Miniatura
RESUMEN:

Enrique Larrínaga Esnal (Dos Caminos, Vizcaya, 20-VI-1910), fue una especie de “rare avis” en el Euzkadi, puesto que apenas había competido en el ámbito de la tierra que le viese nacer. Cabría repetir algo parecido de Isidro Lángara, estrella en el Oviedo, pero a diferencia del ariete guipuzcoano, Larrínaga sólo había sido internacional una vez,

ETIQUETAS:

PDF

El Euzkadi: Improvisación y forja de nuevas vidas (2)

De
Download PDF

Enrique Larrínaga Esnal (Dos Caminos, Vizcaya, 20-VI-1910), fue una especie de “rare avis” en el Euzkadi, puesto que apenas había competido en el ámbito de la tierra que le viese nacer. Cabría repetir algo parecido de Isidro Lángara, estrella en el Oviedo, pero a diferencia del ariete guipuzcoano, Larrínaga sólo había sido internacional una vez, el 2 de abril de 1933 ante Portugal, festejando en Vigo la victoria española por 3-0. Y además gozaba de muchísima menos fama que el goleador por antonomasia.

Desde el C. D. Basconia, de Basauri, donde desarrolló la temporada 1926-27, con 17 años recién cumplidos fue captado por los ojeadores del Racing santanderino. Interior fino, escurridizo y con buen regate, además de ordenar con acierto las jugadas ofensivas lucía una nada desdeñable capacidad goleadora. De ahí que para los titulares de Los Campos de Sport de El Sardinero fuese intransferible las ocho temporadas previas al estallido bélico. Como estaba de vacaciones el 18 de julio de 1936, continuó en su pueblo siguiendo el devenir de los acontecimientos, en tanto recibía alguna llamada racinguista que nunca se produjo. Contra el pronóstico inicial de un rápido aplastamiento a los alzados, la guerra fue cobrando cuerpo y el presidente federativo incautador anunció la suspensión de las competiciones sine díe, tras apropiarse de los depósitos bancarios del fútbol y armar con ese dinero un batallón deportivo. Intervino en los partidos recaudatorios que se organizaron en Bilbao, y estuvo entrenando en San Mamés, a las órdenes del antiguo internacional Travieso, con vistas, según se decía, a la posible creación de un equipo para ir de gira europea. Sin tomar clara consciencia del giro que iba a dar su vida, aterrizaba en Biarritz y luego ya todo fue un rodar y rodar.

Larrínaga, luciendo la camiseta del mexicano Club España.

El caso es que quien no contase en principio como titular del Euzkadi, por mor de las circunstancias y su buen hacer acabaría siendo poco menos que un fijo en las alineaciones. No era para menos, después de estrenar el internacionalato pese a la enorme competencia que para su puesto representaban José Iraragorri, Luis Regueiro, Seve Goiburu, Hilario, Herrerita o Chacho. A diferencia de buena parte de sus compañeros en la formación vasca, entre 1939 y 1943 estuvo compitiendo con el Asturias, para continuar en el Club España hasta 1945, la última temporada ejerciendo más como entrenador que como futbolista activo. Casado con Yolanda Azpiazu Suarez, al no alumbrar descendencia de sangre adoptaron un niño. Su vida se apagó en México D. F., el 4 de mayo de 1993, con 81 años.

Emilio Alonso Larrazábal, “Emilín” en las alineaciones (Guecho, Vizcaya, 25-V-1912), fue un extremo izquierdo práctico, no tan brillante como Guillermo Gorostiza, aunque rápido y eficaz, bueno en el desmarque y preciso en los pases. Tras destaparse en el Gobelas durante el campeonato 1928-29, debutó en 1ª División luciendo los colores del Arenas Club guechotarra, la campaña 1929-30, sin haber cumplido los 18 años. El Real Madrid lo contrató en 1933, tras pactar con él 15.000 ptas. y sueldos mensuales de a 1.000. Poco tuvo que decir al respecto la entidad arenera, puesto que allí disponía de ficha amateur, lo que implicaba quedar en libertad contractual cada fin de temporada. Y una vez en la capital de España, pese a ser profesional en toda regla, puesto que 24.000 ptas. anuales en esa época -más posibles primas- estaban al alcance de pocos españoles, buscaba trabajo por las tardes para costearse sus estudios de Ciencias Químicas. Como “merengue” celebró dos títulos de Copa y degustó la internacionalidad en otras dos ocasiones, en enero y febrero de 1936, contra Austria y Alemania. Partidos que se perdieron, por 4-5 el primero y 1-2 el segundo. Tenía también un hermano futbolista, bautizado como Santos y alineado con su primer apellido en el Baracaldo, Athletic Club -sin pasar de su segundo equipo-, Erandio, Zugazarte y Malacitano hasta la asonada militar, y a partir de 1939 en el Amparo, Consorcio, Barbieri, Cacereño, Cifesa, Talavera y Manchego, lo que equivale a mantenerse en la brecha durante 20 años, con el obvio paréntesis de la Guerra Civil.

Como los hermanos Regueiro, Emilín se hallaba en Madrid cuando llegaron las primeras noticias sobre la sublevación militar en Marruecos, Canarias, Ceuta y Melilla. Los tres dieron por hecho que semejante alarde no podía sostenerse demasiado, conforme aseguraban el Gobierno y los medios de difusión republicanos, máxime a raíz de sofocarse el levantamiento en las guarniciones de Getafe, Campamento y Cuatro Vientos, y aplastar la Guardia de Asalto y las milicias populares a los falangistas sitiados en el Cuartel de la Montaña, con ayuda del teniente de artillería Orad de la Torre y sus hombres. Más adelante, cuando las cosas fueron poniéndose difíciles en la capital, contactaron con ellos quienes estaban armando la expedición vasca para salir de gira por Europa: “Me dijeron que tomase el pasaporte -rememoró en 1976, desde el Distrito Federal-; que me las arreglase para llegar hasta Bayona y unirme con el resto de los compañeros”. De modo que el terceto alcanzó Valencia y desde allí siguieron hacia Barcelona y la frontera francesa, reuniéndose por fin con la expedición del Euzkadi en territorio galo.

De cuanto vino después, y en eso coincidía con casi todos los miembros del equipo, sólo conservaba buenos recuerdos: “Después de dos años conviviendo estrechamente, compartiéndolo todo durante las 24 horas del día, más que en un equipo nos convertimos en una familia, y así continuamos sintiéndonos, como mínimo los que echamos en ancla en México. Hubo malos momentos, claro, sobre todo en Argentina, cuando la FIFA descalificó al Euzkadi y estuvimos más de dos meses sin jugar. Pero así y todo seguíamos siendo felices, sin perder esa alegría que caracteriza a la juventud”.

Al disolverse el cuadro, cabría decir que estuvo entre los más afortunados, puesto que acabó suscribiendo un contrato con el San Lorenzo de Almagro en 1940, a cambio de 22.000 pesos en concepto de ficha; cifra mayor que la devengada a Isidro Lángara e idéntica a la del “Chato” Iraragorri. Pero en el futbol suceden cosas muy raras. Si Lángara triunfó por todo lo alto, Iraragorri jugó poco y él tan sólo un partido, el 29 de setiembre de 1940, contra el Gimnasia y Esgrima de La Plata (1-2 como resultado final). Choque, por otra parte, que durante años le fuera escamoteado tenazmente por no pocos estadísticos. Estuvo en tratos con el Racing bonaerense, sin que finalmente fructificasen, por cuya razón regresó a México, engrosando el Club España a lo largo de los torneos correspondientes a 1941, 42, 43, 44 y 1945. Alejado del fútbol, aunque no de sus compañeros de expedición, emprendió un negocio editorial en la capital mexicana, y tardó más de lo previsto en jubilarse, como él mismo afirmara:

“Pensaba que a estas alturas estaría retirado (1976) pero acabo de emprender otro negocio litográfico con la idea de que san mis hijos quienes acaben regentándolo. Esa ha sido mi actividad a este lado del mar desde que dejé el fútbol, hace treinta y un años. No puedo quejarme, porque casi todo me salió como pretendía. Cuando en España se interesaron por mí varios clubes, acabé en el que era mi preferido; el Madrid, un club señor. Luego logré ser internacional, otro sueño que pocos consiguen cumplir, y ya lejos del balón también salí adelante”.

Tenía tres hijos, los dos mayores con estudios de gestión empresarial, y mientras el primogénito estuvo siempre a su lado, en la empresa editora, el segundo logró colocarse en una gran compañía. El tercero acababa de licenciarse en Medicina, sin haber cumplido los 23 años. Tenía dos nietos del primogénito y venía en camino otro, del segundo vástago. Se sentía muy agradecido a la suerte, al destino y a México, donde habría de fallecer el 29 de diciembre de 1989, con 77 años, aunque algunas necrológicas también ofrezcan como fecha harto improbable el 18 de abril de 2001.

Isidro Lángara, caricaturizado por “Cronos”.

Isidro Lángara Larrañaga (Pasajes Ancho, Guipúzcoa, 25-V-1912) no sólo fue el futbolista más aplaudido durante parte de la gira europea y por las aficiones de Cuba y México, sino buque insignia de nuestra selección, con un promedio goleador extraordinario. Luciendo la camiseta ovetense anotó goles tan increíbles como para que cuanto escribieran sus testigos acerca de ellos, hoy nos suene a pura fábula. Decir Lángara era gritar ¡Gol! Un informador deportivo, voz del programa radiofónico “Carrusel Deportivo” desde Santander durante muchos años, acabó aceptando como firma profesional el remoquete de “Lagarita”, luego de que sus conciudadanos comenzaran a llamarle así por la calle, tras las múltiples veces que pronunciase aquel apellido durante una retransmisión. Para él, lo de “Langarita” nunca representó un apodo o un seudónimo, sino una condecoración. En muchas menos palabras, Isidro Lángara fue mito tan excelso como Ricardo Zamora Martínez, y eso que competía en el club representativo de una pequeña capital.

Dueño de un potentísimo disparo con ambas piernas, merced a su desarrollada musculatura, cabeceador valiente y hoy diríamos que poco exquisito en el manejo del cuero, comenzó a destacar en el Esperanza Deportivo, de San Sebastián, uno de los dos equipos que componían la 3ª División guipuzcoana esa temporada, algo difícil de entender pero que no constituye caso único, puesto que en Asturias sucedió otro tanto el mismo Campeonato. Sólo disputó media temporada con el Tolosa, al ser fichado por el Oviedo, club al que se incorporó ya concluido el Campeonato Regional, en vísperas de arrancar el torneo liguero. Al tiempo que vestía de corto en el Tolosa, trabajaba en Fabril Subijana, empresa de tejidos de Andoáin, cuando el hijo de su patrón lo recomendó al directivo ovetense Luis Botas. El Tolosa ingresó 3.000 ptas. por su traspaso, asignándosele 4.000 al jugador, más otras 1.000 para ropa y cuota militar. Al intermediario de aquel fichaje, José Murguía, le correspondieron 850 ptas. de comisión. Tras su debut internacional, los ovetenses incrementaron a Lángara en 100 ptas. su sueldo mensual. Y es que la tesorería asturiana impedía una mayor generosidad. Pero antes, ocurrieron muchas cosas.

Cuando llegó a Teatinos, el Oviedo vivía tiempos complicados en 2ª División. La ausencia de Zabala se notaba muchísimo, porque si bien el canario José Álamo era un atacante científico, con muy buen pie, a su disparo le faltaba potencia, máxime para impulsar aquellos balones plúmbeos en las tardes lluviosas. Necesitaban un ariete de verdad. Lángara, con boina y vistiendo de paisano, estuvo mirando durante unos minutos cómo se ejercitaban sus futuros compañeros, a las órdenes de Patrick O´Connell, un británico que había sucedido a otros ilustres extranjeros, como Pentland, Burton o Fivébr. Al reparar el míster en la presencia de su nuevo pupilo, lo envió al vestuario para cambiar de atuendo e iniciar el examen: dos extremos enviando balones al área, y el chavalito de 18 años rematándolos. Su primer disparo, sin dejar que el balón tocara el césped, hizo volar a Oscar Álvarez para despejar la pelota a córner. Al incorporarse, el portero se sopló los dedos mientras murmuraba algo así como “¡Vaya con el crío!”. El segundo remate se estrelló en el larguero. A O´Connel se le dibujaba una amplia sonrisa mientras proseguía el test. Otro remate de zurda. Dos de cabeza. Uno más con la derecha… Oscar cedió los tres palos a Benjamín y éste, de quien se decía aguantó a pecho descubierto un balonazo de Félix Sesúmaga desde los once metros, cuando militara en el Racing de Sama, exclamó al concluir los ejercicios: “Los pelotazos de Azpiri no son nada comparados con los de este chico”. Y todos rieron. Tomás Azpiri era un boxeador, peso pesado, que solía hacer footing junto a la plantilla ovetense y hasta se animaba a chutar a puerta con una fuerza endemoniada.

Mientras los jugadores se duchaban, algunos directivos se reunieron con el entrenador para decidir cuándo estaría en condiciones de debutar su última adquisición. “El domingo”, sentenció O´Connel, entre las protestas de sus interlocutores: “Hombre, viene de competir muy abajo. Puede ser un diamante en bruto, pero habrá que pulirlo. Así, de buenas a primeras, igual se arruga y no es capaz de sostener este ritmo…” Para salir de dudas llamaron a Oscar, capitán del equipo, quien reforzó la postura del entrenador: “A mí me parece que cuanto antes, muchísimo mejor”. De modo que debutó ante el Athletic de Madrid, como interior derecho, porque Álamo era el delantero centro titular y venía de jugar con el C. D. Español en la máxima categoría. Finalizado el encuentro, el tanteador señalaba un 4-1 favorable a los azulones, con dos goles del neófito.

Durante las siguientes semanas continuó la racha del guipuzcoano. Un gol en Murcia, dos en Valencia, otros dos al Iberia de Zaragoza, tres en La Coruña, partido resuelto con empate a 4, luego de que Pedro Escartín le anulase otros tres tantos por discutibles fueras de juego… Los carbayones ya tenían el ariete por quien tanto suspiraran. Pero qué paradojas ofrece el fútbol. Isidro Lángara fue causante involuntario de la despedida de Patrick Joseph O´Connell, su gran valedor. Éste pretendía situar a su descubrimiento en el eje atacante, arrinconando a José Álamo, que a sus 27 años tan sólo había anotado 6 goles en 14 partidos, contra los 15 de Lángara en 18 encuentros, sin haber cumplido 19 primaveras. Como aquella directiva se obstinase en mantener al canario contra viento y marea, el inglés tuvo que ceder su puesto a Vicente Tonijuán. Y lo más fantástico fue que, en definitiva, tampoco iba a continuar Álamo en el equipo. Su relevo la temporada 1931-32, en la que Lángra ya anotase 22 goles en 18 partidos, fue Gonzalo Díaz Galé, recién fichado del Real Madrid, y con 14 goles menos de los que cantase el chavalito guipuzcoano, quien tenía todos los boletos para convertirse en estrella.

La campaña ovetense de 1931-32 fue espléndida, aunque el segundo puesto alcanzado no diese para escalar a 1ª División. Casuco, Gallart, Lángara, Galé e Iceta, formaron un quinteto atacante que el coronista “Moncho” iba a convertir en histórico bajo la denominación de “Delantera Eléctrica”. El Oviedo venció al Athletic de Madrid por 6-2, con 4 goles de Lángara. Al Sevilla por 5-3, con un trío de Lángara. Al Coruña por 6-2 y un par del nuevo ídolo asturiano. Incluso en el partido de Sevilla, cuando los del principado perdieron el posible ascenso cayendo ante el Betis por 4-2, los tantos visitantes fueron obra de Lángara.

Isidro Lángara (izda.) charla con el asturiano Emilín García, su excompañero azulón. La imagen fue tomada al inicio de los años 60, durante una escapadita desde Puebla a la capital del principado.

Antes de la campaña que por fin situase a los azulones en 1ª, se inauguró el estadio de Buenavista con un encuentro internacional entre España y Yugoslavia. Corría abril de 1932 y sin cumplir la veintena, el guipuzcoano ya fue seleccionado por José María Mateos. Venció España 2-1 y Lángara anotó el primer gol celebrado en las nuevas instalaciones. Aunque ese encuentro, además, pasaría a la historia porque durante la segunda parte, cuando Ricardo Zamora cediese al bilbaíno Gregorio Blasco su sitio bajo el marco, la selección nacional estuvo compuesta por 11 vascos: Además de Blasco, Ciriaco y Quincoces en la defensa; Cilaurren, Gamborena y Marculeta en la media; Lafuente, Luis Regueiro, Lángara, Chirri II y Gorostiza como línea de ataque. Luego, al ser relevado Mateos en el cargo de seleccionador, desde la Federación Española apostaron por Elícegui, “El Expreso de Irún”. Al menos hasta que aprovechando las fiestas de San Mateo se acordara la celebración de un amistoso entre carbayones y colchoneros, publicitado como duelo entre Lángara y Elícegui. Pues bien, si algo tuvo de plebiscito aquel “bolo”, el triunfo del jugador ovetense no pudo ser más aplastante. Victoria azulona por 7-1, con siete tantos adjudicados a Lángara y uno a Elícegui; por cierto, el que abrió el marcador. Huelga indicar que a la prensa nacional le faltó tiempo para recordar a don Amadeo García Salazar, sustituto de Mateos, que el mejor delantero centro del país no residía en la ribera del Manzanares, sino cerquita del Nalón.

El campeonato de 2ª División correspondiente a 1932-33 se lo llevó Oviedo, gracias, en gran medida, a los 27 goles de su ariete en 18 partidos. El barcelonés Vicente Tonijuán, entrenador de los campeones, en un rasgo que hoy sería impensable, renunció a seguir al frente del equipo en la máxima categoría, por no sentirse capaz de asumir el reto. Y suponiendo que alguien albergase dudas con respecto a si los equipos grandes llegaran a atragantársele a su delantero centro, éstas pronto quedaron disipadas. Con Emilio Sempere en el banquillo, Herrerita haciendo diabluras por la banda derecha, Emilio García Martínez, otro “Emilín”, emulándole por la izquierda, y Casuco y Gallart de interiores, Lángara fue máximo goleador merced a 27 dianas en los 21 partidos que disputara. E igualmente iba a encabezar el ranquin de anotadores en las Ligas de 1934-35 y 1935-36, con 27 goles en 22 encuentros y 28 en 21 comparecencias, respectivamente. En paralelo, al paralizarse las competiciones durante el verano de 1936, llevaba cantados 17 goles con la selección nacional en los 12 partidos que se alineara, algunos durante el II Campeonato Mundial dirimido en Italia.

Pero la barbarie desatada en España estuvo a punto de costarle la vida. Y todo por una fotografía.

Siendo jugador del Oviedo, cumplía un servicio militar de “enchufado” en la capital asturiana, junto a su compañero de equipo Quico Florenza, cuando tuvo lugar la Revolución de Octubre. Entonces incluso a los enchufados les tocó tirar de fusil durante los duros enfrentamientos entre mineros armados y militares, por el casco urbano ovetense. Algún fotógrafo local tuvo la ocurrencia de obtener una instantánea mientras apuntaba con su arma desde una azotea, junto a otros compañeros de destacamento. Y puesto que esa imagen poseía indudable interés, dada la notoriedad del retratado, acabó impresa en la revista deportiva “As”. Aquella foto yacía en el olvido cuando, durante el cerco de Bilbao, la villa recibiera el refuerzo de milicianos asturianos. Y alguno de éstos volvió a poner de actualidad la imagen. De inmediato, al goleador por antonomasia lo convirtieron en “represor de la clase trabajadora, aliado de los fascistas y connivente con la opulencia”. Antes de que pudiera darse cuenta, se encontró tras los barrotes improvisados del “Cabo Quilates”(2), uno de los buques-prisión surtos en los muelles de la ría y auténtico pudridero humano, sin higiene ni esperanza. O peor todavía: en un almacén de víctimas, ante la eventualidad de que el general Emilio Mola, máxima autoridad del bando alzado en la campaña del Norte, hiciese realidad su amenaza de bombardear a la población civil.

Fue el portero Florenza, su compañero y amigo, el primero en alzar la voz desde Cataluña cuando tuvo conocimiento de aquel hecho: “El trato que se está dando a Lángara es injusto; una barbaridad -dijo-. Si hay contra él algo más que una foto antigua, en la que únicamente se le ve cumpliendo órdenes, que se diga. O si no, deberían liberarlo”. Aunque los tiempos estuvieran revueltos y había que ser muy valiente para definirse, no faltaron gentes del fútbol poniendo manos a la obra. Hubo solicitudes dirigidas al Gobierno Vasco, entrevistas con políticos y mandos del ejército gudari, súplicas a socialistas asturianos, cuyo partido político, al fin y al cabo, era aliado del Lehendakari Aguirre… Hasta que el asturiano Belarmino Tomás, jefe miliciano con adscripción socialista, lograse de los comunistas una autorización para trasladarlo a la cárcel bilbaína de Larrínaga, teóricamente más segura, al hallarse bajo control peneuvista. De ahí, a obtener la gracia de un arresto domiciliario, sólo hubo un paso. Así que el árbitro Iturralde, abuelo de Eduardo Iturralde González, también colegiado de 1ª División durante muchos años e internacional hasta no hace tanto, le abrió las puertas de su casa mientras cuajaba lo del equipo Euzkadi y ponía tierra de por medio volando a Biarritz.

Isidro Lángara, soldado en Oviedo durante la Revolución de Octubre. Otra foto más explícita, en el mismo reportaje, fue motivo de su encarcelamiento en un buque prisión amarrado en la ría bilbaína. La decidida intervención del portero ovetense Florenza, desde Cataluña, y un puñadito de hombres del fútbol en la capital vizcaína, acabó resolviendo tamaña injusticia.

En muy buena hora, porque a raíz de los bombardeos sufridos por la capital vizcaína, tanto los buques “Cabo Quilates” y “Altuna Mendi”, como las cinco prisiones, incluida la de Larrínaga, fueron asaltadas por turbas enceguecidas y milicianos furibundos que, a cuchilladas, hachazos y disparos, asesinaron a centenas de desgraciados. Entre ellos, un jugador del Athletic Club y su padre, sin otro delito que gozar de buena posición económica y presumírseles simpatías hacia el bando franquista.

Al iniciar la gira con el conjunto vasco, su estadística anotadora apabullaba. En los 220 partidos disputado con el Oviedo, oficiales y amistosos, al menos 281 goles, porque entre los informadores no hubo acuerdo sobre la autoría de otra veintena. Nada tiene de extraño, por tanto, que como anticipase desde Cuba un redactor deportivo, los equipos bonaerenses estuvieran listos para hacerle hueco, antes, incluso, de que el Euzkadi se desmantelara.

El San Lorenzo de Almagro le extendió un contrato por 20.000 pesos, que si bien daban para sentirse rico, visto su rendimiento tuvo mucho, pero que mucho de oferta ganga. Marcó allí 113 goles en 121 partidos, debutando con los 4 tantos de su equipo ante el Boca Juniors. Aquel rotundo 4-2 final lo puso en órbita. Había llegado a la entidad conocida popularmente como “Ciclón de Boedo” el 21 de mayo de 1939, para hacerse un hueco en la historia azulgrana que de inmediato adoptó como propia la abundante colonia española, hasta el punto de duplicar el número de socios y abonados en brevísimo intervalo. Curiosamente, al llegar algo pesado y fuera de forma, despertó el recelo de aquella directiva. Pocas veces el consejo de un entendido sería tan propio de visionario, puesto que Guillermo Stábile, quien lo había visto en Europa, afirmó a un edil de San Lorenzo: “Con Lángara usted compra goles sobre seguro. Fírmelo”.

Lángara junto a Toni, capitán del Real Oviedo, dirigiéndose al centro del campo para realizar el saque de honor. Al inicio de los años 60 en el pasado siglo, estando tan reciente su segunda etapa en el equipo azul, era figura respetadísima.

Fue máximo goleador en el Campeonato de Liga mexicano las ediciones 1943-44 y 1945-46, así como en el Argentino de 1940, poseyendo además, todavía hoy, el récord anotador en un partido de la Liga mexicana, al cantar 7 goles frente al Marte, el 19 de mayo de 1946. Con el Club España, del Distrito Federal, anotó otros 105 entre los años 1943 y 1946. Suficientes credenciales para ser recibido en España, en “su” Oviedo, no como un hijo pródigo, sino como el ídolo que nunca dejó de ser, si exceptuamos el breve paréntesis de 1939 y parte del 40, cuando desde la prensa se volcó tanta bilis al fichar por el equipo argentino sin que el club carbayón, literalmente en ruinas, recibiera un céntimo en concepto de traspaso.

Al arrancar el campeonato de Liga 1946-47 tenía 34 años y muchos tiros en el ala, pese a lo cual todavía marcó 18 tantos en 20 partidos de 1ª División. Durante el siguiente ejercicio jugó mucho menos; tan sólo 9 partidos de Liga, en los que anotó 5 veces. Si esperaba alguna invitación para entrenar en Oviedo, como él siempre dijo le hubiese gustado, ésta nunca su produjo. Andado el tiempo, desde su residencia en México tendió redes una y otra vez, bien mediante la fluida relación epistolar que durante casi dos decenios sostuvo con el periodista asturiano Ricardo Vázquez Prada, bien a través de las entrevistas que ocasionalmente concedía a medios españoles. En ellas seguía latiendo el deseo de recibir alguna llamada de clubes peninsulares. Claro que entonces existía un obstáculo: la exigencia de carnet de entrenador, realizando unos cursos y sometiéndose el correspondiente examen. Pruebas que, convendrá advertirlo, tenían no poco de coladero en bastantes ocasiones, sobre todo cuando empezaron a llegar técnicos extranjeros.

“¿No podrían tener conmigo alguna consideración?” -se permitió sugerir en una de aquellas entrevistas-. “He estado entrenando a este lado del mar, sé de qué va el asunto. Si a los extranjeros se les permite dirigir en España, dando por bueno su título americano, ¿por qué no hacen lo mismo conmigo?”.

Llegó a pensar, y en tal sentido se sinceró con Vázquez Prada, que desde algún despacho cualquier capitoste pudiera tenérsela jurada, a pesar del tiempo transcurrido desde su inserción en el Euzkadi. Pero, ¿por qué a él y no al “Chato” Iraragorri? Que existían favoritismos era obvio, aunque de ahí a pensar en posibles vetos…

Cuando se celebraran los primeros exámenes para expedir licencias de entrenador, Helenio Herrera se despachó con la soberbia que le caracterizaba: “No me presentaré, porque ninguno de los que vayan a juzgarme tiene capacidad para hacerlo. Aquí no hay nadie a mi altura”. Un reto del que acabó desdiciéndose, luego de que consejeros bienintencionados le hicieran ver que con “la superioridad”, como entonces se decía poniendo énfasis en la abstracción, nadie jugaba. H. H. exigió el compromiso de otorgarle la máxima puntuación, si finalmente doblaba el brazo, y al parecer lo obtuvo.

Al húngaro Jeno Kálmár, en cambio, otro hombre del fútbol con poco que aprender, puesto que había dirigido a uno de los mejores equipos europeos, lo suspendieron. Y ante el estupor que causara su no validación, se adujo que apenas dominaba el castellano y en tales condiciones le sería muy difícil dirigir a cualquier plantilla. Curioso análisis, cuando para entonces habían llegado a nuestro suelo entrenadores incapaces de dar los buenos días en nuestra lengua. Pocos tuvieron dudas, entonces, que al guante de seda aplicado con el argentino afrancesado, convenía contraponer una dosis de ricina, tomando como chivo expiatorio a un bendito como fue siempre el bondadoso Kálmár. Todo fuere por mantener el equilibrio.

Mientras tanto, Isidro Lángara dirigió desde el banquillo al San Lorenzo de Almagro y Deportivo Español de Buenos Aires, así como a varios clubes mexicanos, entre ellos al Puebla, que haría campeón de Copa la temporada 1952-53. Igualmente tuvo a su cargo a la U. De Chile los años 1950, 1951 y 1952, todos ellos en 1ª División. Su vida parecía hallarse en el continente americano, aunque añorase profundamente España, en espacial Oviedo y su tierra vasca. “Cualquier día me llega una oferta para entrenar ahí, hago el petate y como también sé algo de hostelería, puedo hacerle una competencia terrible a Perico Chicote”, bromeó en otra entrevista. Aunque para entonces él mismo fuera consciente de que lo de hacer el petate se daba de bruces con la realidad. A finales de los años 50 y comienzos de los 60 vivía entregado a sus negocios, entre los que descollaba la administración y regencia del Hotel Palace, en Puebla (México). Con anterioridad tuvo también, formando sociedad con Ángel Zubieta, un bar-restaurante que traspasaron a principios de los 50, y una pastelería-bombonería. Cada lunes recibía el “Marca”, por lo que tanto él como los parroquianos de su selecta barra, seguían desde la distancia los campeonatos españoles de Liga y Copa, o el devenir de los conjuntos españoles en la Copa de Europa. Desde Asturias también le tenían al tanto sobre las andanzas del Oviedo. Seguía siendo un español con las raíces en México y el alma en la Cornisa Cantábrica.

Como a todos los exiliados del Euzkadi, a Lángara se le abrió el preceptivo expediente informativo. En la imagen, segunda página del mismo, muy borrosa, al corresponder parte de su contenido a copia en papel carbón.

De cuando en cuando viajaba hasta nuestro país y los medios de difusión volvían a ponerlo de actualidad, conforme ocurriese en octubre de 1959, cuando tras pasar unos días en Andoain fuera invitado a Gijón por Morilla, y dedicase el resto de su estancia a estrechar manos tendidas en Oviedo, pisar en Buenavista un césped mucho mejor que el de antaño, ya con calzado de paseo, preguntarse cómo pudo marcarle aquel golazo a Argila desde 35 metros, y desplegar múltiples muestras de su sencillez, reñida con todo tipo de vanidades. “¿Sabes lo que han llegado a preguntarme? -inquirió a un periodista amigo-. Si Cilaurren podría jugar hoy al fútbol”. Lógicamente, el informador preguntó a su vez, cuál fue su respuesta. Y Lángara remató a puerta vacía: “Nada; no contesté nada. ¿Qué iba a decir?… ¿Qué Cilaurren jugaba como los ángeles y eso nunca pasa de moda?”. Otro le preguntó si era cierto que con uno de sus balonazos rompió una red. Y él, sonriendo entre dientes, puso las cosas en su sitio: “No hay ser humano que pueda hacer eso, entre otras razones porque las redes no están tensas. Su cometido no es devolver la pelota al área, sino todo lo contrario: amortiguar el impacto y dejarla dentro del marco, para que el árbitro la vea”. Al escuchar, más como aseveración que en tono interrogante, que en aquel momento no podría marcar tantos goles como en su época, por los férreos marcajes al hombre, su sonrisa se transformó en carcajada: “Hombre, ahora, con cuarenta y siete años, estoy más pesado y tengo menos pegada”. Uno de los más jóvenes quiso saber cuánto había ganado en el Oviedo, y se asombró al oír por su boca que le entregaron 4.000 ptas. como primera ficha y 80 duros (400 ptas.) de sueldo mensual, aunque cuatro años después le dedicaran un partido homenaje ante el Athletic Club, del que salieron 50.000 ptas. “Y cuando regresé, en setiembre de 1946, 100.000 ptas. por dos temporadas. Aunque eso sí, los gastos de viaje corrieron de mi cuenta”, añadió antes de que cualquier otro le preguntase al respecto. Pero sobre todo nos obsequió con un repaso nostálgico a su envidiable carrera, del que salieron favorecidos no pocos adversarios:

De izda. a dcha.: Gregorio Blasco, Pedro Regueiro, un amigo común apellidado Larracoechea, Isidro Lángara, Luis Regueiro y Emilín. Instantánea tomada en el Distrito Federal muchos años después de la disolución del Euzkadi.

“Ahora triunfan Di Stéfano y Gento, a quien me gustaría ver en algún entrenamiento. Dicen de él que es estupendo. También me agradaría ver en acción a Del Sol. Pero no me preguntéis cuál fue el mejor para mí, porque he visto a muchos extraordinarios. Erico, por ejemplo, paraguayo, máximo goleador en Argentina el año que yo ingresé en el San Lorenzo. Marcó 38 goles y yo 35, aunque cuando yo llegué se habían jugado 10 partidos. O Benítez, también paraguayo, al que apodaban “El Machetero”. Empató conmigo a 35 goles el segundo año. Walter Gómez, Ademir… En el mundo ha habido muchos futbolistas magníficos, cada cual con sus peculiaridades, y de ahí que sea tan difícil, por no decir imposible, elegir al mejor”.

Con respecto a su eterna pretensión de hacerse un hueco en España como entrenador, parecía haberse rendido a la evidencia, enterrando el sueño: “A lo que aspiro -dijo-, es a reunir un pequeño capital, trasladarme a España y vivir los meses de verano en Andoain y el resto del año en Oviedo. He cumplido los cuarenta y siete y mi proyecto es trabajar hasta los cincuenta y cinco”.

Pero el hombre propone, y las circunstancias demasiado a menudo se nos imponen. Ya dijo un filósofo que rara vez somos lo que queremos, sino lo que buenamente nos dejan. Y a Isidro Lángara le ocurrió eso. Ni pudo cerrar su etapa laboral a los 55 años, ni residir en Oviedo la mayor parte del tiempo. A la crisis petrolífera de los 70, con serias repercusiones para le economía mexicana, agravadas por el devastador terremoto, se unieron las sucesivas devaluaciones monetarias de la peseta, que debieran haber favorecido sus expectativas llegando con divisas. Aunque, bien al contrario, esas devaluaciones tuvieron como contrapartida una desenfrenada inflación por nuestros pagos, frisando el 25 % anual. Los ahorros, en semejante panorama, sufrían una volatilización casi inmediata. Además, a su amigo Ángel Zubieta no le fueron muy bien las cosas en Buenos Aires, ni en lo económico ni por cuanto a la salud. Tampoco era el momento de ponerse de perfil. Permanecía soltero, por lo que su mundo se sustentaba fundamentalmente en apegos fraternos. El proyectado viaje para echar el ancla se fue retrasando, posponiendo…

Falleció en Andoáin el 12 de agosto de 1992, años después de haber fijado su residencia nuevamente en España, junto a una sobrina. A la vera de las verdes lomas guipuzcoanas, entre cuyas sombras paseara, solía detenerse unos segundos con la mirada prendida hacia el oeste, como si pensase, embebido en su cálida nostalgia: Por allí ha de quedar mi Oviedo…

El Oviedo donde tantas veces se sintió feliz, y forjara mil sueños.

Las referencias a Luis Regueiro Pagola (Irún, Guipúzcoa, 1-VII-1908) han sido tan frecuentes como merecidas al glosar las andanzas del equipo Euzkadi. Hijo de un funcionario de aduanas y el mayor de tres hermanos futbolistas, se inició en el irunés Touring Club, desde donde pasó en 1923 al elenco infantil del Racing Club de Irún. En 1925 ingresaba en el Real Unión, que habría de traspasarlo al Madrid en 1931, por lo que le tocó jugar en un equipo blanco sin corona. Campeón de Liga las temporadas 1931-32 y 1932-33, así como 3 veces en la Copa -campeón de España se decía entonces- los años 1927, 1934 y 1936, fue uno de los mejores futbolistas europeos en su posición, al decir de críticos de la época no ya españoles, sino de los que escribían desde Francia, Italia o Inglaterra. Internacional en 25 ocasiones, aunque fuese convocado para otros 4 partidos en los que no llegaron a alinearlo, debutó en el Estadio Olímpico de Colombes, ante Francia, con victoria española por 4-1 el 22 de mayo de 1927, y se despidió en Suiza con otra victoria 0-2 ante los helvéticos, el 3 de mayo de 1936. Dos de aquellos choques, ante México e Italia, correspondieron a la competición olímpica de Ámsterdam (1928), y otro también contra Italia, en 1934, al II Campeonato Mundial.

Los tres hermanos Regueiro. De izquierda a derecha Pedro, Luis y Tomás. El último no llegó a jugar con el Euzkadi, aunque hasta en dos ocasiones le ofrecieran incorporarse. Se exilió en México y allí compitió durante 10 años. Dada su juventud, en España sólo pude vérsele como futbolista en el equipo “merengue” amateur.

Si bien al disolverse el Euzkadi recibió algún sondeo procedente de Argentina, no quiso abandonar México velando por su seguridad. Se había significado mucho durante los días de tira y afloja con emisarios franquistas en Barbizón, abogando siempre por no regresar a la España de bandera roja y gualda. Como esas cosas no se perdonaban de un día para otro y Francisco Franco estaba en buenas relaciones con el peronismo, Buenos Aires pudiera no ser para él un lugar idóneo. El gobierno mexicano, en cambio, seguía sin reconocer al instalado en Madrid tras la derrota republicana. En suma, estuvo compitiendo con el Asturias hasta colgar las botas en 1942 y probarse a sí mismo como entrenador, en un visto y no visto. Ángel Urraza, listo al quite, le ofreció entonces explotar como arrendatario el bar-restaurante de uno de sus hoteles, el Majestic, de Coyacán, y más adelante le hizo ver que el negocio maderero pudiera no ser una mala solución. A esa actividad industrial dedicó los siguientes años; una carpintería dedicada a elaborar cajones para el transporte de mercancías, que igualmente suministraba madera a compañías constructoras. En aquellos talleres también empleó a varios antiguos compañeros.

La vida del grupito, en México, revistió cierto tinte endogámico. Procuraban verse con frecuencia e incluso mantenían lazos desde la distancia, de modo que el roce familiar se tradujo en algunos flechazos de Cupido. Él contrajo matrimonio en 1942 con Isabel Urquiola Gaztañaga, hermana del tolosano José Manuel(3), compañero de equipo desde que los rectores del Euzkadi se vieran en la necesidad de sustituir en Francia las bajas de Roberto y Gorostiza. Y José Manuel Urquiola, a su vez, se convirtió en cuñado de Serafín Aedo tras pasar por la vicaría. La pareja Luis-Isabel tuvo seis vástagos, tres varones y tres mujeres. Y el primogénito, Luis Regueiro Urquiola (México D.F. 22-XII-1943) no sólo fue destacado interior derecho con el Pumas, de la Universidad Nacional Autónoma de México, sino internacional mexicano con presencia en el Mundial de Inglaterra (1964) y los Juegos Olímpicos de 1968, donde su país fuese anfitrión. Aunque se haya escrito lo contrario, los Regueiro no inauguraron las dinastías que compitiesen en los Mundiales de Fútbol, puesto que el seleccionado con México se quedó sin debutar. Era de los más jóvenes en un conjunto poblado por hombres cuajados, alguno de ellos hoy legendario, como “La Tota” Carbajal, donde también figuraban Enrique Borja, “El Chava” Reyes o Del Muro. En los Juegos Olímpicos, con todo el público a favor, estuvo a punto de conquistar la medalla de bronce, pero salió derrotado ante Japón en el choque que dirimía el tercer y cuarto puesto. Desgraciadamente su carrera resultó breve, por culpa de una lesión de rodilla que lo llevó a la retirada.

Luis Regueiro Sr., “El Corzo”, vino de visita a España en varias ocasiones, algunas con Franco en el poder. Y ni mucho menos se produjeron de tapadillo. Fotos de portada en la prensa deportiva, entrevistas, reportajes a página completa narrando toda la calidad de que en su vida hiciese gala, a quienes nunca le vieron jugar … Él seguía viendo las cosas desde su particular prisma, sintiéndose víctima de dos solemnes cacicadas, urdidas por la F.I.F.A y la R.F.E.F. Estaba en su derecho, aunque transmitiese una idea incompleta de la realidad, puede, incluso, porque nunca llegara a conocerla del todo. Pero seguía conservando, intacto, el carácter y capacidad de liderazgo que siempre le caracterizasen.

La vida le había sonreído a 5.000 kilómetros de Irún, porque él, como sus hermanos Pedro y Tomás, supieron ganársela con coraje. Quién sabe si como consecuencia de tanto esfuerzo, su salud se resintiera. Tuvieron que extirparle un riñón, colocarle un marcapasos… y pereció en México D. F., el 6 de diciembre de 1995, a los 87 años.

Luis Regueiro entre Molowny (izda.) y Di Stefano (dcha.), cuando fuera invitado por Santiago Bernabéu al homenaje dispensado al canario Luis Molowny, el 31 de mayo de 1956.

Su segundo hermano futbolista, Pedro Regueiro, también natural de Irún (19-XII-1909), pese a contar año y medio menos que Luis, se le adelantó debutando con el Real Unión. Y eso que solía autodefinirse como “un peón del fútbol”, sin falsa modestia.

En aquella época el club irunés organizaba campeonatos infantiles, seleccionando durante los mismos para su cuadro juvenil a los chavalillos más destacados. Competía con los “aprendices” cuando una tarde, al no poder alinearse Camio, lo pusieron en el equipo senior. Y no debió hacerlo mal, porque continuaron confiando en su juego. La temporada 1929-30 se incorporó al Betis, lo que equivalía a decir adiós a la 1ª División para fajarse en 2ª. Pero aun con todo, siempre guardó excelentes recuerdos de esa experiencia: “Sobre todo de un directivo llamado Juanito Alfonseda. Sevilla vestía por esa época sus mejores galas, porque todo era optimismo a causa de la Exposición Ibero-Americana. Allí estuve siete u ocho meses, hasta pasar al Real Madrid, luego de que me probasen durante una gira por las islas Canarias”.

La memoria y sus emboscadas, una vez más, porque desde el Betis regresó a Irún, compitiendo otra vez en 1ª durante las campañas 1930-31 y 31-32, la última ya en el Unión de Irún, al haberse proclamado la República. Y desde ahí al Madrid, en efecto, a un Madrid a secas, también sin corona por idéntica razón, erigiéndose en campeón de Liga (1932-33), y de Copa en 1934 y 1936, títulos a añadir al que conquistase antes con el Real Unión, en 1927. Había sido internacional en 5 ocasiones, entre el 29-V-1927, con victoria ante Portugal por 2-0, y el 23-II-1936, saliendo derrotado ante Alemania por 1-2. Era un jugador macizo, anchote, a veces sobrado de peso. Y por supuesto bastante más que un “peón”.

Al estallar la guerra se hallaba en Madrid, y como su hermano tuvo que llegar a Francia haciendo escala en Valencia y Barcelona, donde lo recogieron Irezábal, Vallana e Isasi, para el Euzkadi. Su único equipo en México fue el Asturias, al desmantelarse el conjunto vasco, donde siguió compitiendo hasta cumplir los 37 años. Así narraba por qué colgó las botas: “Llegó un entrenador inglés, que por lo visto me consideraba viejo. Y como no me ponía en el primer equipo, ni me dejara jugar en una ocasión con el reserva, decidí que ya era hora de dedicarme a otra cosa”.

Reunión de antiguos componentes del Euzkadi, con Iraragorri como invitado de honor, al haber cruzado el charco (9-X-1969). “El Chato”, entre Melchor Alegría y Pedro Regueiro. Tomás Regueiro, que nunca jugó con el equipo propagandístico, pero fue uno más en el exilio, aparece con gafas en la fila trasera, donde son claramente reconocibles Isidro Lángara y Gregorio Blasco.

Mientras competía se había casado con Peri Romero, una logroñesa, de cuya unión nacieron 4 hijos, dos chicos y dos chicas. Junto a su hermano Luis, sacó adelante con notable éxito la industria de carpintería y maderas y, según manifestase, no envidiaba el fútbol que llegó después. Un poco, si acaso, las fichas que devengaba, pero no por otro sinfín de razones: “Nosotros entrenábamos dos días por semana y ahora están totalmente entregados a la práctica deportiva. En consecuencia, están mucho mejor preparados que nosotros. Ahora es una disciplina más dura que en nuestra época. Lo único que tiene que hacer el jugador es cuidarse, aunque sin ser tampoco un santo. Corren una enormidad. Son atletas, pero a veces da la impresión de que les falta garra. Cualquiera pensaría que la victoria no es para ellos un objetivo innegociable”.

Si vino de visita alguna vez, los medios no le prestaron demasiada atención. En España solía hablarse de Regueiro, en singular, durante los años 70 y 80, como si sólo hubiera existido uno. La muerte lo atrapó en el Distrito Federal, el 11 de junio de 1985, cuando contaba 75 años.

Al tercer hermano futbolista, Tomás Regueiro (Irún, 20-VI-1918), no se le pudo ver compitiendo con ficha senior por nuestros campos, puesto que acababa de cumplir los 18 cuando tuvo lugar la asonada en el Norte de África. “Puede decirse que soy un accidente familiar” -repitió a menudo, a modo de presentación-. “Porque luego de cuatro hermanos con el corto intervalo de un año entre sí, vine yo nada menos que ocho después de Pedro”. Le encantaba explayarse sobre sus inicios con la pelota, porque hay una edad en la que el hombre huye de la vejez reviviendo su infancia: “En Irún se empezaba a jugar desde que los chicos calzábamos las primeras alpargatas. En la escuela, en la playa, daba igual… De forma un poco más seria, me inicié en los campeonatos infantiles que se disputaban en el Stadium Gal (campo del Real Unión), con un equipo al que llamábamos Numancia. Ganamos el torneo, y recuerdo que con nosotros jugaba Goicoechea, padre de un portero que estuvo en 1ª División varias temporadas, con la Real Sociedad y el Málaga. Y también jugamos en San Sebastián, en el campo de Atocha, los días 7 de marzo, festividad de Santo Tomás de Aquino, patrono de los estudiantes. Allí competían distintas selecciones colegiales, en mi caso yo lo hacía con la de los Maristas, donde cursé todo el bachillerato”.

Tomás Regueiro, en 1942 y 1975; ambas instantáneas tomadas en México.

Su incursión en el fútbol de mayor nivel tuvo que esperar hasta trasladarse a Madrid, para emprender la carrera de Medicina. Por eso nunca perteneció a las disciplinas del Real Unión o la Real Sociedad. Sí, en cambio, a la del Madrid, donde se hallaban enrolados por esa época sus dos hermanos, aunque él, por obvias razones de edad, se alineara las temporadas 1934-35 y 35-36 con el equipo amateur. La declaración de guerra, no obstante, se produjo cuando ya estaba en Irún, a donde acababa de regresar una vez concluidos sus exámenes, a últimos de junio. También acerca de aquellos días convulsos contamos con su relato personal:

“Al producirse la evacuación, estuvimos en Francia hasta el año 39, recorriendo distintos lugares. En una ocasión a Chirri II(4) y a mí nos sometió a una prueba el Lille. Aquella nos pareció una ciudad inhóspita, fría, pero hicimos todo lo posible por quedarnos, pactando que o nos cogían a los dos, o a ninguno. Aunque Chirri tenía más calidad que yo, me prefirieron a mí simplemente porque era más joven. Pero no rompí el pacto. Por suerte me llegó una oferta de Benito Díaz (exfutbolista y entrenador de la Real Sociedad, o Donostia durante la República), que estaba entrenando al Girondins de Burdeos, donde también militaba su hermano Salvador. Y allí me fui. Desgraciadamente tuve un problema de salud y los médicos me aconsejaron olvidarme de jugar durante algún tiempo. Y vaya por delante que mientras estuve en Burdeos, tanto Benito como su esposa, y Salvador, me trataron como a un hijo. Cuando mi familia se trasladó a París, estuve jugando como profesional en el equipo reserva del Racing parisino, en una de las épocas más brillantes de aquella entidad, con la que por cierto se alineaba el exbarcelonista Zabalo. Al cabo me vine a México y fiché por el Asturias, donde ya estaban mis hermanos. Yo debuté al mismo tiempo que Sabino Aguirre, en un partido contra el Atlante”.

Sólo una precisión. Debido a su percance físico, sólo pudo disputar un partido de 2ª División con el Girondins, marcando un tanto.

Cabría conjeturar que si no formó parte del Euzkadi, pese a contar con dos hermanos en el elenco, y uno de ellos, además, capitán indiscutido, debió ser por falta de calidad. Y no, esa no fue la razón. De hecho, él no sólo quería integrarse en la gira, sino que recibió el pláceme de Pedro Vallana, Ricardo Irezábal y Melchor Alegría. Fueron sus padres quienes pusieron el veto, considerándolo demasiado tierno para enredarse entre una jauría de lobos. Y a decir verdad, motivos temían para no fiarse en demasía, si tomamos como referencia una de las anécdotas más recurrentes en cada celebración familiar, entre brindis y bromas.

Siendo estudiante en Madrid, solía alinearse con un equipo de vascos matriculados en distintas carreras, además de con el amateur “merengues”. Cierto día fueron a Tarancón, para medirse a otro elenco donde jugaba el más adelante ilustre médico Vicente Pozuelo, componente del equipo que asistiera a Franco en su prolongada agonía. Aunque nadie recordase el resultado de ese choque, todos tenían muy presente cuanto ocurrió después. Al conocer el resultado del encuentro que la selección española disputaba en Portugal, resuelto con victoria merced a un gol de su hermano Luis, aquellos estudiantes decidieron celebrarlo a lo grande. “Con una limonada que nada tenía de tal, si no fuera por alguna cáscara flotando en una enorme cazuela de vino blanco, muy agradable, por cierto”, en palabras del propio Tomás. “No sé cuánto bebí, y por supuesto nada recuerdo del viaje de vuelta. Sólo que al regresar a Madrid, en vez de en mi asiento aparecí en el techo del autobús, enredado entre los equipajes. Con una moscorra de aúpa”.

El Asturias fue su único equipo al otro lado del océano, extendiendo su vinculación hasta 1950. Pese al tiempo transcurrido, profesaba un inmenso agradecimiento a esa institución: “Además de gustarme mucho, el futbol fue un medio para solucionar mi vida. El balón fue mi sustento durante aquellos años de refugiado, mientras me convalidaban el bachillerato y seguía estudiando Medicina. Obtuve el título en 1947 y aún continué compitiendo otros tres años, hasta que mi actividad profesional ya no dejara espacio para la pelota”. Obviamente, diez temporadas militando en la máxima categoría, dan para múltiples recuerdos. Y de todos ellos solía quedarse con el de su enfrentamiento al San Lorenzo de Almagro:

Estaban de gira por México y se enfrentaron al Atlante. Con los argentinos jugaban Zubieta, Lángara y el cántabro Fernando García, futbolista del Barcelona hasta le Guerra Civil, que como Iborra, Vantolrá y compañía prefirieron quedarse en México. Uno de los mejores equipos que yo haya visto. El caso es que en el primer choque venció el San Lorenzo por 3-2 y se lesionó mi hermano Luis. Fue tanto el interés despertado por ese enfrentamiento que se acordó dirimir otro choque de revancha, en el que me incluyeron, como refuerzo para la ocasión ante la baja de mi hermano. Un periodista que no podía disimular su aversión por nosotros, los Regueiro, escribió un artículo diciendo: “Caruso tiene un hermano que cree que por ser hermano de Caruso puede cantar en cualquier lugar…”. Y obviamente, me aseguraba un fracaso rotundo. Pues tuve la enorme fortuna de jugar el mejor partido de mi vida, contribuyendo a la derrota del San Lorenzo por 5-3; la única cosechada por los gauchos en su tournée”.

La familia Regueiro al completo, a finales de los años 60. El patriarca, con boina, fallecería algún tiempo después.

A dos años de cumplir la sesentena, desarrollaba una intensa actividad como pediatra. Se había casado el 30 de noviembre de 1945 con Ana María Vázquez Wallace, de ascendencia vasca, puesto que su padre procedía de San Sebastián, y tenía dos hijos, el varón ya ejerciendo como médico en el Sanatorio Español, del Distrito Federal, en tanto la chica acababa de regalarle dos nietas y venía otra en camino, “por más que mi hija se obstine en creer que será un chico”. Aseguraba sentirse muy agradecido, tanto a la vida como a las oportunidades que México la ofreciera. A la familia, a ese conglomerado de circunstancias que definimos como Destino:

“Las cosas me fueron estupendamente, y siempre me sentí bien tratado. No me falta de nada. Soy feliz, aun con la nostalgia del “txoko”. Siento un enorme cariño por México, pero la tierra donde uno nació tira mucho. Por eso voy a Irún y San Sebastián en cuanto puedo, para ver a mis compañeros de promoción en los Marianistas, a Manolo Alday, antiguo jugador del Real Madrid, a saludar a todo el grupo “Aldave”, a “Maci”, la persona más joven del mundo, a René, Gamborena, Echezarreta… Llevo 37 años en este país y me siento tan mexicano como español. Me nacionalicé, porque así pude vencer las primeras dificultades de cara a labrarme un futuro, pero es curioso: Cuando en México escucho el sonido de un “txistu”, me dan ganas de llorar. Y si estando en Guipúzcoa suena un mariachi o cualquier ranchera, me invade una emoción terrible. Es algo así como vivir en ambas orillas del océano. Por emplear términos profesionales, diría que incluso los hijos llevan genéticamente un porcentaje de sus padres. Eso se ve en sus gustos, en su manera de ser, en los apegos. Y da igual si conocen mucho o poco la otra orilla. Lo llevan dentro y aflora sin que ni siquiera lo adviertan”.

Morriña, saudade, así definieron los gallegos algo tan intangible como las emociones humanas. Raíces, que dirían en la familia Regueiro, entendida en árboles, puesto que hizo de la madera su porvenir.

Acta de defunción de Tomás Regueiro. Aunque él siempre presentase a su esposa como mexicana con ascendencia española, en realidad emigró a México desde los Estados Unidos, donde naciera. Como él mismo, adoptó la nacionalidad mexicana.

Tomás Regueiro, quien pese a no disputar ningún partido con el Euzkadi conocía tan bien como sus protagonistas aquella historia, merece este recuerdo aunque sólo sea porque durante sus visitas fue esparciendo retazos de aquella epopeya, girones a partir de los cuales fue posible entender cuanto los documentos no resolvían. En cierto modo se erigió en bardo, cronista oral de unos hechos tergiversados, empolvados, o incluso reducidos al desván del olvido, en función de distintos intereses.

Falleció el 7 de julio de 1991, por insuficiencia aórtica, enfermedad poliquística y enfisema pulmonar, a los 73 años, en Álvaro Obregón, Ciudad de México. El acta de defunción fue firmada por Tomás Regueiro Vázquez, su hijo, con cédula profesional 487445. Los restos mortales fueron incinerados. Su esposa, emigrada desde Laredo, Texas, en 1942, cuando contaba 23 años, le sobrevivió casi siete, puesto que habría de expirar el 28 de abril de 1997.

Faltan en este repaso quienes se fueron incorporando a un Euzkadi en situación de extrema necesidad. Vayamos con ellos.

Sobre José Manuel Urquiola Gaztañaga ya se dijeron algunas cosas cuando aquel equipo de galeotes partiese hacia América. Queda por añadir que debutó testimonialmente en nuestra primera edición del Campeonato de Liga, puesto que sólo disputó un partido la campaña 1928-29 con el Tolosa en el grupo inferior de 2ª División, también denominado 2ªB. Luego lograría abrirse camino con el club tolosano en 3ª División y categoría Regional, hasta saltar al Athletic de Madrid. En México estuvo defendiendo la camiseta del Club España, contrajo matrimonio con Josune Anúcita Zubizarreta y tuvo 6 hijos, cinco varones y una mujer, falleciendo también en México, el 21 de mayo de 1982.

Tomás Aguirre Lecube (Algorta, Vizcaya, 31-I-1912), hermano del lehendakari José Antonio Aguirre, se incorporó al equipo vasco ya en México, y a raíz de su disolución estuvo compitiendo con el Asturias desde 1939 hasta 1945. Había pasado por el Guecho la temporada 1933-34, y el Arenas del mismo municipio en 1935-36, disputando 12 partidos de 2ª División. Su trayectoria al otro lado del Atlántico se ha confundido muy a menudo con la de Sabino Aguirre, también militante en el Asturias hasta 1944. Tomás estuvo viviendo lejos de la capital, en Tezonapa, pequeño núcleo situado en el centro del estado veracruzano, cuarto más poblado del país. Durante una estancia en España se casó en el barrio guechotarra de Neguri con María Begoña Urquiga Lejarraga, en 1957, cuando peinaba -poco, porque estaba bastante calvo- 45 años y las primeras canas. Volvió a México, en cuya capital habría de fallecer el 24 de mayo de 1979, con 67 años.

José Manuel Urquiola, un chico formalote y serio, que incomprensiblemente pasó desapercibido durante cinco años para los clubes españoles de cierto relieve.

Félix de los Heros Azcueta, para el fútbol “Tache” (Zamácola, Bilbao 21-I-1910), lo único que tenía de andaluz, contradiciendo algunas declaraciones de Pedro Areso en tal sentido, era haber competido con el Sevilla C. F. las temporadas 1933-34, 34-35 y 1935-36, después de pasar por el Baracaldo entre 1931 y 1934.

Finalizaba 1936 cuando apareció su nombre en las alineaciones del Gimnástico de Valencia, por cierto, una entidad a la que el conflicto bélico dejó sin jugadores, razón determinante de su fusión con el Levante, poseedor de una buena plantilla, pero no así de campo donde dirimir sus choques. Nació de ese modo el Unión Deportiva Levante-Gimnástico, que en breve reduciría su nombre hasta el actual de U. D. Levante. En 1937, “Tache” se incorporó al F. C. Barcelona para disputar varios partidos amistosos y formar parte de los expedicionarios en gira por México y Estados Unidos. Aunque figurase en el grupito de quienes realizaran el viaje “culé” al continente americano, tras dirimir aquellos encuentros no tomó el buque hacia Europa, optando por incorporarse al Brooklyn Hispano. Fue aquella una escala puramente alimenticia, de subsistencia, puesto que la tremenda herida ocasionada por el crac bursátil y económico de 1929 en los Estados Unidos, seguía supurando dolorosamente conforme retrataron los escritores de la llamada “Generación Perdida”, entre ellos Ernest Hemingway, John Dos Passos, John Steinbeck, William Saroyan, Francis Scott Fitgerald, T. S. Elliot, Gertrude Stein, Ezra Pound o William Faulkner, tres de ellos galardonados con el Premio Nobel de Literatura. Si la masiva quiebra de empresas industriales y entidades financieras había sumido en el paro a millones de estadounidense, si el país entero se llenó de vagabundos a la caza de cualquier oportunidad y las hileras de menesterosos inundaban aceras ante la puerta de organizaciones caritativas, en lo puramente futbolístico todo aquel caos tuvo como consecuencia la disolución de muchos clubes auspiciados o patrocinados por compañías mercantiles, de pronto sumidas en muy graves aprietos. Dicho de otro modo, la profesionalización balompédica de los años 20 al otro lado del Atlántico, podía darse por finiquitada.

Cuando le llegaron noticias de sus coyunturales compañeros azulgrana afincados en México, acerca de los muy aceptables réditos proporcionados por el fútbol azteca, no lo dudó. Desanduvo el camino y se ofreció al Euzkadi, un equipo para entonces abandonado a su suerte tanto por el gobierno del Lehendakari José Antonio Aguirre desde su cómo exilio, como por la FIFA, al prohibir dicho órgano a todos los clubes de países adscritos al mismo, y a cualquier selección afiliada, contender con un equipo que a efectos oficiales se daba por inexistente. En la formación vasca se habían registrado ya las primeras bajas y deserciones, por lo que urgía encontrar relevos. Uno fue “Tache”, otro Aguirre, futbolista del Arenas guechotarra prebélico. Y ya con ambos en sus filas, cuando el fabricante de neumáticos mexicano con origen vasco patrocinara la inclusión de aquel conjunto en la Liga Primera Fuerza, pomposa denominación que simplemente ocultaba un torneo reservado a clubes del Distrito Federal, habría de proclamarse subcampeón.

“Tche” De los Heros nunca fue un gigante, pero de ahí al 1,60 que se le adjudicara en la ficha de inmigración estadounidense… En la imagen aparece luciendo la camiseta del Sevilla C. F., su último equipo en España.

El fin de la contienda civil española no se tradujo para él en un intento de retorno, como ocurriera en los casos de Cilaurren, Lángara, Emilín, o “El Chato” Iraragorri. Bien al contrario, continuó compitiendo en el Real Club España hasta 1942, junto a varios componentes del Euzkadi o cuantos llegaran desde nuestro país en distintas oleadas; en el Moctezuma de Orizaba, el Albinegros de Orizaba y el Tiburones Rojos de Veracruz, entre 1943 y 1945. Acostumbrado a la vida mexicana, si alguna vez llegó a asaltarle la tentación de un regreso, pareció escarmentar en cabeza ajena. La sanción deportiva impuesta a Pedrol, o el trato casi de apestado que se dispensó en Burgos al guipuzcoano Areso, eran para ser tenidos muy en cuanta, máxime cuando España permanecía sumida en una crisis alimentaria gravísima, Europa se veía sacudida por otra guerra interminable, con su secuela de casi total destrucción, y en México se disponía de un nivel de vida infinitamente mejor, al menos para lo que hoy consideraríamos clase media. Tampoco constan visitas a Bilbao, aunque pudiera haberse dejado caer alguna vez. Nunca fue el clásico futbolista noticiable, a quien la prensa suele conceder espacio. De hecho, ni siquiera el periodismo de antaño justificó las razones de su otra fecha de nacimiento, aquel 12 de julio de 1909, que aportase a la Federación para diligenciar su primera ficha. Puede, también, que acontecimientos familiares acaecidos durante la guerra, le impulsasen a mantener distancias. Porque entre el registro de bajas bélicas aparece como fallecido en el bilbaíno Hospital de Basurto, el 19 de junio de 1937, un varón identificado como Segundo de los Heros Azcueta, a resultas de sus heridas en el frente. ¿Hermano, quizás? El desgarro y el desarraigo pueden ser fruto de mil razones, y ésta hubiera sido poderosa.

Nunca mantuvo una relación estrecha con ninguno de los componentes del Euzkadi, hasta el punto de no acudir a las comidas que el 6 de enero, festividad de los Reyes Magos, día de San Melchor y cumpleaños de Melchor Alegría, constituyeron convocatoria ineludible para cuantos residieran en México. Y tampoco parece que los antiguos futbolistas del Barcelona radicados en el Distrito Federal, estuvieran muy al corriente de sus andanzas. Lo único cierto es que la muerte le sorprendió en México, el 1 de marzo de 1984, a los 74 años.

Formación del Club Asturias en la Liga mexicana, bien nutrido de españoles. Arriba, de izda. a dcha., Larrínaga (1), Nando García (2), Pedro Regueiro (5) y Sabino Aguirre (6). Abajo Tomás Requeiro (1) y Urquiaga, en el centro. Nando García y Urquiaga llegaron con el F. C. Barcelona.

José Iborra Blanco (Barcelona, 12-VI-1912) como ya se dijo intervino fugazmente en el Euzkadi, cuando hallándose lesionado Gregorio Blasco, único portero del elenco, se le pidiera ayuda para disputar unos “bolos” en México. Al lesionarse a su vez el propio Iborra, durante el partido de presentación, los responsables del elenco tuvieron que contratar a otro guardameta, mexicano y ya talludito, a tanto por partido. En gran medida, José Iborra había sido artífice de la gira “culé” por América, al contactar con el empresario Mas Serrano. Y concluida la misma, en 1937 optó por no regresar a España. Su primer equipo serio fue el barcelonés C. D. Europa, al que llegó 1928, con ficha falsa, ofreciendo como año de nacimiento 1910, porque así se hallaba dentro de la edad mínima reglamentaria para competir en el fútbol senior, entonces fijada en los 18. Pese a todo, no estuvo a su alcance debutar en el primer Campeonato Nacional de Liga. Luego pasó por el Lérida, Patria de Zaragoza, Logroño, Sans y Gerona, hasta suscribir un contrato con el F. C. Barcelona en 1936. Había disputado 16 partidos en 1ª División la última temporada prebélica, acreditando gran agilidad, valentía y mucho futuro, cuando se perdiera para nuestro fútbol.

En México estuvo actuando con el Club España hasta 1940, con el Asturias y Atlante, y con el Puebla entre 1941 y 1944. Tras retirarse, fijó su residencia en la capital de dicho estado mexicano, tierra de cañadas y serranías, de maizales en el valle de Tlaxcala, coronada por la mole del Citlaltépetl, con 5.600 metros de altitud. Se casó y tuvo una hija según la versión familiar, aunque en realidad también tuviera otro hijo nacido en Barcelona, el 1 de julio de 1944, por no variar igualmente futbolista. Centrado en sus negocios, amasó una nada desdeñable fortuna y acabaría detentado el consulado español en Puebla. La vida le regaló una longevidad meritoria, puesto que su óbito se produjo el 17 de setiembre de 2002, a los 90 años; nueve meses después de que enterrasen a su hijo barcelonés, el defensa Juan Iborra Maeztu.

Este lateral izquierdo sin especial relieve, al término de la campaña 1961-62 iba a ser cedido al Condal, dando por concluido su meritoriaje en el Barcelona Aficionado, cuando manifestó su negativa para no perder su trabajo de confronta en el puerto, o sea, importador de mercancías. Continuó por tanto entre los amateurs azulgrana, pero como arrepentidos los quiere Dios, para la temporada 1963-64 ya tuvo ficha del Condal, filial “culé”, como aficionado. Emprendió también una corta experiencia en el fútbol mexicano, luciendo como mínimo la camiseta del del Oro, de Guadalajara. Y tuvo ocasión de vestir, además, los colores del Aragón, filial del Real Zaragoza, C. D. Europa, de la ciudad condal, Gimnástico de Tarragona y Calella. Falleció el 27 de enero de 2002, con 57 años.

La prensa mexicana se ocupó profusamente de los futbolistas españoles allí asentados, mientras permanecieron activos. En el recorte, caricatura de Larrínaga con recadito para el entrenador del Club España, por haberlo tenido en el banquillo. Algunas cosas no han cambiado en el fútbol durante los últimos 100 años.

Pedro Vicente Saturnino Vallana Jeanguenat (Guecho, Vizcaya, 28-XI-1897), era hijo de una súbdita suiza y durante el tiempo que vistiese de cortó, luciendo la camiseta del Arenas Club entre 1916 y 1929, fue internacional, alzándose, además, con el título de Copa correspondiente a 1919. Únicamente habría de disputar un partido de Liga, cuando en realidad ejercía como entrenador, el domingo 17 de febrero de 1929, saliendo derrotado ante el C. D. Europa por 5-2. Disputadas las primeras jornadas del ejercicio liguero 1929-30 cambió el banquillo por el silbato, arbitrando partidos hasta el estallido bélico. En total, y sólo por cuanto a encuentros de Liga respecta, pitó 67 oficiales en 1ª y 2ª División, toda vez que entonces los “trencillas” con mayor nivel dirigían choques de ambas categorías, indistintamente. En paralelo publicaba crónicas muy amenas y bien redactadas en los diarios “Excelsior” y “Excelsius”, de la familia De la Sota, navieros, banqueros, consejeros en compañías aseguradoras, y estrechamente vinculados tanto al Athletic Club como al ideario nacionalista vasco.

Con el Euzkadi, recuérdese, disputó un partido en La Habana que la prensa local se tomó a chacota, pues ya no estaba para esas lides. Encuentro cuyos espectadores pasaron religiosamente por taquilla, dejándose sus buenos pesos.

No consta regresase a España ni de visita, una vez instalado en Montevideo, donde se recalificó como árbitro hasta el año 1941. Su esposa, Manuela Urquiza, con la que contrajo nupcias en la emblemática basílica bilbaína de Nuestra Señora de Begoña, y habría de unírsele a la vera del Plata, le proporcionó tres hijas. Falleció en julio de 1980, a los 82 años, pero el día exacto sigue siendo objeto de discusión. Para los registros uruguayos se produjo el 2, en tanto la prensa española nos lo situó el 4. Y se llevó a la tumba unos cuantos secretos. Por ejemplo, qué razones le impulsaron a abandonar el Euzkadi, qué, o quiénes, influyeron en la toma de semejante decisión; si se apoderó de lo recaudado en aquellos partidos en favor del Euzkadi, gentilmente ofrecidos por clubes bonaerenses; si actuó de consuno con Pedro Areso, ya que ambos se desplomaron del caballo al mismo tiempo, y en la caída se hizo añicos su fe en José Antonio Aguirre y el nacionalismo radical que, fruto de la época, representara.

La Historia suele ofrecernos muchas respuestas, aunque rara veces todas.

O por lo menos, no todas al mismo tiempo.

________________________________

(2).- Este buque parece íntimamente unido a la tragedia. Cuando en plena Guerra Civil visitara monseñor Mathieu, obispo de Dax (Francia), los barcos-prisión bilbaínos, dejó para la Historia esta declaración rotunda tanto acerca del “Altuna Mendi” como del “Cabo Quilates”: “En los pudrideros de la ría de Bilbao, 3.000 rehenes esperan la libertad o la muerte”. Fue la muerte, en muchos casos, lo único que aquellos desgraciados habrían de hallar, puesto que como respuesta a los bombardeos ordenados por Emilio Mola sobre la población civil, distintas turbas la emprendieron a tiros, cuchilladas y machetazos, contra quienes sin junio ni condena, se hallaban indefensos. Meses después, ante la inevitable caída de Bilbao, aquellos cargueros propiedad de navieras afectas al gobierno republicano volvieron a surcar aguas, para comerciar entre los puertos mediterráneos y soviéticos del Mar Negro. Fueron 51 embarcaciones las encargadas de transportar 250.000 toneladas de alimentos y armamento, desde el país de los soviets a la maltrecha franja republicana. Hasta que durante el otoño de 1937, Stalin, en un giro imprevisto, ordenase la incautación de todos los barcos que con bandera republicana estuviesen anclados en aguas jurisdiccionales de la URSS. Hasta hoy, la Historia nunca ha podido aclarar el motivo de semejante conducta. Y a falta de documentación, o testimonios fidedignos, brillaron especulaciones: Un posible retraso en la liquidación de haberes; algo parecido a un chantaje, con el propósito de elevar el costo de la ayuda estalinista al bloque republicano; el aquí estoy yo de quien teniendo la sartén por el mango, no lograba poblar de marionetas el alto mando político y militar gubernamental, como sí acabaría consiguiendo más adelante… En resumidas cuentas, “El Ciudad de Ibiza”, rebautizado como “Belostok”, y el “Cabo Kilates”, convertido en “Baikal”, más otros 7 buques, cambiaron de manos en un santiamén.

Tal decisión dejaría en tierra a cerca de 500 marineros, gallegos en buena medida, de los que alrededor de 80 % consiguieron regresar a España por diversas vías, durante 1938. El resto, en torno a una cincuentena, o no se arriesgaron a atravesar Europa, cuando algunas voces ya anticipaban el conflicto bélico que finalmente sobrevino, u optaron por no acabar en cárceles o campos de concentración franquistas, al poseer antecedentes republicanos o militar en sindicatos de clase, ilegalizados en el área bajo control de los alzados. Su propósito pasaba por embarcar hacia algún país sudamericano, cuando las circunstancias resultaran propicias.

La victoria de Franco dejó a esos marineros en un limbo por demás angustioso. Ni el gobierno surgido tras el aplastamiento republicano iba a reclamar a ese puñado de “prófugos”, ni la URSS podía devolverlos a quien hacía constante gala de feroz anticomunismo en cada arenga o discurso. De modo que como mal menor, fueron acogidos en distintos hoteles, entre severas medidas de vigilancia. Al menos hasta que el 22 de junio de 1941 Hitler rompiera el tratado de amistad con la Unión Soviética, y sus tropas invadieran el “paraíso comunista”. Puesto que aquella cincuentena de desdichados rehusara abrazar el credo y la disciplina bolchevique, incluso el Partido Comunista Español, instalado en Moscú, les dio la espalda. No eran afiliados, y su negativa a abrazar la causa los convertía personas indignas de confianza. En resumidas cuentas, fueron trasladados a la cárcel de Odesa, primero, y al presidio de Járkov, como individuos presumiblemente hostiles. Luego un tren los condujo hacia distintos campos de trabajo repartidos por Siberia y Repúblicas periféricas, siempre en condiciones tan lamentables como extenuantes. Un peregrinar sin fin, por 20 archipiélagos del gulag que tan brutalmente inmortalizara Aleksandr Solzhenitsyn.

El relato de los supervivientes parece sacado de la obra del Premio Nobel, igualmente condenado a la misma barbarie. Condiciones de vida insufribles en campos como el siberiano de Norlisk, sito en pleno círculo polar ártico, donde pasaban 12 horas cada día construyendo carreteras o extrayendo níquel a 30 grados bajo cero -morirían ocho marineros-. O en el de Karagandá, levantado en medio de una estepa inabarcable, de Kazajistán, donde perecieron otros siete. Vivían sin calzado ni ropa de abrigo, cubriéndose con cartones, harapos de los difuntos o pieles a medio curtir; se peleaban por introducir las manos en defecaciones recientes del ganado, para evitar la congelación, y morían trabajando, en las letrinas, para no hacer de su adiós a la vida un espectáculo, e incluso de pie, mientras hacían cola a la espera del rancho. Una pesadilla que sólo acabó con el fallecimiento del gran sátrapa y “bien amado líder, camarada Stalin”, en 1953, puesto que Nikita Jrushchov, su sucesor, desmanteló toda aquella maquinaria de aniquilación, al tiempo que pingüe industria para un gobierno cuyo poder emanaba teóricamente de los trabajadores.

Ocho, de aquella cincuentena, se quedaron a vivir en la URSS, en tanto los otros 19 sobrevivientes regresarían a España en el buque ‘Semíramis’ (abril de 1954), junto a excombatientes de la División Azul, con muchos de los cuales habían coincidido en aquellos campos infrahumanos.

Si el “Cabo Quilates” tuvo un pasado negrísimo durante la Guerra Civil, tampoco pudo borrarlo después, cuando por mor del destino, o las circunstancias, condujo a la muerte a parte de su marinería.

(3).- José Manuel Urquiola ya fue invitado a integrarse en el Euzkadi para la gira europea, al igual que Tomás Aguirre, pero ambos, entonces, rechazaron la propuesta. El testimonio de Tomás Regueiro resulta determinante a ese respecto, pese a que las aproximaciones al equipo vasco hasta ahora redactadas, no lo reflejasen.

(4).- Conforme se explicó, el interior internacional del Athletic Club Ignacio Aguirrezabala, “Chirri II”, llevaba un año retirado tras ser víctima de una lesión. Poseía el título de Ingeniero, pero creía más fácil optar a un puesto como futbolista en el país vecino, que merced a su licenciatura universitaria. Y había que vivir mientras al otro lado de los Pirineos no cesaran las matanzas. La solidaridad entre expatriados fue grande a lo largo de aquellos años, sobre todo en el ámbito deportivo. Ciclistas, boxeadores, y habilidosos con la pelota, fueron tejiendo una tupida red de información y ayuda mutua, sin la que probablemente muchos hubieran subsistido de forma harto dificultosa.

 

Hazte Socio
Sobre nosotros

Miembro del CIHEFE

Publicado en: active