En medio siglo, de 1930 a 1980, el Athletic de Bilbao va a repartir su portería entre sólo cuatro guardametas. Gregorio Blasco será el arquero de los años anteriores a nuestra Guerra Civil, y Raimundo Pérez Lezama quien defienda el marco de los Leones en los 40. Los 50 - y de propina algunos de La Prodigiosa - pertenecerán a Carmelo Cedrún, y entre 1963 y finales de los 70 bajo los palos reinará como un monarca absoluto José Ángel Iribar, El Chopo. Vayamos con el tercero de ellos, que nos dejó el pasado de julio, los 95 años de edad.
Camelo Cedrún Ochandategui va a nacer en Amorebieta-Etxano, Vizcaya, el 6 de diciembre de 1930. En sus inicios dudaba entre parar balones o introducirlos en la red contraria, pero sus cualidades como guardameta superaron pronto a sus posibilidades como delantero, y a la edad de diez y seis años ya defiende la puerta del Amorebieta, en Segunda Regional, con tanta eficacia que un equipo de fuera de la región, el Real Oviedo, de Primera División, le va a hacer una prueba, pues su aventajado físico - 1,84 de altura y 78 kilos de peso - no era lo habitual entre los cancerberos de nuestra Posguerra. Los de “Buenavista” quieren ficharle, pero el Athletic se mueve rápido y no le deja escapar. En “San Mamés” es Lezama quien se encarga del arco, y Carmelo tiene que aguardar su oportunidad durante un par de temporadas, pero es aun muy joven y sabe que su momento acabará por llegar.
Y efectivamente llega ese día. El 15 de abril de 1951, en la mismísima “Catedral” y con el Sevilla como adversario, batido por los Leones con un claro 3 a 0. Su actuación personal es muy del agrado de la afición, pero esa temporada tan sólo jugará otro partido de Liga. Sin embargo en la siguiente ya relega a Lezama al banquillo, con 20 presencias ligueras, que se convierten en 24 en la campaña 52-53, aderezada con una final de Copa que se lleva por la mínima el Barça de Kubala (2 a 1). Pero un año más tarde Carmelo ya es internacional. La cita es complicada: el partido de vuelta de la eliminatoria contra Turquía, la ronda previa al Campeonato del Mundo de 1954, la que decide quien acude a Suiza y quien no. En la ida ha vencido España por 4 a 1, pero entonces no contaba la diferencia de goles. Si vencían los otomanos, habría tercer partido. Y vencieron, por un escaso pero suficiente 1 a 0 en Estambul, a un equipo español que formó así: Carmelo; Segarra, Biosca, Campanal; Pasieguito, Puchades; Miguel, Venancio, Kubala, Alsúa II y Gainza. También ocupará el marco en el desempate, celebrado en el Estadio Olímpico de Roma, que terminará con empate a 2, tras la prórroga, y con la mano inocente (?) de un bambino italiano sacando la papeleta de Turquía, en un encuentro donde no pudo alinearse Kubala, pues minutos antes se recibió un misterioso telegrama que ponía en duda la validez su alineación.
Nos encontramos en los años triunfales de la carrera de Carmelo. Es titular indiscutible en la portería del Athletic, vence en las finales de Copa de 1955, 1956 y 1958 y en la Liga 55-56, y se convierte en un asiduo de la Selección Española. De hecho, entre 1953 y 1959 tan sólo faltará a la cita liguera en cinco ocasiones, desesperando a sus suplentes. Su físico poderoso, su decisión y valentía, sus reflejos, su seguridad, le convierten en uno de los mejores guardametas españoles, y si no añade más internacionalidades a su palmarés, es por coincidir el tiempo con don Antoni Ramallets, palabras mayores.
Entrará en su madurez deportiva en la década de los 60, pero en un principio se mostrará igualmente intratable. Y entonces sí que puede disputar por fin un Mundial, el de Chile en 1962. Actúa en los dos primeros partidos (derrota por 1 a 0 ante Checoslovaquia, y victoria por el mismo resultado frente a México), y es sustituido por Araquistáin para el encuentro decisivo contra Brasil, un enfrentamiento que no mereció perder nuestra Selección. Volverá a ella en una ocasión más, junio de 1963, pero en un partido para olvidar, el tristemente célebre amistoso contra Escocia que acabó con un estrepitoso 2 a 6. Le toca salir en la segunda mitad, sustituyendo a un Vicente cuatro veces batido ya, y encaja el par de goles que completaba un resultado que más parecía un set de tenis que un marcador futbolístico de una década presidida por el cerrojo. Y allí se acaba su carrera como internacional (13 encuentros con la ”A” y 2 con la “B”).
Y en el Athletic las cosas también se torcerán. En 1962 fichan a un joven guardameta guipuzcoano apellidado Iribar. Había destacado mucho en el Basconia -eliminan de la Copa a todo un Atlético de Madrid -, y se rumoreaba que le quería el Barcelona, pero los de Basauri tienen que pasar en la siguiente ronda por el “Camp Nou”, y esa tarde la delantera azulgrana se muestra demoledora: 10 a 1, y adiós al interés culé. El Athletic, sin embargo, no lo pierde, aunque tendrá que desembolsar un millón de pesetas a cambio de la gran promesa. En la 62-63 el recién llegado apenas juega, pero al año siguiente es el joven quien arrincona al veterano, irrumpe en la Selección con sólo 21 primaveras, y se proclama campeón de la Eurocopa, todo en un sólo curso.
Carmelo se rinde ante lo irremediable, y decide aceptar una ventajosa oferta del Español, empeñado entonces en convertirse en cementerio de elefantes (Kubala, Tejada, Maguregui, Di Stefano, él mismo…). En “Sarria” no tendrá a nadie que le haga sombra durante tres campañas, y en lo económico ganará mucho más. En la temporada 66-67, con la famosa delantera de los Cinco Delfines en danza, incluso obtendrán una histórica tercera plaza liguera, un puesto que en el Athletic ya no se cataba desde hacía años. Es un buen momento para dejarlo, y poner broche de oro a una brillante carrera, pero le tientan con los dólares del Soccer Made in USA, y se marcha un año al Baltimore Boys, a hacer caja.
Luego fungirá como entrenador durante dos décadas largas. Debuta con el Baracaldo, en Tercera División, y pasará por Logroñés, Cultural Leonesa, Celta (dos veces) y Murcia, para regresar a “Lasesarre”, e irse luego camino del Sur, pero ya por los andurriales de la Segunda B (Jaén, Balompédica Linense…). En la temporada 91-92 dirige al CD. Lermeño, un modesto club burgalés de la pequeña localidad de Lerma, con mucha historia en sus vetustas piedras pero una población que no llega a las tres mil almas.
Pero el apellido Cedrún continuará en la brecha. Un hermano de Carmelo, de nombre Serafín, había sido también portero en los años 60, militando en Baracaldo y Sestao, pero lo de su hijo Andoni (Durango, Vizcaya. 5 de junio de 1960) va a ser sonado. Tras pasar por los infantiles de la Cultural Leonesa, Lagun Onak y Cultural de Durango, se lo lleva el Athletic a finales de los 70, como posible alternativa a un Iribar ya con treinta y muchos a cuestas. Su planta es impresionante - 1,98 de estatura y 97 kilos de peso, y aunque hoy esas dimensiones no sorprenden a nadie en un portero de fútbol, hace cuatro décadas parecían más propias de un jugador de baloncesto, y creaban ciertos recelos referentes a su solvencia en los balones bajos. Tras pasar por el filial Bilbao Athletic, Andoni debuta con el primer equipo en la temporada 80-81, pero pronto será desplazado del marco por un tocayo suyo de apellido Zubizarreta. Se marcha al Cádiz en la 83-84, y allí le ficha el Real Zaragoza, que le convertirá en su meta titular para las doce siguientes temporadas, conquistando con el club maño dos Copas del Rey (1986 y 1994) y una Recopa (94-95). Había sido internacional en las categorías inferiores, pero nunca podrá llegar a debutar con la Selección Absoluta, pues por desgracia para él sus compañeros de generación respondían al nombre de Zubizarreta - que de nuevo le salía al paso -, Juan Carlos Ablanedo y Paco Buyo. Se retiró en el Logroñés, con casi tantos partidos como su padre, ambos en torno a los quinientos.