…Y mi hermana Isabel me sigue abrazando con “¿…te acuerdas cuando jugabas a las chapas…?”
José López Carreño
Cuadernos de Fútbol n.o 185 | Abril 2026
…Y mi hermana Isabel me sigue abrazando con “¿…te acuerdas cuando jugabas a las chapas…?”
Con los años uno aprende que la memoria no conserva los días, sino los instantes. Entre esos instantes hay algunos que regresan con una nitidez casi dolorosa.
El fútbol de chapas fue uno de ellos. No fue solo un juego: fue un territorio, un lenguaje compartido, una forma de habitar la infancia cuando aún no sabíamos que lo era. Hoy, al recordarlo, no vuelven únicamente las chapas ni los partidos improvisados, sino todo un mundo desaparecido: la lentitud de las tardes, el silencio cómplice antes de un disparo, la sensación de que el tiempo no se acababa nunca.
Cuando nada era poco, jugábamos con lo que había. O, mejor dicho, con lo que encontrábamos. Chapas de refrescos, de cerveza, de gaseosa que recogíamos de los bares. No importaba la marca. Aquella pobreza material, era una riqueza creativa sin saberlo.
Elaborar la chapa era casi un acto de ingeniería infantil. Utilizábamos una tela vieja que nos había dado nuestra madre para forrarla. Después, con rotuladores de colores íbamos conformando los uniformes de nuestros equipos; para terminar, fijábamos la tela con el corcho que habíamos extraído previamente de la misma quedando totalmente fijada para saltar al terreno de juego.
Las chapas no eran objetos neutros. Tenían historia. Una chapa abollada podía haber marcado un gol decisivo; otra, aparentemente perfecta, podía ser traicionera. Las tratábamos con respeto, casi con afecto. Eran nuestras piezas, nuestras figuras, nuestros jugadores.
El campo de juego no estaba en ningún lugar fijo, pero existía con absoluta claridad. Podía ser el suelo del patio, una cartulina extendida en el suelo de la habitación, un trozo de acera o un descampado polvoriento. Donde hubiera espacio para arrodillarse, allí nacía un estadio.
Las porterías también tenían su propia artesanal elaboración. Con cartones de alguna caja vieja de zapatos elaboráramos los postes, el larguero y la base. Una gasa del botiquín casero pegada a todo lo anterior hacía las veces de red y, oiga, quedaban muy chulas.
Las líneas se dibujaban con tiza o se inventaban sobre la marcha. Nadie necesitaba césped ni gradas. El campo no era un escenario: era una extensión de nuestra imaginación.
Allí, a ras de suelo el mundo se veía distinto. Las chapas avanzaban lentamente, cada movimiento requería concentración. El silencio previo al golpe del dedo era solemne, casi religioso. Un gesto mal calculado podía arruinar una jugada trabajada durante minutos.
No había reglamentos escritos. Las normas se transmitían de boca en boca y se modificaban según el ánimo del día. Aquello generaba discusiones, sí, pero también enseñaba algo esencial: a convivir.
Aprendimos a negociar, a ceder, a repetir una jugada dudosa. Aprendimos a perder sin árbitro y a ganar sin público. La justicia no venía de fuera: se construía entre todos. Y ese aprendizaje, tan simple y tan profundo, rara vez se reconoce como lo que fue: una escuela de ciudadanía infantil.
Quizá lo más difícil de explicar hoy sea el tiempo. No el reloj, sino la sensación. Las tardes parecían interminables. No había urgencia ni notificaciones, ni pantallas reclamando atención. El juego no competía con nada: era el centro. Un partido podía durar horas. Se interrumpía para merendar, para discutir una jugada, para comentar el último partido del equipo favorito. Volvíamos al juego sin prisas, como si nada más existiera fuera de aquel pequeño universo de chapas y suelo.
Hoy, cuando el tiempo se nos escapa entre obligaciones y rutinas, esa lentitud resulta casi inconcebible. Pero fue real. Y fue formativa.
El fútbol de chapas no estaba aislado del mundo adulto. Al contrario: lo reflejaba. Las chapas imitaban a los equipos reales, a los jugadores admirados. Cada gol era una réplica en miniatura de lo que sentíamos. Soñábamos sin saberlo.
Jugábamos a ser otros, a repetir gestas que nunca viviríamos, pero que nos ayudaban a imaginar futuros posibles. El juego era también un espejo: de nuestras pasiones, de nuestras lealtades, de nuestra manera de entender la victoria y la derrota. Pequeños campeonatos se disputaban con pasión desmedida. Cada gol era celebrado como si hubiéramos ganado un mundial. Para pasiones lo que ocurrió un día en casa de Juanito. Una falta clamorosa de uno de mis defensas dio lugar a que el imaginario árbitro decretara penalti sin más discusión. Mi amigo falló y de manera imprevisible (o no) exclamé “Jódete”. Me salió del alma. Claro que aquella expresión a mis diez años motivó la suspensión del encuentro. No porque nos enfadáramos Juanito y yo, sino porque la madre del susodicho irrumpió en el estadio decretando la expulsión de ambos equipos. Así que nos fuimos a la plaza del pueblo a tomarnos un polo esenciado como rezaba el cartel del local de “Helados la Ibense”. Ahora bien, tuvimos que asumir una sanción del Comité disciplinario de Doña Carmen que se tradujo en un mes sin celebrar más partidos en casa de mi amigo.
En fin, el mundo cambió. Llegaron otros juegos, otras formas de entretenimiento, otras infancias. No es cuestión de juzgar, pero sí de constatar que algo se perdió por el camino: la relación directa con el suelo, los objetos, con los otros.
Mirado desde la distancia de los años, el fútbol de chapas fue una lección silenciosa. Nos enseñó que no hace falta mucho para ser feliz, que la imaginación es un recurso poderoso y que el juego compartido construye vínculos duraderos.
Quizá por eso, cuando recordamos aquellas chapas, no recordamos solo el juego. Recordamos quiénes éramos. Y entendemos, con una mezcla de gratitud y melancolía, que hubo un tiempo en que el mundo cabía en el suelo, el suelo era un mapa y las tardes no tenían reloj.
El fútbol de chapas fue hijo directo de la radio o del único partido que televisaban semanalmente. El locutor se convertía en árbitro invisible, en narrador que otorgaba rigor notarial a la jugada. Los partidos que escuchábamos se repetían después, transformados, en nuestros campos particulares. Nosotros reproducíamos sus palabras sin darnos cuenta, exagerando jugadas, inventando épica. Así se transmitía el fútbol en una época en que la imagen era escasa. Primero se escuchaba, luego se jugaba.
Con el paso de las décadas, las costumbres fueron cambiando y el fútbol empezó a alejarse del suelo. Tal vez por eso empezó a desaparecer. No porque fuera peor, sino porque pertenecía a otro tiempo. Un tiempo en que la infancia se vivía en la calle. Un tiempo que hoy resulta casi histórico. Muchos dejamos de jugar sin darnos cuenta. Un día fue el último partido y no lo supimos. Las chapas quedaron en una caja, en un cajón, olvidadas. El fútbol siguió, pero ya desde la distancia del espectador.
Ahora, al mirar atrás, veo que aquel campo improvisado estaba lleno de magia. Hoy peinamos canas, contamos arrugas y nuestras manos ya no son tan hábiles para controlar chapas sobre la mesa. Sin embargo, la nostalgia nos devuelve a esos momentos donde la felicidad se medía en risas, en pequeñas victorias y en la compañía de amigos que compartían el mismo entusiasmo inocente.
El tiempo ha pasado, sí, pero cada chapa que alguna vez rodó sobre nuestro particular estadio lleva consigo un recuerdo imborrable. Es un recordatorio de que, aunque la vida avance y el cuerpo haya cambiado, siempre podemos volver a ser niños con solo cerrar los ojos y dejar que la memoria haga su jugada maestra.