Méndez Fleitas”.
Miguel Ángel Adorno Ramírez, conforme habría de descubrirse después, y se dará cumplida cuenta, era argentino y en su país lo apodaban “El Ruso”.
Si se otorgara validez a lo denunciado, bastaba un cálculo elemental para aproximarse a la magnitud económica del fraude. Mil dólares para la obtención del pasaporte y cumplimentar las diligencias previas, que en pesetas representaban 70.000. Puesto que en su denuncia señalaba a siete futbolistas, la inversión total ascendía a 490.000. Los pasajes aéreos de todos, según tarifas de la época, frisarían las 300.000. Añadamos otras 100.000 ó 150.000 para el mes de permanencia en España que como media estuvieron a cargo del intermediario, hasta su colocación en distintos clubes, y el sumatorio arroja la bonita cifra de un millón, como máximo. Por último, y de imposible cuantificación, lo que el “agente”, habría acordado con los clubes en concepto de traspaso, cuantía que según el propio Federico Marcelino González, “no debió ser mucha”. A tenor de lo que la prensa estatal y local publicara sobre el costo para los clubes españoles de esas incorporaciones, alcanzaríamos los 200.000 dólares contemplados en la denuncia que el 30 de noviembre fuera interpuesta en Madrid. O sea, 14 millones de ptas. Así se justificaban los 10 millones netos que al cambio exigía a su socio el demandante, para un reparto equitativo.
No estaba mal por mes y medio, o como mucho un par de mases faenando. Máxime si consideramos que el sueldo medio neto en la España de 1971, oscilaba entre las 15 ó 16.000 ptas. mensuales, prorrateando pagas extraordinarias.
“Lo malo -añadía aquella “garganta profunda”-, es que la mayoría de los que actualmente han ido llegando a España, no son paraguayos, sino argentinos o uruguayos. Y yo, como presidente de un club de la Liga paraguaya, quiero salir en defensa del buen nombre del fútbol de mi país, porque tenemos muy buenos jugadores, de autentica categoría. Y esos no van al campeonato español”.
También sobre este punto concreto, el margen de discrepancia pudiera ser bastante amplio.
Al ser inquirido sobre quiénes eran, a su entender, las estrellas paraguayas vigentes, ofreció numerosos nombres. Como curiosidad, y sobre todo porque alguno de ellos si habría de competir más adelante en nuestros torneos, vaya su relación: “Los mejores juegan en el Cerro Porteño; Artemio Villanueva como guardameta, los defensas Ortiz Aquino, Justiniano Enciso y Valentín Mendoza. Luego Sergio Rojas, del Guaraní. Los medios Carlos Jarazquier (Cerro), Rafael Verza (Olimpia) y Arsenio Valdés (Guaraní), y los delanteros, Escobar (Cerro), Carlos Iriarte (Olimpia), e Irala (también Cerro). Como suplentes, Sergio González (Nacional), Odalino Monge (a quien se vio en el Trofeo Carranza con el Independiente y ahora juega en el Olimpia), Lorenzo Jiménez y Andrés Rosa Torres (ambos del Olimpia, igualmente). Había otros dos fenómenos en el Cerro Porteño: Hugo González y Saturnino Arrúa, pero ya están en Francia”.
Luis César Ortiz Aquino llegó al R.C.D. Español el 20 de octubre de 1973, para competir durante 5 temporadas. Crispín Rafael Verza Vargas hizo lo propio en el Real Murcia, el 15 del mismo mes y año, dejando un pobre sabor de boca durante su campaña y media en La Condomina, de ellas la segunda en el fútbol de plata. Y Saturnino Arrúa fue ídolo de La Romareda desde que llegase a Zaragoza en 1973.
Acerca de la obtención de certificaciones F.I.F.A. sobre ausencia de presencias internacionales, o de la complicidad mafiosa que pudieran practicar los clubes emisores, el paraguayo esgrimía variados matices: “Bueno, sobre esto habría que hablar mucho. En primer lugar, los clubes se limitan a entregar el pase del jugador al intermediario delegado. Del resto se ocupan los intermediarios. Segundo, cuando la F.I.F.A. aseguró una toma de medidas contra la Liga Paraguaya, se encontró con que no podía hacer nada porque los presidentes sólo duran dos años en su cargo. Y tercero y principal, todos los papeles que ustedes llamaron “timo de los paraguayos”, no los firmó ningún presidente, sino el secretario gerente administrativo, sin poderes para hacerlo. Usted no tiene ni idea de todos estos trapicheos…”
Por último, a la aseveración del redactor sobre lo difícil que se pondrían las cosas día a día para Méndez Fleitas, “el armenio”, Epifanio Rojas o él mismo, ante la acumulación de infracciones o delitos, la voz delatora esgrimía argumentos beatíficos: “Yo lo que quiero es aclarar todo, desenmascarar la falsificación de pasaportes, porque el fútbol paraguayo saldrá ganando. Los clubes de mi país necesitan vender jugadores, pero cuando las autoridades conozcan lo relativo a falsificaciones, tomarán medidas”.
Y como remate, rememorando que su colaboración con Epifanio Rojas en los traspasos de Acosta y Toñánez al Sevilla, consistiera en un préstamo de 9.500 dólares (665.000 ptas.) para sufragar esa operación, más las de Candía, Jiménez, Rivero y Zárate, se condolía: “En aquel negocio no llegué siquiera a recuperar mi dinero”.
Los caballos, una vez más, iban por detrás del carro. ¿Cómo se pretendía actuar desde un par de despachos, los de la R.F.E.F. y la D.N.D., cuando combatir a las mafias siempre ha exigido un arduo trabajo de campo? Y todo ello sin poner el foco sobre quienes alimentaban semejante corrupción: los clubes contratantes. Gran parte de ellos, por no hablar de una inmensa mayoría, eran perfectos conocedores de adquirir mercancía prohibida. Empezaron chapoteando un par de ellos, y como nada les ocurriera, a otros cinco, siete o quince, les faltó tiempo para lanzarse de cabeza a la charca. Así, cuanto arrancara como chanchullo artesanal fue adquiriendo dimensiones de industria delictiva, con dividendos millonarios.
Pero estas declaraciones tan sólo permitían ver la cuestión desde una óptica parcial, y no poco distorsionada. Un trabajo posterior, recogido en la revista “As Color” que durante varios años publicaran semanalmente los mismos editores, ensanchaba no poco el panorama.
Según Gerardo García, firmante del trabajo, Federico Marcelino González, autoproclamado seráfico benefactor del fútbol paraguayo, quiso vender la información en agosto por 10.500 dólares, reiterando la misma oferta poco después. Como no hallase comprador, el 1 de setiembre, en la calle de Jacometrezo ya la rebajaba hasta 1.700. Puesto que aquella mugre tardase todavía dos semanas en ver la luz, cabía suponer que “As” obtuvo la exclusiva con menos desembolso. A tenor de la denuncia, el ahora lenguaraz y su compatriota Epifanio Rojas, acordaron en Chile durante el mes de agosto de 1969, colocar en España a varios futbolistas sudamericanos, repartiendo beneficios. Rojas, mediante cartas manuscritas en las que trataba a González como “estimado socio”, le pidió “5.000 dólares para los primeros gastos”, cuantía que días después incrementaba en otros 4.500. Esa cifra fue invertida en la consecución de pasaportes y certificados para los paraguayos Toñánez, Acosta, Rivero, Jiménez, Candía y Zárate, de los que tan sólo pudieron enrolar a los dos primeros en el Sevilla C.F.
En su denuncia, Marcelino Martínez aseguraba no haber recibido nunca ni el importe de los préstamos, ni el interés prefijado. Este hecho no debió ser óbice para que prosiguiera la relación entre ambos, toda vez que once meses después, en julio de 1970, Rojas volvía a escribirle desde Buenos Aires, solicitándole se pusiera en contacto con él a través de un tercer hombre, en Paraguay, quien iba a encargarse de diligenciar papeles y pasaportes para otro grupito de jugadores: Adorno, Aguirre Suárez, Jacquet, Jurado, Soto, Ferreira, Bravo, y alguno más por quien ningún club iba a interesarse, llegaron a España con documentación obtenida de mala manera, por la puerta de atrás. Valencia, Granada, Betis, Burgos, Las Palmas, Cádiz y Oviedo, pagaron lo acordado, para que el beneficio neto alcanzase dos guarismos en millones de pesetas.
Gerardo García clamaba como profeta en el desierto para que ante tal panorama, los responsables de nuestro fútbol y del fútbol a escala internacional, hicieran “examen de conciencia, repasen sus pecados y preparen su propósito de enmienda… si creen que deben enmendar”. Pero esa enmienda la contemplaba desde una perspectiva engañosa, la misma que antaño se tradujera en fracasos de la selección nacional y aceradas críticas desde el periodismo ejerciente. Su bálsamo de Fierabrás consistía en incorporar más extranjeros a unos clubes incapaces de cerrar balances en positivo, salvo escasas excepciones. Porque el déficit de los mismos engordaba año tras año, como era público y notorio, hasta poner en riesgo la viabilidad real de muchos. Veamos su argumento:
“Está archidemostrado que nuestro fútbol, oficialmente sin extranjeros, se halla en inferioridad de condiciones ante otros equipos de Europa con extranjeros en sus filas. Los resultados lo demuestran: nos han eliminado de la Copa de Europa, de la Recopa y de la Copa de la U.E.F.A., antes Copa de Ferias, en cuyas competiciones, antes, Real Madrid, At. Madrid, Barcelona, Valencia y Zaragoza, triunfaban en toda línea. El propio seleccionador nacional ha dicho, una y mil veces, que la presencia de jugadores extranjeros en nuestro fútbol no daña a la selección nacional, sino todo lo contrario. Pero seguimos igual… o cada vez peor. En este terreno vamos hacia atrás, como los cangrejos. Y ahora, si se llega a confirmar cuanto ha denunciado el presidente del Club 12 de Octubre de Villa Aurelia (Asunción), yo me pregunto: ¿Qué va a pasar, señores?”
Un apunte sobre la supuesta afirmación de que los extranjeros no representaban ningún problema para la selección nacional. Ladislao Kubala, mientras ejerciera como seleccionador, se expresó numerosas veces en el sentido contrario, con frases como éstas: “Hay un déficit de futbolistas españoles en ciertos puestos”. “Los extranjeros impiden la llegada de chicos jóvenes a muchos clubes”. “Se están desatendiendo las canteras, y eso pasa factura al equipo nacional…”
Todo ese tráfico de futbolistas se llevaba a cabo a plena luz, sin disimulos ni añagazas. Durante el mes de agosto, en un Madrid veraniego que la excelsa pluma del hoy olvidado Ignacio Aldecoa considerase Baden-Baden, numerosos “paraguayos” entrenaban a diario en el estadio de Vallehermoso, entre las 8 y 9 de la mañana, hasta que apareciera la plantilla del At. Madrid. Unas veces lo hacían solos, otras ante Epifanio Rojas. Tenían prohibido ofrecer declaraciones y se negaban a ser fotografiados. Ocasionalmente, incluso, algún grupito permanecía en la zona, hasta comer en el restaurante de la piscina. Unos fueron sometidos a prueba por el Real Madrid, Español, Granada, Coruña, Málaga… Otros, como Jurado y Jacquet, encontraron acomodo en el Real Betis y Burgos; Bravo en el Real Oviedo, en Valencia Adorno… Ciertos fotógrafos de prensa los veían ejercitarse, comentando entre sí quién parecía más rápido, dotado de mejor técnica o con menor predisposición al esfuerzo. Pero todos respetaban la solicitud de no hacer fotos, conscientes de que una imagen publicada a destiempo pudiera truncar el porvenir de aquellos jóvenes. Mientras tanto, los jerarcas de nuestro deporte debían veranear no en balnearios germánicos, sino en Babia.
Aunque la delación de Federico Marcelino González estuvo presente en muchas tertulias de barra, no pareció alterar a quienes más motivos tenían para sentirse concernidos. El balón continuó rodando, en la Federación seguían presumiendo de organizar 4.000 partidos cada fin de semana, y a los políticos ni se les esperaba. Qué pronto se llevó el viento las declaraciones de Juan Gich al tomar posesión de su cargo, como Delegado Nacional de Educación Física y Deportes: “Los problemas deben abordarse desde su raíz. Del mismo modo que Ortega y Gasset, gran conocedor de Goethe, pedía en uno de sus clarividentes y lúcidos ensayos un Goethe desde dentro, me atrevo a pedir a José Luis Pérez-Payá y a cuantos integran su Comisión directiva, una renovación del fútbol desde dentro”. El mismo viento que arrastró las palabras de Pérez-Payá, tan ensayadas como impersonales: “Vengo con mucha ilusión y ganas de trabajar (…) Mi trayectoria deportiva hasta el presente me sirvió para ganar y hacer amigos en todos mis caminos. Deseo que en esta etapa que ahora empieza no se rompa la línea. La Federación está abierta a toda la gran familia deportiva del fútbol: jugadores, directivos, técnicos, aficionados, y especialmente a todos los clubes. Se atenderán todas las sugerencias loables en beneficio del fútbol nacional, lo cual tampoco está reñido con la justa aplicación de Estatutos y Reglamentos, que en ocasiones deriva en consecuencias poco gratas para los afectados. Sobre este aspecto debemos recordar la máxima de que la ley es dura, pero es la ley”.
Pues ni Goethe desde dentro, ni imperio de la ley. Poco podía extrañar que mientras cada cual operaba en función de sus propios y exclusivos intereses, se dieran hechos tan lúgubres como esta nota de la agencia “Mencheta” fechada en la capital pacense, el 2 de diciembre de 1971: “Dos jóvenes futbolistas, uno de Argentina y otro de Brasil, se han encontrado en Badajoz sin medios económicos ni ropas de abrigo para proseguir viaje a Lisboa, donde harán gestiones para fichar por un equipo de aquella capital. Los dos muchachos se encontraron aquí al campeón del mundo de billar, Pablo Suárez, a quien pidieron ayuda. También se la prestó Cáritas Diocesana, a quien recurrieron y se les entregó cierta cantidad de dinero y ropa. Los futbolistas partieron ya hacia Portugal, muy agradecidos”.
El clásico intermediario con trompa succionadora de parásito, que después de cosechar varias negativas perdía la paciencia, cerraba con cremallera los bolsillos y abandonaba a sus pupilos en cualquier gasolinera, mientras desahogaban la vejiga.
Eso también era el fútbol, aunque nadie tuviese interés en admitirlo.
Así, entre bochornos y respingos, fue corriendo el calendario hasta setiembre de 1972, cuando de nuevo un comité debía pronunciarse sobre la admisión de más “oriundos”. En la nota de prensa que emitiera el día 21 la R.F.E.F., daba cuenta de 12 altas y 6 pendientes de autorización hasta que completasen todos los requisitos. Pasaban el filtro: Alberto Sanromán Bouzos (R. Betis), Luis Felipe Navas (R. C. Celta), Adolfo Fernández Vázquez (R. Madrid), Bernardo Patricio Fernández Cos (Barcelona), Pedro Raúl Gómez Vila (R. Zaragoza), Manuel González Fernández (R. Oviedo), Ignacio Pedro Moreno Carballo (Granada), José Manuel Cotelo Garrido y Luis Alberto Lozano Díaz (ambos R . C. D. Mallorca), Andrés Quetglás (Elche), Luis Oscar Martínez Leguizamón (San Andrés) y José Colomer Tuset (Balompédica Linense). Los pendientes de completar su documentación eran: José Miguel Echecopar (Granada), Juan Carlos Heredia (Barcelona), José Antonio Gómez Arévalo (R. Oviedo), Jorge Domínguez Rodríguez (Gijón), Abel Jorge Pérez Almada (R. Murcia) y Manuel Ramón Caamaño (C. D. Tenerife).
De los 12 aceptados, según esa nota, 4 iban destinados a clubes de 2ª División, y uno a competir en 3ª. Entre los 6 pendientes de ratificación, a otra parejita le aguardaba nuestro fútbol de plata. Pero aunque para la Federación todos fuesen “oriundos” por el mero hecho de que su origen deportivo estuviese en Sudamérica, sorprendía tanta abundancia de españoles indiscutibles.
Manuel González Fernández había nacido en Puente Áreas (Pontevedra), aunque su transfer llegase desde Argentina. Tuvo malísima suerte, por cierto, ya que después de disputar 13 partidos de 1ª División con el Real Oviedo, a lo largo del siguiente campeonato ni se vistió de corto en la entidad asturiana o al ser cedido al Hércules. En el colmo de las desdichas, su fallecimiento tuvo lugar el año 1976, cuando contaba 28 años. Ignacio Pedro Moreno Carballo, procedente de Argentina, había nacido en Las Palmas de Gran Canaria el 29 de junio de 1951. Adolfo Fernández Vázquez, otro más llegado de Argentina, vino al mundo en Vilar de Caballos, aldea del municipio lucense de Taboada. Con el Real Madrid únicamente disputó 2 partidos de Liga en temporada y media, y otros 2 en el fútbol de plata durante la cesión que se le recetara al Córdoba. Luis Felipe Navas Echevarría, otro del lote argentino, había nacido en Basauri (Vizcaya). Pese a su procedencia uruguaya, José Manuel Cotelo era natural de Puente Cesures (La Coruña), y no disputó ni un minuto en el campeonato de 2ª División. Fue uno de los dos fiascos bermellones, puesto que el paraguayo Luis Alberto Lozano Díaz tampoco pudo lucir la camiseta mallorquina, como no fuese para la foto de su presentación. A José Antonio Gómez Arévalo, otro español más llegado desde Argentina, tampoco pudo vérsele competir con el primer equipo ovetense. A escasos kilómetros iba a correr la misma suerte Jorge Domínguez Rodríguez, nacido en San Juan de Sardiñeiro, minúscula parroquia coruñesa de Finisterre y emigrante a Argentina en su infancia. No tendría la ocasión de debutar con el Sporting de Gijón en su temporada y media de permanencia, puesto que durante el campeonato 1973-74 lo cedieron al U. P. de Langreo, para que no se anquilosara. Y aunque en la nota de prensa federativa no constara por ningún lado, hubo aún otro futbolista llegado desde el exterior, con destino al club gijonés: Fernando Jaime López Cueto, natural de México D. F. que tampoco tendría ocasión de lucir en las alineaciones del Molinón. Luego de cuatro temporadas en el Deportivo Gijón, fue expedido al Gijón Industrial, y transcurridas dos campañas al cántabro Santoña.
En suma, de los 17 provenientes del extranjero, 7 eran naturales de España.
Por cuanto a los cuatro necesitados de probar fehacientemente su ascendencia española, dos fueron rechazados: los argentinos Echecopar y Heredia. Y como entonces las cosas se hacían a la tremenda, extendiendo contrato a los procedentes de ultramar sin previa averiguación de que sus papeles fuesen reales, tanto el Granada C. F. como el Barcelona, se encontraron con que debían pagar religiosamente ficha y salarios mensuales a quienes no iban a alinear ni un minuto, en partidos oficiales. Aunque al menos a Echecopar, si se le consintió disputar aquellos partidillos del efímero Campeonato Andaluz de Reservas, organizado al margen de la R.F.E.F. A estos dos falsarios habría que unir otro, cuya documentación fuera dada por buena sin serlo en absoluto: Bernardo Patricio Cos Luján, que ni se apellidaba Fernández, como alguien se lo colgara antes del real, ni era paraguayo, ni muchísimo menos descendiente de españoles.
Alguien podrá pensar, quizás: ¿Cómo es que se extendían contratos sin una cláusula supeditando la validez del mismo, y a la aceptación del jugador en nuestra Liga? Pues muy simple. Primero, porque los chamarileros de turno exigían dinero contante y sonante, o como mínimo avales bancarios de total garantía. Y segundo, por aquel artículo añadido tras el arribo de Juan Gich a la D.N.D., ordenando la disolución contractual entre club y futbolista si se acreditara dolo del contratado. Esta cuestión, pese a que los redactores del articulado no lo contemplaran, implicaba, en el fondo, pasar por la justicia ordinaria, deshojar la margarita y arriesgarse a que los pillados en falta -entiéndase futbolista e intermediario- no pudiesen demostrar que la entidad estuvo siempre al corriente del fraude. Punto éste, que al menos en dos docenas de casos -y probablemente fueran más- resultaba diáfano.
La disminución de fichajes procedentes de fuera, y sobre todo del número de “oriundos”, era lógica tras cuanto el lenguaraz Federico Marcelino González contase con pelos y señales. Mejor apostar por españoles de verdad, forjados en Argentina o México, que someterse al albur de estoconazos bajeros. Fue, sin duda, el sentir en casi todas las Juntas Directivas, con dos excepciones: el Granada de Cándido Gómez, habitual tirando por la tangente, y el Barcelona, no menos proclive a internarse por atajos, aunque desde lo de Irala llevase dos años de ayuno y abstinencia.
Aunque en setiembre de 1972 nadie pudiera preverlo, la contratación ilegal de Heredia y Cos por el Barcelona, unida a las pesquisas llevadas a cobo en un juzgado de Valencia sobre los documentos de Adorno, representaron un antes y un después para el inmediato devenir de nuestro fútbol. Ambos hechos -el desenmascaramiento de Heredia y Adorno, en realidad, puesto que las dudas sobre Cos se resolverían más adelante- tuvieron toda la repercusión negada a la disputa entre Epifanio Rojas y Marcelino González.
El madrileño diario “Ya” había recogido en su edición del 19 de julio, la siguiente nota de agencia: Buenos Aires 18 (Alfil.)- “La subsecretaría de Justicia del Ministerio de Gobierno argentino confirmó hoy, mediante un comunicado, que los documentos para que los futbolistas Miguel Ángel Adorno y Eligio Ferreira jugaran en España habían sido falsificados, pero que en la maniobra no intervino agente alguno de las oficinas públicas. El comunicado afirma que “tras la exhaustiva investigación llevada a cabo por la Dirección General del Registro Civil, se ha comprobado que en la falsificación de documentos públicos realizada para que jugadores argentinos de fútbol pudieran actuar en España, ni las firmas ni los sellos empleados pertenecen a las oficinas públicas”. Se trata -concluye- de una burda maniobra fraudulenta, a la que es ajeno el personal del Registro Civil. Finalmente señala que se ha elevado la denuncia a la Justicia Federal, para que tome intervención en las averiguaciones”.
La prensa valenciana, de inmediato, hacía cábalas sobre si al centrocampista “ché” se le permitiría salir de su país, puesto que tanto él como Jesús Martínez seguían de vacaciones en Argentina. Importaba menos el caso de Eligio Ferreira, fichado por el Cádiz desde el Colón de Santa Fe, puesto que a éste, la Federación Española ya le había dejado sin ficha en febrero, temiéndose lo peor.
El club valenciano tardó muy poco en eludir toda responsabilidad ante lo que la entidad argentina -Racing bonaerense-, los intermediarios o el propio jugador, pudieran haber hecho; “En el supuesto de confirmarse esta noticia, no cabe implicar al Valencia C. F., por limitarse a presentar la documentación de un jugador que interesaba fichar. Fue la R.F.E.F. quien expidió su ficha, limitándose el Valencia a alinearlo”. Los medios de difusión recogían, también, que a Miguel Ángel Adorno se le había prohibido realizar ninguna declaración. Muy comprensible.
Al periodismo no le llevó ni 24 horas tomar posición sobre un asunto tan espinoso como el de los falsos oriundos. Rafael Marichalar había hecho gala de una supina candidez desde las páginas de “Informaciones”, el 17 de julio, al redactar: “Es muy probable que cualquier ciudadano sin ser futbolista, argentino o de cualquier otra nacionalidad, acusado de falsificar su partida de nacimiento, sería investigado de inmediato, pues nadie puede dudar se trata de un delito de cierta gravedad”. Y ofrecía como solución, los acuerdos sobre doble nacionalidad que España firmara con parte de las naciones sudamericanas. “Es mucho más lógico, y sobre todo lícito, permitir que se enrolen en el fútbol español profesionales haciendo uso de los tratados, que seguir asistiendo a casos en los que la falsificación permite a “inventados oriundos” pasar por hijos de españoles, o nieguen haber sido internacionales. Y vuelvo a repetir que no puede culparse ni a la Federación Española ni a los clubes, de esas falsificaciones. Una y otros, Federación y clubes, tramitan documentaciones que les llegan como legítimas. Y lo que no pueden hacer es iniciar investigaciones sobre si una partida de nacimiento fue o no legalmente extendida”.
Los había ilusos. De entrada, no todos los clubes eran ajenos a un fraude epidemiológico. Consta, por ejemplo, que cuando doce meses antes Aguirre Suárez fuese trasladado hasta Granada, en coche, para su presentación ante la prensa, los directivos que lo acompañaban se encargaron de aleccionarle: “Seguro que te preguntarán de dónde eran tus ancestros. Pues bien, tú tranquilamente les dices que de Pamplona. A ver, ¿de dónde eran tus abuelos?”.
Y el defensa central respondía desganadamente: “De Pamplona”.
Así una y otra vez, cada cierto tiempo: “¿De dónde son tus ancestros?”.
“¡Pues de Pamplona!”.
“Eso es, de Pamplona, que no se te olvide; tus abuelos eran de Pamplona”.
Ya frente los periodistas granadinos, la pregunta no tardó en llegar: “Según ha trascendido, parece que sus raíces eran navarras. ¿Estamos en lo cierto?”. Y él, sin dejar que la pelota botase, remató, muy ufano: “Ese dato no es correcto, pibe. Mis abuelos no eran navarros, sino de Pamplona”. La carcajada fue general, ante su completa estupefacción. Luego, claro, le explicaron que la ciudad de los encierros, representada futbolísticamente por el Club Atlético Osasuna, era la capital navarra. Y que si sus abuelos eran de Pamplona, también eran navarros.
No es leyenda urbana, que conste. Un periodista de la ciudad nazarí lo narró años después, con todo lujo de detalles.
Por otra parte, Marichalar pasaba por alto que obtener la doble nacionalidad con todos los países acordados, exigía un par de años de permanencia real, y demostrable, en nuestro suelo. ¿Cómo pensaba, entonces, que cualquier figura peruana, argentina, chilena o paraguaya, pudiera hacer uso de la doble nacionalidad? ¿Permaneciendo un par de añitos en Málaga, Valladolid, Barcelona, Tenerife, Madrid o La Coruña, simulando trabajar en alguna oficina, repartiendo bombonas de butano, doblando el lomo en una granja o fingiéndose estudiante, sin disputar durante tanto tiempo ni un solo partido?
Por cuanto respecta a su arcangélica postura ante la Federación, ya se expuso antes que la D.N.D podía muy bien haber implicado a los ministerios de Gobernación y Exteriores, a través de embajadas y consulados, en una previa verificación documental.
El propio Marichalar volvía a ejercer de abogado defensor federativo el 20 del mismo mes, mediante una nueva pasada del trillo por la era:
“He hablado ayer con el presidente de la F.E.F., señor Pérez-Payá, quien me hizo saber que la Federación ha obrado con absoluto rigor en la admisión documental de los jugadores citados, y otros cuando solicitaron licencias federativas. Y la Federación en estos momentos está a la expectativa de noticias procedentes de Buenos Aires, relativas a Adorno y Ferreira. Posición lógica de la Federación, que no puede de ninguna manera entrar en averiguaciones sobre las partidas de nacimiento y demás documentos, cuando éstos son presentados en el trámite normal de una licencia. Por eso, precisamente, ya dije en su momento que me pareció injusto e improcedente achacar responsabilidades sobre el lío de los paraguayos, al secretario general de la Federación Española, señor Andrés Ramírez. Éste entonces, como ahora, y siguiendo la misma línea de los clubes y la propia Federación, no ha hecho mas que admitir como válidas unas documentaciones que luego no han resultado tales. Jamás pudo ser responsable. Y si ahora no lo es, tampoco pudo serlo entonces. Sin embargo recayó sobre sus espaldas una fuerte sanción de la D.N.D. Ni Federación ni clubes son culpables. Aquí no hay más responsables que las personas intervinientes en el traspaso de jugadores. O sea, los intermediarios en su papel de puente entre clubes. Éstos y los propios futbolistas implicados, puesto que nadie como ellos para saber si sus padres son, o fueron españoles. La cosa está clara. Pero entre tanto, ¿qué va a pasar? ¿Qué hacemos con estos “hijos de españoles”? ¿Se van a pasear tranquilamente por los campos españoles?”.
Tan encendida defensa de las jerarquías deportivas requiere su análisis. Para empezar, la sanción impuesta a Andrés Ramírez fue justificada en su negligencia, otorgando validez a documentaciones carentes del menor peso. La nota que entonces remitiera Samaranch a los medios lo dejaba bien claro; “Debió sospechar incorrección en las mismas, a tenor de su redacción e insuficiencia de datos”. Luego, desde la Federación siguió consintiéndose la sistemática actuación de intermediarios en cada fichaje de “oriundos”, cuando ésta se había prohibido taxativamente. Los clubes continuaban a la suya, erre que erre, ante la absoluta inacción federativa. José Luis Saso había demostrado años atrás, efectuando un viaje relámpago a Buenos Aires y Montevideo, que podían cerrarse traspasos con los clubes de allá, sin la intervención de “conseguidores”. Más aún, que dejando fuera a los intermediarios, el costo de cada futbolista venía a tener una reducción próxima al 50%. Pero claro, Saso llevó al Real Valladolid lo que había, y como había. Si los intermediarios se tornaron imprescindibles para nuestros clubes, fue porque garantizaban la obtención de papeles falsos.
Precisamente ante un panorama como el descrito, el presidente del Athletic Club de Bilbao, recién recuperada su denominación histórica, pronunció unas palabras muy medidas en plena asamblea federativa, mientras se debatía cómo poner coto a tamaño fraude: “Para que haya corruptos, tiene que haber corruptores. Y no, no miren ustedes hacia fuera, porque todos están aquí dentro”. No obtuvo respuesta, y sí, en cambio, un silencio muy tenso. A veces los silencios son más explícitos que cualquier discurso.
El 21 de julio, desde “Nuevo Diario”, el abogado Fernando Vizcaíno Casas, cuyos clientes mayoritariamente pertenecían al mundillo artístico, publicó un artículo de opinión donde dibujaba equidistancias entre futbolistas y actores de cine o teatro. Hábilmente, señalaba que los numerosos actores argentinos, uruguayos, venezolanos o chilenos, residentes en España y acogidos a la doble nacionalidad, contraviniendo los derechos que ésta les otorgaban, no podían intervenir en ninguna coproducción cinematográfica; que para esta modalidad, tan en boga durante el decenio de los 70, sólo se admitían actores españoles. “Pero cuando de futbolistas se trata -continuaba-, hete aquí que la jurisdicción común, la civil, no cuenta. Por insólito que resulte, ha sido derogada, de hecho, por una Federación Española de Fútbol que suele imprimir a sus actuaciones un constante signo de antijuridicidad”.
En este punto evocaba la sentencia del Tribunal Central de Trabajo que otorgara a los futbolistas su condición de trabajadores por cuenta ajena, negada sistemáticamente desde todos los ámbitos -deportivo, jurídico y orgánico- desde tiempos republicanos. Trampolín desde el que saltaba hacia el agravio comparativo sufrido por los jugadores, en los siguientes términos:
“En virtud de las disposiciones vigentes del Código Civil y de los textos laborales, un ciudadano yugoslavo, sueco o australiano, puede trabajar en España como camarero, soldador o albañil, siempre y cuando se someta a unos requisitos administrativos sin mayor importancia. ¿Por qué no le es permitido, en cambio, trabajar como futbolista? Pues porque la Federación de Fútbol legisla, al parecer, con mayor jerarquía que las normas y principios básicos del Derecho. Desde un punto de vista jurídico, la cuestión resulta incomprensible. Máxime, cuando hace quince años el problema se planteó con signo contrario. Entonces, una cuestión legal tan compleja y laboriosa como la nacionalización de extranjeros, se resolvió en determinados casos con unos procedimientos sumarios de inaudita celeridad”.
“Para obtener la ciudadanía española -continuaba-, se requiere como premisa básica, o una permanencia dilatada en el país, o la prestación de servicios excepcionales al mismo. A falta de aquella, en casos que no considero preciso detallar, se entendió, supongo, que los goles merecían consideración de “servicios excepcionales”. Y conste que no me parece mal. Lo que sí se me antoja fatal, jurídicamente hablando, es que ahora los artistas hispanoamericanos y los futbolistas de donde sean, no puedan venir a España a exhibir todas sus gracias”.
En suma, no aportaba solución al problema, pero sí permitía entrever una sugerencia: Fronteras abiertas. Que los clubes pudieran contratar libremente a jugadores de Brasil, Alemania, Argentina, Marruecos o Dinamarca, como fórmula magistral contra el ponzoñoso virus de los intermediarios. Opción que iba a ganar enteros durante las siguientes semanas.
El 22 de diciembre de 1972, “As” ponía titulares al enojo del presidente valenciano, a medida que el cerco legal sobre Miguel Ángel Adorno se acentuaba: “¡Hay que buscar soluciones! Si el Barcelona y el Madrid me hubiesen ayudado, no se habría llegado a esto”. Traer extranjeros habría sido lo más claro, lo más limpio y lo más positivo para el fútbol español”.
Curiosa andanada, recordando que tanto el Real Madrid como el Barcelona votaron contra la reapertura fronteriza. Ese “hubiera sido lo más claro, lo más limpio y positivo”, ponía en evidencia que estaban haciéndose las cosas sin claridad ni limpieza. Un reconocimiento de culpa en toda regla. Y como siempre, pillado en falta, era preciso encontrar salidas… al margen de la legalidad vigente. Porque se supone que en el mundo occidental, tanto entonces como ahora, las leyes existen para que toda su fuerza coercitiva caiga sobre los incumplidores, sin distinción de rango, actividad o condición económica.
Lo de Adorno, en suma, iba adquiriendo ribetes de vodevil. Una semana antes se esparció el rumor de que partiría hacia Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas, para resolver sus problemas con la ley. Los medios informativos, tomándose en serio su trabajo, comprobaron que nadie con su nombre aparecía en las listas de pasajeros rumbo al aeropuerto Eceiza, desde Barajas. Más aún, al día siguiente lo encontraron en una pensión valenciana, convertida en escondite. “Lo que tengo que decir se lo contaré al juez -dijo entonces-. Tengo mi documentación en regla”. Pero Adorno al juez no le dijo nada, por la sencilla razón de darle esquinazo, no presentándose a declarar. Quien sí se explayó ante los informadores fue su presidente, Julio de Miguel: “Miren, lo único que pienso es que hay que buscar soluciones. Nosotros presentamos un expediente documental en la Federación, con todos los certificados; un expediente idéntico al de otros muchos clubes, y fue aprobado, como acredita el hecho de que Adorno lleva ya mucho tiempo aquí, oficial y reglamentariamente”.
Qué letra tan bonita, aunque la música chirriase. Porque al preguntarle si seguía siendo partidario de la contratación de extranjeros, su respuesta fue inmediata: “Naturalmente. Lo propuse en la R.F.E.F., pero no me hicieron caso. Si se me hubiera apoyado, a estas horas tendríamos futbolistas extranjeros y no se darían situaciones como la actual”. Puesto en el trance de definir quiénes hicieran oídos sordos, apuntaba a lo más alto: “No ayudó prácticamente, nadie. Si el Barcelona o el Real Madrid me hubiesen apoyado entonces, no se habría llegado a estos extremos”.
El artículo del deportivo “As” se cerraba así: “Los extremos, claro, están ahí, en los “casos” recientes de Heredia y Echecopar, en el que aún colea de Adorno, en la eliminación de todos los equipos españoles en competiciones continentales, con la excepción del Real Madrid, que sigue en la Copa de Europa”.
El discurso entre líneas no podía ser más chafardero: Como se nos impide contratar extranjeros, tenemos que disfrazarlos de oriundos. La culpa no es nuestra, sino de quienes nos ponen la zancadilla. Y no lo enarbolaban sólo en Valencia o Granada, damnificados al destaparse irregularidades en Adorno y Echecopar, sino sobre todo en Barcelona, por más que aun habiéndose frenado en seco la legalización de Heredia, su otro “fraude paraguayo”, Bernardo Patricio Cos, colara.
Puesto que este asunto, el de la directiva “culé” en pie de guerra, iba a dar mucho de sí, repasemos los hechos.
Corría setiembre de 1972 cuando el Barcelona quiso inscribir a “Milonguita” Heredia y “Cuchi” Cos. Habían transcurrido un par de años desde su anterior fiasco protagonizado por Severiano Irala, y como los triunfos no llegaban, una nueva directiva, la de Agustín Montal Costa, optó por salirse del sendero empedrado.
El antiguo defensa argentino del At. Madrid y R. C. D. Español, Jorge Bernardo Griffa, fue quien recomendó al Barcelona ambos fichajes, encargándose del trabajo sucio y chapucerete Juan Mascaró, intermediario de muy segundo rango. Cos coló sin problemas por el anchísimo cedazo federativo, mientras el expediente de Heredia era rechazado tras la denuncia de manipulación documental girada desde un consulado paraguayo. Pero, qué cosas, el agraciado con ficha y honores de debut por todo lo alto, ni siquiera era quien fingía ser.
Hijo de emigrantes sevillanos a tenor de los papeles que aportase, en realidad ni siquiera se llamaba Bernardo Patricio Fernández Cos. Su declaración exacta fue: natural de Santísima Trinidad, Asunción, Paraguay; hijo de Felipe Fernández y Juana Cos, ambos españoles. Los registros de Argentina ofrecían esta otra filiación: nacido en Córdoba, República Argentina, hijo de Bernardino Cos y Juana Luján, ambos argentinos. Nieto de Abraham Patricio Cos y Marcelina Castro, argentinos igualmente, y de Jerónima Luján, soltera y también argentina. Para que el cuentecillo colase, le pusieron por delante un Fernández cuando sus apellidos reales eran Cos Luján. Las únicas verdades de su historia era que en Argentina lo apodaban “Diablo Negro” y lucía como atacante habilidoso, profundo y prometedor. Su traspaso, según la prensa sudamericana, se cifró en 55.000 dólares (3.850.000 ptas. de la época), y habría de convertirse, aunque de tapadillo, en el tercer extranjero del Barça tan pronto se reabriera el cerrojo a las importaciones, junto al peruano Sotil y Johan Cruyff, estando autorizados únicamente dos por club.
La suerte le dio la espalda, en forma de lesión seria durante su etapa en el Burgos. De vuelta al Belgrano, donde sólo habría de permanecer unos meses, pasó en 1979 al Maipú de Mendoza, antes de retirarse en el Belgrano durante 1980. Como su primera experiencia en el banquillo no le dejara buen sabor de boca, invirtió los réditos del balón en un despacho de lotería y apuestas que estuvo regentando a lo largo de 34 años, hasta ceder el relevo a sus dos hijos.
Juan Carlos Heredia Araya, el rechazado, también era argentino, aunque su documentación lo considerase paraguayo (Córdoba 1-V-1952), y además se le conocía en su auténtico país como “Milonguita”, por ser hijo de Juan Carlos “Milonga” Heredia, internacional alineado junto al gran Pedernera en los años 40. Procedente del Belgrano y Rosario Central, tuvo que jugar en el Oporto -aunque poquísimo- y Elche, al ser rechazado por la Federación Española y mientras se cumplían los dos años de residencia exigidos para gozar de doble nacionalidad. Según la prensa rosarina, habría costado al club catalán 50 millones de pesos viejos -50.000 dólares-, traducido a pesetas, tres millones y medio. Y en sus 6 temporadas como azulgrana hubo de todo. Tardes brillantes y eclipses de regularidad; lesiones y tres presencias internacionales con nuestra selección, algún triunfo, como la Recopa europea, y mucho, muchísimo despilfarro a manos llenas, del dinero con que más adelante hubiera podido ahorrase un mar de lágrimas.
Salió del Barcelona por la puerta de atrás, acusado de indisciplina y con una rodilla muy maltrecha. De vuelta a su Argentina natal trató de reengancharse al fútbol con las camisetas del River Plate, Argentinos Juniors y Talleres de Córdoba, pero su rodilla no daba más de sí, aunque saltase al campo infiltrado. Cuando los médicos dijeran que el cartílago no iba a aguantar nuevas inyecciones, buscó el milagro en los quirófanos. Y una gangrena sobrevenida, que por fortuna la ciencia pudo solventar, tronchó definitivamente cualquier sueño, ya imposible desde su salida de Cataluña.
Con las manos vacías, sin apenas un peso y rodeado de gente dándole la espalda, tuvo que hacer frente a una situación por demás inesperada. Los alardes no tan lejanos de nuevo rico, los tres caballos que poseyera en Barcelona, los varios coches, la jauría de perros, el mono cara blanca y hasta un cachorro de león, como tantas invitaciones a barbacoas y asados opíparos sin necesidad de ningún pretexto, de pronto se le antojaban producto de otra existencia. La Asociación de Veteranos del Barcelona le prestó ayuda, hasta saberle enderezando a medias su nueva vida, al volante de un taxi. Paradojas del destino, ese coche con el que llegaba a fin de mes entre privaciones espartanas, se lo había regalado años atrás a un amigo. Cuando finalizaba el primer decenio del siglo XXI dirigía una modesta escuela de fútbol. Luego el retiro, con una pensión de pura subsistencia, hasta que Miley las recortase todavía un poco más, en otro desesperado intento, el enésimo, de evitar la quiebra en un país tan rico por cuanto a recursos naturales.
Al igual que le ocurriera a su padre, el fútbol tan sólo le dejó alguna lejana nube de nostalgia, ante lo que pudiera pasar por genética incapacidad de administrase.
El caso es que a raíz de denegársele al Barcelona una ficha para su argentino Heredia, Agustín Montal Costa volvió a enhebrar el discurso victimista en una rueda de prensa cargada de amenazas (24-XI-1972): “Si la documentación presentada por el F. C. Barcelona para Heredia no es conforme, resultará imprescindible una revisión de igual profundidad y alcance para las presentadas en otros 46 casos (…) Esperamos la autorización para que el jugador Heredia se incorpore oficialmente a nuestras filas. De no ser así procederemos en consecuencia, ya que contamos con el asesoramiento de un grupo de juristas al objeto de conseguir que los derechos e intereses de nuestro club sean respetados”.
Con mayor retórica, un argumento similar al empleado cundo Irala, a causa de su propia indiscreción, se cerrara con candado las puertas del fútbol español.
En vez de denunciar incorporaciones fraudulentas, como llevaban haciendo el Athletic Club y la Real Sociedad, la entidad azulgrana confesaba implícitamente haberse sumado a la ilegalidad. Más aún, su gerente, Armando Carabén, dio a entender, sin irse mucho por las ramas, que el F.C. Barcelona no era quien más falsos oriundos sumaba, puesto que éstos debían rondar la cuarentena. Si todos saltaban la tapia del huerto para robar peras, ¿por qué no hacer lo mismo? Agustín Montal Costa tenía motivos para celebrar que al menos su otro falsario hubiese regateado a la Administración. Sin embargo prefirió disfrazar un flagrante delito bajo ropajes de falsa dignidad, y con plena consciencia de que la Federación Española en modo alguno podía dar marcha atrás, so pena de incurrir en delito de prevaricación. Para colmo, la actitud de Montal fue aplaudida por el sector más radicalizado del barcelonismo, puesto que en los graderíos del Camp Nou pudo verse alguna pancarta animándole: “Montal, no afluixis”, o sea, “Montal, no aflojes”.
Numerosos artículos con mirada retrospectiva hacia esa época, redactados para consumo de seguidores “blaugrana”, así como la historiografía del F. C. Barcelona, saldan el fraude de “Milonguita” Heredia en términos de esta índole: “Alguien utilizó al cónsul que no debía, y la cosa no salió bien”. O: “El intermediario, ahorrando innecesariamente, debió mostrarse cicatero al pasar por el consulado. Lo pagó el Barcelona”. Ni mucho menos fue así.
Un documento fechado en Buenos Aires el 11 de agosto de 1971, dirigido desde la oficina consular de la Embajada Española al Ministerio de Asuntos Exteriores, repasaba la situación legal de los jugadores Pedro Raúl Gómez, Adolfo Fernández Vázquez y Juan Carlos Heredia. En relación a este último, recogía:
“Nuestro conocido Juan Carlos Heredia se presentó en este consulado después de haber estado en Rosario y Córdoba, acompañado de su padre, un Asesor Legal, y de D. Manuel A. Espinosa. La documentación era de dudosa lectura. Antes de seguir adelante y de improviso, Benavides pidió al padre la Libreta de Enrolamiento (documento militar argentino) que éste, ingenuamente, le entregó. La libreta, como es lógico, refleja su condición de argentino, por lo que su hijo, Juan Carlos Heredia, futbolista, que es mayor de edad, no tenía ya nada que hacer. Afortunadamente cundió el pánico entre ellos y se marcharon”.
Otro escrito reflejando las andanzas consulares de Miguel Ángel Adorno, Eduardo Anzarda, Carlos Eligio Ferreyra, Pedro Raúl Gómez y el propio Heredia, contenía cuanto sigue acerca de este último:
“Aunque no ha obtenido su inscripción en ningún registro civil consular, el jugador de fútbol Juan Carlos Heredia lo intentó en varias oportunidades. El telegrama de V.E. N.º 25, de 12 de junio, recomendaba atención al caso, pues según la prensa española el jugador ya estaba transferido al Barcelona C. F.
El mismo día contesté por telegrama N.º 23, indicando que HEREDIA se había presentado en Rosario con documentación muy poco clara y que, además por no ser competente Rosario, debía presentar su caso en Córdoba. También informaba en mi telegrama que el futbolista se había presentado en el Consulado General de Córdoba, donde en vista de la escasa claridad de la documentación, se le había negado la inscripción.
Por telegrama N.º 26 de 15 de junio V.E. tuvo a bien aprobar mi gestión, y me ordenó que no se procediera a su inscripción sin consentimiento de ese Departamento.
El señor Heredia, con sus asesores y su padre se presentaron en este Consulado General el día 30 de junio. Así fue descubierto que el padre de este jugador es argentino naturalizado, y que por no haber optado su hijo en tiempo hábil por la nacionalidad española, no le asiste ya este derecho. Parece pues que el “caso HEREDIA” queda por ahora terminado. Aunque no me extrañaría que la tenacidad y artes poco claras de los intermediarios, intenten de nuevo alguna gestión ulterior”.
Para mayor abundamiento, un “Cuadro Resumen de los casos de los futbolistas Argentino-Españoles”, remitido igualmente desde la Embajada Española en la capital argentina, con anotaciones a mano en tinta roja, llevadas a cabo por personal de la Dirección General Consular madrileña, volvía sobre lo ya sabido, en relación a Heredia:
“Juan Carlos HEREDIA, en tratos para fichar por el Barcelona, presentado en Cdo. en Rosario, competente Cdo. en Córdoba, que fue al final a B. Aires. Su padre exhibió la libreta militar argentina en C. G. Buenos Aires. No insistieron después de ese “gafe”. Carta de C. G. Buenos Aires a D. G. 11 de agosto”.
Maticemos, con el propósito de evitar suspicacias o sospechas acerca de cualquier posible persecución hacia quien iba a fichar, o lo había hecho ya por la entidad barcelonesa. En este último cuadro figuraban también referencias de los siguientes futbolistas: Adolfo Fernández Vázquez, Pedro Raúl Gómez, Carlos de la Iglesia Álvarez, José Luis Enrique Polo Ferreras, Rodolfo Alejandro Suárez González, Luis Adolfo Álvarez Sarmiento, Andrés Gabriel Quetglás, José Carballo, Miguel Ángel Adorno, Carlos Eligio Ferreyra Aguirre, Rodolfo Vilanova Rumano, Rodolfo Alfredo Orife Pérez, Sebastián Humberto Viberti Irazoqui (citado como Irazaqui), Eduardo Anzarda Álvarez y Raúl Navarro Rodríguez. El Ministerio de Asuntos Exteriores, así como los Consulados españoles de América Latina, estaban esforzándose muchísimo más de lo que hasta entonces hiciera la R.F.E.F., por contener aquella hemorragia. Tan sólo hizo falta que la Delegación Nacional de Deportes cursara un oficio a la Dirección General Consular, paso que debería haber dado tiempo atrás.
La suposición del funcionario con respecto la terquedad de Heredia y sus representantes, dio en la diana. Como vieran que sus intentonas en Argentina fracasaban, probaron suerte en Paraguay. Allí se agenciaron una partida de nacimiento falsa, otra inscripción registral de español, más falsa aún, padres de copia y pega, pólizas y sellos de curso legal, firmas y fotocopias compulsadas. Pero cuando les fuera expedido indebidamente el pasaporte español, saltó la liebre. Desde la Dirección General Consular, en Madrid, se había alertado a las embajadas de Paraguay y Uruguay, por si acaso. Y como Juan Carlos Heredia no podía cambiar de nombre y apellido en el pasaporte, puesto que el Barcelona lo había apalabrado, o incluso fichado con esa identidad, las alarmas chirriaron de lo lindo.
Negar los hechos era imposible. Heredia y los secuaces que lo condujeran por andurriales tan arriesgados, se dieron de bruces contra un muro, en vez de pasar por la hasta hacía bien poco liviana cortinilla federativa. De ahí que cayeran en el vacío los aspavientos de la directiva barcelonesa, y muy en particular de su presidente, puesto que la entidad azulgrana sabía de sobra lo que compraba. Las historias y cuentecillos posteriores, fuere por desconocimiento, por sorber cuanto se les servía desde los despachos “culés”, sin preguntar qué era, o por no dar el brazo a torcer, como hiciese Agustín Montal junior, desviaron culpas con la vieja metodología de esparcir cantos juglarescos.
Curiosamente, en la página 20 de la Revista Barcelonista, número 401 (5-XII-1972), los aficionados culés entontaron el siguiente texto bajo el título de “Una extraña confesión”:
“Una personalidad deportiva radicada en Madrid nos explicó recientemente lo que sigue, y que por lo inusitado les rogamos que no se lo crean a pies juntillas. Ahora, la personalidad lo es y de verdad.
Aquí va la historia. Quienes en nombre del Barcelona negocian el fichaje de Heredia no consiguen que el cónsul español en Buenos Aires reconozca a Carlos Muñoz como dependiente de su consulado. El señor cónsul dice: “Aquí este señor no figura como español”. Alguien lanza la idea de que en el consulado paraguayo firmarán que el chico es español. Que ello ya ha ocurrido con Echecopar. Se intenta la maniobra, se entera el cónsul español en Buenos Aires y se produce una denuncia que tiene la culpa de que ni Echecopar ni Heredia puedan ser considerados como españoles.
El alto cargo que nos explica este caso nos señala: “En los buenos tiempos de Samitier esto no os habría ocurrido. ¡Vaya mano tenía! El cónsul argentino se habría vuelto loco de alegría por alternar con Pepe, y éste era capaz de convencer a cualquiera”.
Pues más o menos las cosas ocurrieron así. Quitemos los adornos, partamos de la cartilla militar de Juan Carlos “Milonga” Heredia, de los infructuosos intentos de engaño perpetrados en consulados periféricos argentinos, y tendremos, sucintamente, la realidad de un fraude que, a tenor de sus circunstancias, en modo alguno podía colar. La pregunta, por tanto, se antoja obvia.
Si desde diciembre de 1972 los redactores del órgano oficial barcelonista conocían las razones del descarrilamiento en el fichaje de Heredia, si haciendo gala de una loable honestidad participaran a la afición azulgrana cómo y por qué a “Milonguita” se le bajaban las barreras, ¿a qué venían las exigencias y aspavientos de Agustín Montal Junior? Y sobre todo, ¿cómo es que cincuenta años después, parte de los historiadores de la casa continúen sosteniendo el mito de la doble vara de medir, del doble rasero, y el empecinamiento de “la superioridad” en poner trabas al club de la ciudad condal? Cuando alguien juega con cartas marcadas, se expone a ser descubierto. Y no le faltarían razones para dar gracias al cielo si sólo perdió en el intento cuanto quedaba sobre la mesa. Porque los tahúres descubiertos in fraganti, suelen salir bastante peor parados.
Quien tanto alborotase año y medio antes, o contribuyera a impedir la contratación de futbolistas extranjeros hasta pasado el Mundial de Alemania (1974), los traía, a pares, bajo el disfraz de oriundos. Porque su otra adquisición, también entró de contrabando.
El propio Cos Luján confesó con pelos y señales la trapisonda “culé”, andado el tiempo, y sus palabras fueron fielmente recogidas en la prensa de su auténtico país: “Mucho de legislaciones migratorias no conocía, así que Barcelona me gestionó un pasaporte especial. Estuve 15 días en Paraguay, con “Milonguita”, y el asunto era muy blanqueado en esa época; no fui el único. Pasé a llamarme Bernardo Fernández Cos, nacido en Santísima Trinidad, un pueblo paraguayo que ni siquiera sabía existiese. Pero mi pasaporte acreditaba eso, así que ¡Palabra santa! (…) El Barcelona lo sabía, fue idea de ellos, así que tuve doble nacionalidad; la Liga no se entrometía. Cada tanto me citaban a tribunales en España por ese tema y me acompañaba algún dirigente a declarar. Pero como era Barcelona yo creo que nunca investigaron a fondo”.
Llegó más lejos en esa misma entrevista, al narrar que hasta pudo haber sido internacional con la elástica roja: “El húngaro Ladislao Kubala era director técnico de la Selección española, y luego de una gira por Bélgica y Alemania, dentro de su seguimiento, bajó al vestuario y habló conmigo. Me querían convocar a un partido amistoso, pero la verdad, le blanqueé todo. Tenía pasaporte trucho, hubiera saltado todo a la luz. Yo no era español, me hubiera traído problemas legales con Migraciones, así que se me escapó esa oportunidad”.
Jorge Bernardo Griffa, el zaguero argentino que recomendase al Barcelona la parejita de promesas, sabía muy bien que Cos y Heredia nada tenían de paraguayos, y que a ambos la españolidad no les llovía por ningún lado. También estaba al corriente de que la Liga española seguía cerrada para jugadores extranjeros, puesto que él mismo estuvo competido en ella desde 1959 hasta 1971 (Con el At. Madrid, primero, y R. C. D. Español después). Todos, por tanto, él mismo, la entidad azulgrana y el chapucero de turno haciendo las veces de representante, incurrieron en dolo sin inmutarse. Peor todavía, dando por bueno el relato del propio “Cuchi” Cos, la entidad azulgrana jamás fue engañada, sino que engañó delictivamente.
Nunca sabremos si Ladislao Kubala, en ese momento empleado de la R.F.E.F., transmitió a sus superiores la confesión de Cos, como hubiera sido su obligación, o prefirió olvidarse de ella. Es muy probable que optara por esto último, para no destrozar la vida a un futbolista y en atención a la entidad cuyos colores defendiera durante dos lustros. Mejor si se hubiera decidido por la lealtad al escudo “culé”. Lo contrario nos situaría ante un escenario nauseabundo: El de un órgano deportivo al tanto de lo que se tejía entre bastidores, mientras evitaba combatir su propia pestilencia.
Considerando que Bernardo Patricio Cos disputó durante sus cuatro temporadas en la ciudad condal 45 partidos, de los que tan sólo 17 correspondieron al campeonato de Liga, en la que anotó 2 goles, parece lícito preguntarse si merecieron la pena los riesgos asumidos al hacerse con sus servicios. En todo caso, lo que Bernardo Patricio Cos Luján no contó nunca, es que el panorama personal se le complicó mucho durante su estancia en Burgos. Tras las denuncias por falsificación documental activadas desde Bilbao y San Sebastián, mediante el apoyo de cuantas pruebas lograra reunir Jesús Gallo, el detective que enviasen a Sudamérica, volvió a ser citado por la judicatura. Y naturalmente, no era lo mismo contar con el apoyo del gabinete jurídico azulgrana, que con los consejos del abogado externo contratado por el club castellano, cuya misión fundamental consistía en redactar cláusulas contractuales. Él, que tanto temía a “Migraciones”, debió vivir con el alma en vilo.
Cos y Heredia tuvieron muchísima suerte, puesto que servirse de falsificaciones y sobornos en instancias oficiales paraguayas con el propósito de acceder a la nacionalidad española, constituía un delito grave. La actuación dolosa de ambos era evidente(1), y tan sólo el interés del Ministerio del Interior, del que pendía la Dirección General de Seguridad, de los responsables de Exteriores y Justicia por no enfangar más aún el asunto, les libró de problemas mayores.
Nuestra Federación trató de tapar luego toda aquella inmensa mugre bajo espesas alfombras, con la complicidad de la UEFA, la FIFA y la Delegación Nacional de Deportes. Todo ello pese a que Montal II -por emplear la nomenclatura deportiva, ya que su padre también presidiera el mismo club-, a la desesperada, levantase la tapa no de una cloaca ajena, sino de la propia, encargando al abogado Miguel Roca Junyent “un exhaustivo informe” sobre los oriundos que con documentación falsificaba estuvieran interviniendo en nuestros torneos. El más adelante destacado político de la transición reunió una treintena larga de apellidos, según repite la historiografía azulgrana, incluyendo algunos que parece no precisaron sumarse al tocomocho, pero sobre todo dejando fuera a varios que en el futuro iban a ponerse colorados. Lo de la treintena larga de falsarios, por cierto, tampoco parece ajustarse a la realidad, conforme se deduce del intercambio de correspondencia ministerial.
Aquella “lista negra” puesta en manos de embajadores y cónsules españoles, tuvo mucho de haraquiri o auto incineración, de “¡Muera Sansón, con todos los filisteos!”. Aunque el Barcelona, sabiéndose buque insignia de nuestro fútbol, tuviese la certidumbre de que ni siquiera los peores temporales suelen causar estragos en los grandes transatlánticos.
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(1) .- Alguien podrá preguntarse por qué, si desde Madrid se pasó aviso a los consulados de Sudamérica sobre la probable maniobra de Heredia y su intermediario, el futbolista logró hacerse con su ansiada nacionalidad. La diferencia entre darle con la puerta en las narices o extenderle un pasaporte, constituiría un excelente caso práctico para estudiantes de Derecho. La falsificación documental llevada a cabo en Paraguay mediante sobornos, únicamente era perseguible en aquel país. Pero si se lograba el fin último, es decir el ansiado pasaporte y acceder indebidamente a la españolidad, también podría ser imputado a este lado del Atlántico. De hecho, una vez desenmascarado lo natural hubiera sido activar la mecánica judicial, fiscalía incluida. Circunstancia que sólo se dio muy a medias, y al ralentí, quién sabe si con intención de avisar a futuros navegantes, o como llamada general de atención para los clubes españoles. A Heredia, además, se le toleró competir en nuestra Liga el año siguiente, cedido desde el Barcelona al Elche. Pero competir, ¿en condición de qué? ¿Del oriundo que no era? ¿De argentino nacionalizado español, cuando no llevaba residiendo el mínimo de 24 meses exigidos para la obtención de doble nacionalidad? ¿Cómo extranjero, puesto que la verja aduanera se había levantado para el campeonato 1973-74? Una cosa era no hacer sangre policial ni judicialmente, conforme se expresara sin ambages desde los ministerios del Interior y Justicia, y otra que la R.F.E.F. volviese a incumplir su propia normativa, mirando hacia otro lado. Porque reconocer su extranjería implicaba el reconocimiento de un delito, y ese hecho debería haberle impedido obtener la doble nacionalidad unos meses después. El F. C. Barcelona, por ende, contó con dos foráneos durante el ejercicio de 1973-74 (Johan Cruyff y Hugo Sotil), más el “sumergido” Bernardo Patricio Cos, que debería haber contado como el tercero. Y la temporada 1974-75 habría dispuesto de la pareja holandesa Neeskens - Cruyff, y Heredia, a quien seguían faltando varios meses de residencia española, puesto que antes de recalar en Elche disputó unos cuantos partidos con el Oporto, en Portugal, amén, claro, del tapado Cos. O sea, tres destapados y uno encubierto, cuando el límite de foráneos se cifraba en dos. Al peruano Sotil, pese a seguir cobrando sueldo y primas, no se le diligenció ficha hasta el año siguiente, luego de acceder a la doble nacionalidad. Y el otro extranjero de la plantilla, el brasileño de Sorocaba Mario Peres Uribarri, “Marinho”, lo hizo como español.
No parece que el Barcelona y su presidente tuvieran muchos motivos para protestar, ni la hinchada razones para sentirse vilipendiada.